Una lectura del poeta Víctor López
Guía para perderse en la ciudad del poeta Víctor López -Ripio Ediciones, 2010-está estructurada en cinco partes, o en cinco largos poemas.
Estos poemas en un tono reflexivo, sin prisa, van dando cuenta en su desarrollo más de la historia familiar que de la ciudad, y en su inicio ya establece una aproximación entre el jardín, el recuerdo, el padre, y la insistente pregunta sobre qué es un hecho.
Nos adentramos así en una especie de diario no fechado, en una acumulación de episodios que irrumpen desde el pasado y desde el presente, mezclándose con una atmósfera fuertemente melancólica y con personajes definidos por pequeños detalles cotidianos.
Cito: ¿Ahora cuánto tiempo es necesario/ para aprender a sonreír?/ Preguntas como estas no existen/ y si existieran/ El paisaje publicitario/ que nos rodea asemejaría/ un montón de hojas muertas acumulándose/ en la parte trasera de un jardín.
Cito: Lo único que uno aprende con el tiempo/ es abrocharse los zapatos/ prepararse huevos revueltos/ e intentar simular la falta de confianza/ al nombrar los puntos oscuros.
Así, en esta especie de diario que es un mosaico –las páginas del libro no están numeradas-, irrumpe la historia de Chile como una apacible lectura de tres horas y media; la tía que prefiere quedarse solterona porque no le gusta lo que la rodea; el suéter de la abuela lleno de flores blancas y, sin embargo, pasado de moda; alguien que parte por un camino rodeado de cipreses; la compañera de curso que no es invitada a los cumpleaños porque tiene cara de india.
Si nos detenemos, la experiencia es indescifrable, parece decirnos el poeta, o mejor aún, lo que creemos descifrable de la experiencia, no es así. Es esta falta de respuesta lo que hace que los detalles cotidianos o el fervor por lo ínfimo tomen la forma de un ancla.
El tema de la ventana, las hojas, la infelicidad, se va repitiendo constantemente, como si se desplazaran por una carretera en busca de una epifanía total que no existe.
Más bien, lo que encontramos es la necesidad que los trazos de esa vida, o de esa familia, se conviertan en registro. Tal vez, en ese registro –que es la propia escritura del libro-, aparezca un sentido nuevo. No obstante, en este caso, no se trata de algo alcanzable por la vitalidad o la moda, sino por esa reflexión que, como una cajonera enorme, como la cajonera oculta de Alicia, sea capaz de guardar la historia de las familias, su narrativa y su perplejidad.
Guillermo Rivera
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