Correspondencia con Neruda
Entre 1927 y 1935 la correspondencia entre Pablo Neruda y el escritor argentino Héctor Eandi, da cuenta de la difícil situación sufrida por el poeta en esos años de juventud. Reunida hace por Margarita Aguirre (1924), quien fuera secretaria de Neruda, aparece publicada por primera vez en 1980, por Editorial sudamericana de Buenos Aires. Con anterioridad parte de ésta la había dado a conocer en Genio y figura de Pablo Neruda, editada en la misma ciudad, por Eudeba, en 1964.
El intercambio epistolar se inicia a raíz del artículo de Eandi -«Los veinte poemas de Pablo Neruda»- publicado en la revista Cartel en diciembre de 1926. En octubre del año siguiente Neruda le agradece, desde Birmania, esta nota que afirma haber leído en Chile, así como el volumen de cuentos Errancias, que declara haber recibido hace mucho tiempo.
Por entonces Neruda se ha incorporado al servicio diplomático. A los veintitrés años de edad es destinado a Rangoon y su misión continúa después por Colombo (Ceylán), Singapur(Malasia) y Batavia (Java), para regresar a Chile en 1932. Son años de extrema soledad, de ostracismo; y aún más, de pobreza. Los pocos dólares asignados a su cargo, que debe descontar de los ingresos consulares, no alcanzan para sobrevivir. Es más, durante meses éstos no alcanzan para cubrir su salario. El apoyo prestado por el escritor argentino (quien en sus útimos años dirigió el directoria de la SADE, es de un inmenso valor espiritual. Por momentos parece constituir su único vínculo con el mundo. Eandi le despacha libros, revistas literarias, periódicos y muchas noticias. Neruda le retribuye con poemas, fotografías y curiosos objetos que adquiere en los mercados orientales: «un pijama para Violna Elsa, un abanico para la señora Eandiny una piel de serpiente para usted y un cortapapel javanés».
Sorprende, más aún en estos tiempos, el refinamiento y la perfección en la escritura de estos muchachos. Sin pedantería alguna dan cuenta de su conocimiento sobre cuanto ocurre en la literatura contemporánea y en el arte en general. Neruda, al parecer, domina el inglés y se desempeña bastante bien en francés y holandés. Es más, durante su vida el poeta no dio mayor importancia a estos asuntos, ni siquiera a las traducciones que de verdad hizo y fue magro en publicar.
La comunicación muestra sus diversos caracteres. El chileno es dionisiaco; y junto al humilde arroz que lo acompaña por largos períodos, tampoco falta el whisky en su mesa. Ha probado opio capor aburrimiento y sin ningún compromiso y su vida amorosa delata algunos nombres olvidados después en Confieso que he vivido. El argentino es apolíneo, hombre de reservada y profunda vida conyugal. Durante toda su vida se desempeñará como funcionario de una empresa sueca, a cuyo país será invitado, en 1962, con motivo de su jubilación. Aguirre lo describe, con cariño, como un hombre atildado y sobrio: «Me explicó con su hablar mesurado, que a pesar de las diferencias políticas él sentía un gran respeto y admiración por la obra de Pablo Neruda y que estaba orgulloso de haber sido su amigo en los años de juventud».
Pero sin duda Eandi fue para Neruda, al menos durante esos años, una suerte de confesor o el personaje de un diario muy privado. Ante él se queja de George Nascimento, su editor, y también del país que lo acoge al regreso: «He gozado y sufrido indeciblemente en Chile. Hay algo exitante en vivir en un país que se derrumba, con olor a catástrofe en medio de la primavera, y una amenaza sorda, fatal, un tambaleo agónico en la vida ambiente». Resulta curioso leer estos párrafos a ochenta años de distancia. Y las quejas que humanizan a este Neruda tan endiosado, tan poco leído y tan repetido de memoria, siguen: «Ahora recién me han puesto de bibliotecario de una biblioteca que no existe, con un sueldo que casi tampoco existe».}
Al publicar esta edición, Mergarita Aguirre censuró varios párrafos para no herir a ciertas personas que vivían por entonces. Estas breves ausencias traban su lectura como fuente histórica. Tal vez pudiera aquello aún corregirse. Sin ser mal hablado, Neruda no trata bien a quienes lo hieren. Y, aunque no guarda rencor, al menos guarda las cartas en manos de su secretaria.
