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Con Evtushenko en Lund

Es noviembre de 1987; estamos en Lund, Suecia. El tipo que camina entre el público parece un espectador más. Lleva afuera una camisa sport verde oscura y el cabello recortado a navaja. A su lado le acompaña una hermosa joven, rubia como él, de elegante traje sastre. No se trata de un desfile de modas, sino de una lectura del poeta Eugeni Evtushenko, autor de casi cuarenta libros y conocido en todo el planeta.

Al responder en inglés el saludo de presentación reafirma su convicción y apoyo a las luchas de liberación y rinde tributo a los pueblos de Argentina, Chile y Uruguay.

Lee en voz alta e impone desde un comienzo un estilo casi teatral. Sin duda el poeta privilegia la representación como si ella, y no la palabra escrita, correspondiera a la obra. Es una consecuencia de sus innumerables lecturas. Su capacidad y fuerza histriónica va en igualdad con el oficio de Peter Stormare, quien lee en sueco las correspondientes traducciones. Stormare, primer actor del Dramaten, el Tatro Nacional Sueco en estocolmo, es según la crítica uno de los mayores protagonistas de Hamlet, por sus actuaciones en esa capital durante 1986.

Alto y huesudo, el poeta luce más joven que en las fotografías. Cuenta además con una vitalidad agobiante que obliga a estar muy atento durante la conversación. Versado en diversos temas, sus viajes parecen haberle dado un gran conocimiento sobre el alama humana. Habla incansablemente en ruso, inglés o español. Durante la cena en el Hotel frente a la plaza, junto a los poetas Rubén Aguilera, Julio Numhauser y Pancho Pérez, recuerda con entusiasmo su viaje a Chile en 1971. A Numhauser, como funcionario del aparato cultura, le correspondió atenderlo en dicha oportunidad.

Conocedor de nuestros mitos, no tiene empacho en celebrar el vino y las mujeres chilenas, a quienes declara más hermosas que las georgianas. Su joven esposa sonríe. Ella no entiende el castellano.

La lectura tiene lugar en el Museo de arte y Arqueología de Lund. Fue organizada por el ensayista Peter Luthersson y por el editor Per Gedin, quien ofrece al público el más reciente título de Evtushenko, Fukú y otros poemas, traducido al sueco por Annika Bäckström.

Por última vez se intenta ser feliz/ como si mi fantasmal estatura frente al abismo/ cayera de un solo golpe/ allí donde se ha sufrido una derrota, declama el poeta. Un año después se haría cargo de la Sociedad de Escritores Rusos para retornar muy luego al silencio, después de la euforia y la desesperanza.

Adiós Bandera Roja

Yevtushenko no ha pecado de humildad. Por el contrario, su visión tiende a ser objetiva a pesar de su temperamento y, muchas veces, de su autocomplacencia. En alguna oportunidad -lo cita Yuri Nehoroshev- sostuvo que el setenta por ciento de su obra publicada era una “auténtica basura”; sin embargo, “el 30% bien escrito conformaría de todos modos una masa de trabajo bastante pesada”.

Traducida esta opinión en términos técnicos, esa masa de trabajo respeta el ritmo y la musicalidad de su lengua natal y es, agreguemos, profundamente significativa; condición de todos modos evidente en las versiones a nuestro alcance.

Para sus seguidores, tal vez el poeta opina demasiado. Los ciento treinta mil versos entregados parecen suficiente para establecer su propia concepción del mundo y de la situación objeto de tal poesía. Y en el resto, que el mismo descalifica con cierta ligereza, una buena parte de sus textos a lo Maiakovski son suficientes para superar cualquier obra de autor conocido. Se hace necesario, entonces, revisar su obra, releerlo con atención; y una buena oportunidad la entrega la selección Adiós Bandera Roja (1953-1996), editada por el Fondo de Cultura Económica, de México, en 1997.

Las traducciones de esta virtual obra selecta pertenecen a Rafael Alberti, María Teresa León, José Emilio Pacheco, Heberto Padilla, Alejandro Ramírez y al mismo autor ruso, cuando no han sido escritas directamente en castellano.

