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Claudio Bertoni, poeta

Si bien las posibilidades sintácticas de la poesía se mueven entre los extremos del signo y del símbolo, la fuerza paradigmática que cruza su escritura -y le da sintonía- opera entre una voz terrena y el finísimo o agudo tono de aquella destinada a loar a los dioses. Por ello se dice que los escritores apegados al signo favorecen la forma extrema, en tanto quienes se acercan al símbolo se hacen cada vez más conceptuales y dejan de lado, de paso, cuestiones de simple orden técnico. El poeta Claudio Bertoni estaría en el justo centro de esta línea imaginaria.

Sin embargo su obra no es de fácil lectura. No por críptica ni mucho menos. Para el lector poco informado sobre lírica puede resultarle, por el contrario, demasiada simple y directa. Pero no es así. En la vertical del paradigma, la cual otorga las connotaciones o referencias (o evocaciones, en último término) al receptor de su mensaje, Bertoni ocupa un tono grave, apegado a la tierra, pero con una vibración muy intensa que es preciso descubrir.

Según Enrique Lihn, su poesía, hecha de fragmentos de un diario incesante -work in progress- de un implosivo, explosivo y acumulativo proceso de maduración, calla porque se mueve, casual y libremente, en el mundo de las relatividades (“...del revoltijo y la mentira”), negándose a la falsedad de la trascendencia y de ciertos saberes fraudulentos (en la contratapa de Sentado en la cuneta).

Del mismo modo sus publicaciones, fragmentadas por el tiempo, aparecen de vez en cuando. Bertoni no frecuenta los círculos literarios ni hace mucha cuestión de su prestigio que, más bien, se cuida en mantener oculto en la comuna de Con-Cón. Pocos saben que este señor lleno de pecas y con cara de muchacho, alguna vez estudió Filosofía en la Universidad de Chile y luego -Francia e Inglaterra de por medio- fue músico de jazz y destacado fotógrafo. Imágenes suyas ilustraban, al año anterior, una elegante publicación de Gonzalo Rojas entregada por la Biblioteca Nacional. En sus comienzos formó parte de la Tribu No, y anduvo su nombre, por México y Estados Unidos publicado en El Corno Emplumado. Tiene a su haber varias traducciones, entre ellas un libro de Bukowsky, y las becas Guggenheim, American Field Service y Corporación Amigos del Arte. En 1997 obtuvo el Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura en Poesía.

La Tribu No fue una invención de Cecilia Vicuña, allá por 1967, cuando junto a Claudio, Coca Roccatagliata, Marcelo Charlín, Francisco Rivera y Sonia Jara eran estudiantes de la Universidad de Chile. Su existencia es paralela a la “promoción emergente”, título que da Waldo Rojas a la promoción universitaria del 65.

De esa época de ruptura, búsqueda y liberación nace la poesía de Bertoni. Y a diferencia de sus colegas, se niega a utilizar demasiadas figuras retóricas -que no sea la aliteración o aquellas sitas en el lenguaje común sin dar demasiada importancia a la cuestión del ritmo, aunque usualmente recaiga en él.

Cruzan su escritura una serie de claves: el amor y el desamor, el placer físico y la denuncia de la estupidez. Bertoni permanece alejado de la tribu y fiel a sus preceptos. En sus exposiciones fotográficas, la calidad y calidez de sus desnudos dan mayor razón aún a esta búsqueda dionisíaca cruzada, muchas veces, por el desengaño y la mentira: ¡Qué será!/ y del hueco entre tus nalgas/ y del largo pelo y sedoso entre tus nalgas/ y del pasto entre tus nalgas (en Sentado en la cuneta). En sus versos se saludan la nostalgia y el desparpajo con la más natural de las sonrisas. Como el mismo define su escritura (en la contratapa de El cansador intrabajable II) “es una incesante autobiografía o diario que Claudio Bertoni guarda desde hace dos décadas y que ya suma cientos de cuadernos Torre de composición de 40 hojas”. Se refiere a una marca de cuadernos escolares de gran venta en nuestra infancia.

Sin embargo, esta forma de escribir no es exclusividad suya. La comparten en cierta medida Eduardo Parra, Gregorio Paredes y Fernando Rodríguez y, en forma paralela, los poetas músicos Florcita Motuda y Mauricio Redolés. Cuanto es de su exclusividad, se refiere al placer de vivir, escribir y, de tal modo, registrar su gozoso paso por esta tierra.