Neruda y Eandi comparten en Buenos Aires entre 1933 y 1934. Luego el chileno se embarca a España para desempeñarse como cónsul en Barcelona y Madrid; y luego toma abierto partido en la guerra civil. Estya circunstancia, su compromiso con la izquierda política y su posterior exilio, ponen fin a una correspondencia intensa y valiosa que nos ayuda a comprenser el transcurso en sus países en las primeras décadas del siglo anterior. Héctor Eandi falleció el 18 de mayo de 1965. «Cuando (...) supe de su muerte mandé a nombre de Neruda -por entonces en Londres- unas orquídias y fui a su velatorio, en la Sade», nos cuenta Margarita Aguirre.
Lejos de mi herencia traicionada
Los enfrentamientos judiciales entre los herederos de Pablo Neruda y la Fundación que lleva su nombre dejan al descubierto un manejo al menos inadecuado, tanto de la figura del poeta como de sus bienes terrenales, muy lejano a la voluntad de nuestro Premio Nobel. Así lo indican los hechos. Esta situación me llevó a elegir el tema como parte de la conferencia que leí, en la Ibsen Hus durante la Skien Internacional Ibsen Conference, en Noruega, el año 2009. Tomando los versos del poeta bauticé el texto, en inglés, como Lejos de mi herencia traicionada. Los párrafos que siguen se refieren a esta lectura.
Es de común ocurrencia suponer que filósofos y poetas ven más allá de su tiempo. Pero no es así. La verdad es que ambos interpretan los signos sociales del mismo modo como el campesino lee la atmósfera. En verdad el filósofo analiza su tiempo de forma bastante denotativa, objetiva, en cambio el poeta lo hace connotativamente, a su amaño. Y aunque ambos aciertan, al primero no se le leerá sino cincuenta o sesenta años después y en cambio al escritor, si se le lee, se hará mal o quizás nunca.
Curiosamente en su poema Testamento II Pablo Neruda intercaló la afirmación «lejos de la herencia traicionada», que parece describiera la actual situación cuando declara «dejo mis viejos libros, recogidos/ en rincones del mundo, venerados/ en su tipografía majestuosa,/ a los nuevos poetas de América» entendiéndose que se refiere a nuestra América, de manera «Que amen como yo amé mi Manrique, mi Góngora,/ mi Garcilaso, mi Quevedo (...) Que en Maiakovsky vean cómo ascendió la estrella/ y cómo de sus rayos nacieron las espigas».
Para muchos existe, hoy en día, la sensación de esta «herencia traicionada». Para delimitar una visión acerca de este tema digamos que hay dos fuentes en la posterior voluntad del poeta respecto a sus bienes. En primer lugar existe un grupo de escritos, el primero de ellos un largo poema titulado Testamento de Otoño, además de la pieza ya mencionada. El segundo, es una carta que el poeta enviara al presidente Salvador Allende durante su última estadía en Francia. Y aunque por cierto la ley chilena posee una estricta regulación en esta materia, el problema de fondo es otro; es de orden moral.
Era la voluntad de Neruda dejar una de sus casas al movimiento obrero. En Testamento expresamente establece como legado su casa habitación: «Dejo a los sindicatos/ del cobre, del carbón y del salitre/ mi casa junto al mar de Isla Negra./ Quiero que allí reposen los maltratados hijos/ De mi patria, saqueadas por hachas y traidores,/ desbaratada en su sagrada sangre». Y más abajo apunta sus deseos al Partido Comunista: «Dejé mis bienes terrenales/ a mi Partido y a mi pueblo,/ ahora se trata de otras cosas,/ cosas tan oscuras y claras/ que son sin embargo una sola». Con todo, es indudable que para finalizar nombra como heredera universal a su última: «Matilde Urrutia, aquí te dejo/ lo que tuve y lo que no tuve,/ lo que soy y lo que no soy».
Todo ésto no tendría la menor importancia si no fuera porque su patrimonio es administrado hoy día por la Fundación Neruda, y no por sus herederos. Esta organización de derecho privado actúa en la práctica como propietaria de los bienes, al menos de las tres casas que el poeta tuvo y, además, maneja y distribuye los ingresos por derechos de autor.
