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Allan Samadhy, el tío de Raquel Cereceda

Curioso personaje fue este Allan Samadhy. Su nombre evoca a un comerciante persa dedicado a las letras o a un diplomático inglés nacido en la India. Pero no es así; Samadhy es un poeta chileno no muy trascendente y bastante menos conocido de comienzos del siglo XX. Digamos, un poeta más con cierta presencia en la historia.

Siguiendo sus pasos nos encontramos con la siguiente afirmación: «el único poeta colectivo que trata directamente el tema de la libertad es Allán (sic) Samadhy, de un anónimo autor, natural de Vicuña, que nunca quiso rebelar su verdadero nombre». La nota, bajo el nombre de Chile y los chilenos en la Selva Lírica, del investigador Jaime Blume aparece en la página virtual del Centro de Informaciones Pedagógicas de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.

Vinculado a una familia de artistas de la región de Valparaíso, el nombre del escritor se mantuvo en secreto hasta su fallecimiento. Una publicación póstuma, en Hamburgo, en 1928, entrega con el título de Poesías, los datos de aquek. Impreso en el establecimiento de J. G. Bitter & Son, el libro contiene los inéditos Libamen, Humos y otros y nos indica que nuestro misterioso autor nació en San Isidro de Vicuña, en 1876, vivió su infancia en Vallenar y completó estudios en Santiago. Tal vez por simple aventura de adolescente huyó del hogar y se enroló en las fuerzas antigubernamentales como simple soldado durante la Revolución de 1891. Su nombre era Higinio Espíndola Molina y llegó a ser General de Brigada de la República. Falleció en Santiago el 26 de diciembre de 1927. Tenía 51 años de edad.

No tenemos claridad acerca de su carrera militar, que al parecer fue exitosa aunque la continuó no de muy buen grado, y no sabemos si participó en las represiones de comienzos de siglo. Todo es oscuro.; salvo la curiosa cita hecha por el prologuista de la edición germana respecto a su visión de mundo: «No mereció la suerte merecida por luchar contra la Presidencia más firme y recta habida en Chile desde la era del gran Portales. Pero el destino le ha castigado permitiéndole vivir para ver el descenso moral del país y la supeditación momentánea de su enfático poderío por émulos fronterizos que hasta ayer fueron considerados con relativo menosprecio». Como se comprende, Samadhy (o Espíndola) reconoció la importancia de Balmaceda muchos años después de terminado el conflicto.

Su figura se me apareció de pronto mientras seguía los pasos de la otra oculta poeta porteña, María Raquel Cereceda. El ejemplar que llegó a mis manos tenía escrito en su primera página un nombre con hermosa letra en tinta azul: «Regina Ahumada Espíndola/ Santiago 11 de junio de 1932». Marta Regina, nacida en 1911 y fallecida el año 2001, fue la madre de una amiga, la pintora Beatriz Tapia, y de Ariel, antiguo compañero de facultad. Su hermana Raquel, también poeta, fue la madre de María Raquel Cereceda, de quien yo buscaba información. Una mañana a mediados de 2006 encontré a Beatriz en Avenida Pedro Montt. Durante la conversación me indicó ser prima de aquella y me habló de su tío abuelo Higinio. De tal modo accedí a Poesías.

El trabajo de Blume destaca los méritos del poeta secreto. Con el objetivo de averiguar la naturaleza de «lo chileno», a partir de los aedas considerados menores por los autores de Selva Lírica -Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya- Samadhy resulta el menos malo de todos, con cierta preocupación por la libertad y con una visión bastante amorosa y respetuosa hacia la figura de la mujer.

Decimonónico, como corresponde, el poeta es generoso en lugares comunes: «¡Qué elenco el del Teatro de la Vida!/ Hay cómicos que da lástima verlos,/ autores trágicos que causan risa/ y muy pocos artistas de talento...» Los puntos suspensivos dan razón a la estética en boga. En el único texto recogido por Molina y Araya para su cruenta recopilación, Aguas al mar, el poeta imita la idea de Jorge Manrique sobre esa vida que va a dar a la mar que es el morir; pero, además, aporta con una curiosa representación de la libertad: «Perro ven y consolemos/ juntos cada cual su pena,/ pues se tocan los extremos.../ Abrazados lloremos/ tu cadena, mi cadena (...) nuestros dolores supremos.../ Somos parias, confundamos/ vil y azul, los dos extremos,/ lejos, lejos de los amos...» Sin duda la cadena que atosigaba al general Espíndola no era otra que la del mando. Ahora don Jaime Blume podrá reconstruir las metáforas del caso.

La figura de Espíndola va adquiriendo una extraña empatía, tal vez vinculada con la supuesta identidad (perversa maquinación de algún psicólogo) entre la estructura mental del poeta y la del militar. Pero en verdad fue su corazón, frágil y sentimental, el que lo llevó a la muerte recién pasada la cincuentena.

Nobleza obliga; a pesar del desagrado por el poema en honor al Capitán Barón Von Richthofen, quien derribó a mi tío abuelo Peter Cameron Zañartu, hace ya noventa y cinco años y me impidió conocerlo, debo mencionar la última y delicada cita de mi general: «Estas oraciones fueron inspiradas en algunas noches insomnes de más de cien días de cama, gravemente enfermo del corazón, y compuestas mentalmente o manuscritas en la oscuridad, para no molestar a la abnegada esposa, y para que las ideas no se escaparan con el pesado sueño posterior al eterno desvelo./ Son así vida sinceramente vivida».

Publicado por Juan Cameron

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Allan Samadhy
María Raquel Cereceda
Higinio Espíndola

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