Bertoni, en estos últimos años y en sus recientes producciones, consigue una estética propia, reconocible y válida. Su actitud vital se refleja en ella y su bien premiado libro Harakiri, junto al posterior No faltaba más -en los que la obsesión se establece como el leit-motiv- merece una dedicación mayor en beneficio de sus claves.

Tal vez su profesión de fotógrafo haya fijado la imagen visual como modelo de su escritura. Este enfoque de precisión cierra la lente a partir de De vez en cuando, libro en el que por penúltima vez (esta afirmación es mañosa) intenta un summa poética, una declaración de principios a fin de no justificarse más ante sus lectores: el poeta escribirá a partir de ahora para sí mismo: “yo no necesito energías/ para subir el monte Everest// yo las necesito// para quitarme los calcetines/ para lavarme los dientes/ para llevarme la comida a la boca”. Años antes Omar Lara había tomado el mismo, aunque ocultando su queja: “Es un hecho que no subiré jamás a las cumbres del Gran Himalaya (...) tropezaré con las piedras del camino,/ me embriagaré con deleznables licores,/ seguiré maldiciéndome con ternura” (Gran Himalaya, en Serpientes, 1974)..

Esta precisión en la imagen le permite una visión del instante que, más que un carpe diem oculta, por lo contrario, un desinterés respecto a cuanto le rodea. Todo es transitorio, incluso el mismo fluir del tiempo “estas vivo/ eres sano y buen mozo/ eres negro y comunista/ eres judío/ tienes sida y pie plano/ hueles mal”, etc. Tanto los hechos como las condiciones del mundo constituyen una simple acumulación sin sentido.

Tras este aparente retorno a la sencillez y el rechazo de cualquier recurso manido, su retórica pareciera reducirse a la repetición y a otros pocos tropos. No es así; Bertoni se aplica en el territorio de las significaciones, de lo semántico, aunque muchas veces se requiera estar informado sobre alguno u otro metalenguaje para alcanzar el sentido del texto: “dios mío/ hazme tu señora/ cúbreme de rosas/ cómprame un ternito/ sácame a pasear:// al Goyescas/ a Gath y Chávez/ al Bim Bam Bum”. Es que el poeta no evita mezclar lo crudo y lo cocido en el mismo plato. El desinterés de las cuestiones del mundo no exige una clasificación de aquellas y menos un orden de prioridades.

Este desapego cuenta con un panteón bibliografico básico en el que aparecen, entre otros, Simone Weil (París, 1909 - Londres, 1943), G. Ch. Lichtenberg (Alemania, 1742 - 1799) y nuestra filósofa Carla Cordua (Santiago, 1925). Con tales créditos locales, y no del todo místicos además, rearma un método oriental de observación y comprensión del mundo. Al menos le ayudará a comprender sus temores y obsesiones frente a la fragilidad del cuerpo y de la existencia, motivo muy reiterado en Harakiri.

No faltaba más resulta la natural continuación de este libro. Anotado también el forma de diario. nada tiene valor allí porque todo tiene su propio valor en el hecho de ser. “un tipo/ en el bus/ le dice a sdu mamá/ en el celular: que te revisen/ el nivel de aceite”. Y la mayor obsesión continuará siendo amar a las jovenes irrespetuosas que provocan al poeta en su camino a la iluminación. Si acaso existe.

Claudio Bertoni Lemus (Santiago, 1946) vive en Con-Cón. Obras: El cansador intrabajable (1973), El cansador intrabajable II (1986), Sentado en la cuneta (1990), De vez en cuando (1998),  Una carta (1999), Jóvenes buenasmozas, Harakiri (2004) y No faltaba más (2005). Aparece en Los veteranos del 70, de Carlos Olivárez (1988), 25 años de Poesía Chilena, Calderón y  Harris (1996) y Antología del poema breve en Chile, de Floridor Pérez (1998). Distinciones: Beca Corporación Amigos del Arte (1982 y 1984), Beca Guggenheim (1993), Premio Poesía Consejo Nacional del Libro (1998 y 2005) y Beca Fondart Nacional (1998).

Publicado por Juan Cameron

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