Neruda falleció sin testar; de manera que a su muerte Matilde Urrutia quedó con el 75% de su herencia y el otro 25 correspondía por partes iguales a su hermano Rodolfo y a su sobrina Laura. Matilde donó su parte a una nueva fundación que, aunque debería llamarse Cantalao, por decisión del poeta, pasó a tomar el nombre de éste. Es claro, la Fundación queda entonces como poseedora de los derechos que la viuda tenía sobre el patrimonio y no en calidad de heredera universal de éste. Como es sabido, la Fundación, en manos absolutas de Agustín Figueroa, posee las casas llamadas La Sebastiana, en Valparaíso, La Chascona, en Santiago, y la propiedad de Isla Negra. Las dos primeras son centros culturales y la última, que era la verdadera residencia nerudiana, funciona como casa museo. Aunque de cierta manera todas aquellas reúnen las mismas condiciones.
El poeta chileno Bernardo Reyes, sobrino nieto del poeta, lidera la posición de la familia. Al adquirir demasiada notoriedad, en especial por la organización del programa el Tren de Neruda, fue expulsado de la Fundación por decisión única de Agustín Figueroa. Esto se hizo tras haberle cedido a Figueroa los derechos por los objetos y muebles que alhajaban las propiedades en una suma nominativa cercana a cincuenta mil dólares. Para tener una relación, cada uno de los objetos del poeta pude tasarse fácilmente en cien mil dólares. Y hay miles de aquellos inventariados. «Los herederos, por la motivación antes descrita, aceptamos una retribución simbólica de 8 o 9 MM de pesos (imagina cuanto puede costar el menaje de las casas, cientos de millones de dólares, si acaso). ¿por qué? para ser solidarios con un proyecto que Figueroa ayudó a prostituir» cuenta Reyes en un correo electrónico.
Pero cuanto más molesta a la familia es que la Fundación invirtiera más de un millón y medio de dólares en Cristalerías Chile, firma de propiedad de Ricardo Claro, un empresario ultra derechista sostenedor y amigo de Augusto Pinochet. El hecho de que Figueroa fuera directos de esa empresa lo hace actuar bajo información privilegiada, hecho penado, sostiene Reyes, por la legislación chilena.» Mientras tanto, una veintena de causas entre ambas partes, varias por la utilización de la marca Neruda -que pertenece a la familia- se ventilan en los tribunales de justicia.
Y muchas han sido las voces que reclaman por esta situación. Nuestro colega y poeta Norton Contreras escribe desde Malmö, a propósito de la rechazo por parte de la Fundación a un homenaje organizado por un grupo de poetas: «Desde esta columna manifiesto mi enérgico rechazo frente este atropello a la herencia cultural, y al legado poético de Pablo Neruda» (véase En defensa del Legado y la herencia poética de Pablo Neruda) Y para el profesor Antonio Reynaldos, «Juan Agustín Figueroa -a través de la Fundación Neruda- ha cometido una malversación sistemática de la herencia de Neruda, desde el punto de vista moral, pero también desde el punto de vista judicial. La voluntad de Neruda era crear una fundación de promoción de las ciencias y de las artes, no de fanatismo a su persona; una Fundación Cantalao administrada por un directorio representativo (...) ha convertido la Fundación Neruda en una empresa de marketing personal, que no ha realizado ninguna labor de significado en la cultura nacional».
En verdad la Fundación Neruda sí ha realizado una amplia labor cultural, por un lado. Pero por otro, ha convertido a Neruda en una suerte de ícono desagrable, pesadísimo, que sirve de fetiche político a la derecha que tanto lo atacó en vida.
Correspondencia personal
Hace poco fui invitado a la Biblioteca Nacional a un coloquio sobre el influjo de Canto General en la creación personal. Más bien fui el único que cumplió con la tarea. Manuel Silva Acevedo y Andrés Morales se excusaron a última hora y Raúl Zurita, brillante a más no poder y en verdad respetable, improvisó con maestría y retórica. En mi caso, hablando de mí y nada más que de mí, por cumplir con lo solicitado, leí una penosa redacción escolar apremiado por quinientos trabajos y obligaciones.