Su primera aparición corresponde a 1949, en el periódico Deporte Soviético. Publica su primer libro en 1952, año en que ingresa al Instituto de Literatura de Moscú; pero ya en 1957 es expulsado del Instituto y de la Liga Comunista Juvenil acusado de “individualismo”. Nada le impide, sin embargo, se un poeta amado por su pueblo. Al menos ha vendido más de diez millones de ejemplares.

Y gran parte de su obra, además, se refiere a la cuestión política y a su monumental desarrollo durante el Siglo XX. Textos como Magdalena y Casi al final retratan sus preocupaciones. El primero -una extensa y hermosa poesía- habla de una torturadora argentina; el otro contiene todo el dolor de quien ve al territorio, que fue su patria, desmembrarse en una revisión casi absurda. Soy/ una agrietada pero exacta/ y viviente máscara funeraria de la evacuación de tiempos de guerra (...) En una ventisca fui esculpido/ por las mohosas manos del Transiberiano (...) No estuve en la escena,/ yo fui la escena en la sangre de mi época, se retrata allí.

Estos temas nunca le fueron ajenos. Ya en 1961 había tenido problemas con la publicación de su poema Babi Yar. El nombre corresponde a un barranco, en las proximidades de Kiev, donde el 2 de septiembre de 1941 fueron asesinados, por las tropas nazis, más de treinta y cinco mil judíos. El periódico Literaturnaya Rossia hizo notar, con cierta dosis de antisemitismo, algunos símiles desde ya evidentes con la situación política de entonces: Solamente podemos abrazarnos/ en este cuarto a oscuras./ Quiero besarte una vez más, acércate./ Ya vienen. Nada temas: el rumor/ es de la primavera que se anuncia/ y del témpano roto en el deshielo.

Pero Yevtushenko no sólo ha sido crítico con el sistema; también lo ha sido con sus compañeros de armas. Relata, en el mismo volumen, la vergonzante situación de Andrej Voznesenski frente al poderoso Jruschov, en marzo de 1963. Indignado este último, por una entrevista que el poeta concediera a un medio polaco, le gritó durante una reunión con intelectuales: ¡Tome su pasaporte y lárguese, señor Voznesenski! Este, con humildad se le acercó para expresar que no concebía una vida fuera de su país y, de inmediato, recitó en voz alta su Secoya Lenin. Tiempo después, destaca con cierta ironía, escribiría unos versos en contra del mandatario.

Una de las observaciones hechas al poeta ruso es la inmediatez -la cual puede llegar a cierta obviedad- en muchos de sus textos. En ésto se convierte en un cronista de su época. Títulos como Gorvachov en Oklahoma o No quiere decir que Yeltsin ganó, son más que decidores. Pero con todo, su alto sentido lírico siempre recupera este discurso hacia el buen lector.

Pocas veces muestra poemas de amor. El último intento, una trabajo incluido en Fukú, muestra del mismo modo su oficio ya probado. Está dedicado a Masha, con quien viajó a Lund en aquella oportunidad. La flor del beleño al borde del abismo aparece aquí como un reclamo ante la brevedad de los días; y al mismo tiempo como una reafirmación de su permanente vitalidad.

Sus temas parecen ser meros pretextos de escritura. La actitud política y la capacidad literaria se tonifican y realimentan. Tal como el poema Adiós, Bandera Roja nuestra, una pieza significativa y sentida que nos muestra, más allá de un abstracto ideal seguido por muchos, la existencia de un terruño el cual se derrumba junto a su símbolo. Entrega al lector una nueva visión del fenómeno político: aquella de quien vive la experiencia y conoce los infinitos matices más allá de los colores del tablero, los semáforos éticos o la marcada división del arcoiris. No habla sino de su propia tierra y así, como lectores, nos enseña una lección de tolerancia. Los demás, los otros, tenían una opción de vida: Pero en aquella Atlántida estuvimos vivos y fuimos amados./ Tú, Bandera Roja nuestra, yaces en el charco de un mercado./ Prostituidos mercaderes te venden por divisas./ Dólares, francos, yenes./ Yo no tomé el Palacio de Invierno del zar./ Ni asalté el Reichstag de Hitler./ Ni soy lo que llamarías un comunista./ Pero te acaricio, Bandera Roja, y lloro.

Publicado por Juan Cameron

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Eugeni Evtushenko

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