Al convocarme Darío Oses pensé casi de inmediato en tres cuestiones bastante diversas. Si acaso el poeta, y esta obra en especial, habían marcado mi poesía; en el recuerdo siempre lárico de la infancia, aunque esta no haya sido para nada un paraíso perdido en la nostalgia; por último, en la profunda ética cotidiana observada por el poeta al construir esta obra magnífica, monumental y a ratos imperfecta como nuestra propia cordillera de Los Andes.
Al parecer Neruda no ejerció una influencia, directa y marcada al menos, en nuestras promociones. La Generación Universitaria del 65, a la que no pertenezco en razón de edad, de espíritu o de participación, marca sus preferencias a partir de Nicanor Parra por Gonzalo Rojas, Enrique Lihn o Jorge Teillier. La promoción del 80 hereda de aquella estos nombres y vuelve, en parte por el violento quiebre social y en parte por doblar la cerviz a la odiosa academia y sus teorías, a la ciertamente aburrida solemnidad de la Generación del 35. «¿Qué hicistes vosotros, gidistas,/ intelectualistas, rilkistas, /misterizantes,/ falsos brujos/ existencialista» se quejaría ahora Neruda.
Pero sí ejerció una notoria influencia en buena parte de los del 50 sobre en el grupo de los prohispanófilos -católicos en su gran mayoría-, en los poetas de provincia y de agrupaciones literarias y, indudablemente, en quienes buscaban a través de la escritura contribuir a la liberación y la lucha política. Es singular, en el caso de sus acólitos en Valparaíso, la significación del poeta tanto en su obra como en el desarrollo de cada uno de ellos. Tanto es así que se ha llegado a identificar, erróneamente por cierto, a Neruda como el poeta de la ciudad. No lo era; lo podrá ser de Parral, de Isla Negra, de Santiago, de Chile si quieren. Pero Valparaíso fue su lugar de exilio o de paso, nada más. La ciudad identifica como su verdadero poeta a Gonzalo Rojas, quien se inició, escribió y publicó su obra primera desde el Cerro Alegre y desde Playa Ancha. Sin embargo, para los miembros del Club de La Bota, digamos los poetas Patricia Tejeda, Armando Solari, Sara Vial, Sergio Hernández (y también los plásticos Camilo Mori, María Martner y Carlos González Yáñez, entre otros) existió un influyo indudable. Libero de esto a mi amigo Ennio Moltedo, quien me devolvió furioso un volumen donde yo lo metía en el mismo saco. Ennio no anduvo por allí; trabajó con el poeta, más bien. Como tampoco anduvo Lukas a quien, como hombre del Departamento de Estado no le cabía figurar a su lado, ni Hugo Zambelli quien (salvo que me equivoque) andaba por Europa o por Calbuco a comienzos de los 60.
El poeta se me aparece tempranamente en la imagen, más molesta que tierna, de mi padre y de su familia. En verdad,ante la sombra de esa familia aparece su recuerdo como una catedral castellana, de piedra, oscura, dogmática y cerrada, frente a la luz de mis Cameron celtas y solares, cálidos y sonrientes. Tal vez aquello marque una elección estética, sin duda. Pero el poeta emerge sin embargo con su mágica sonoridad, con ese fulgor repentino que convierte ese pesado templo del recuerdo, en un cine de pueblo. Y allí se proyectan las imágenes de Nuevo Canto de Amor a Stalingrado que mi padre nos recitaba a mis hermanas y a mí, y el poema 6, ese «de la boina gris y el corazón en calma» con el que mi tía Corina se identificaba en esos años.
Pero de Canto General específicamente, fue sin duda Alturas de Macchu Picchu, el segundo de sus quince cantos, la pieza más sonora, espectacular y hermosa - «Si la flor a la flor entrega el alto germen» - la que deslumbró en esa época y logra retener las mejores fotografías de ese álbum extraño. Años después, con Pablo Delgado, Rodolfo Lemp, Raúl Zurita y algunas otros del taller literario de la Universidad Santa María -que dirigía Eduardo Sanfurgo Lira- habríamos de exigirnos esos párrafos de memoria como prueba de nuestra iniciación.
Pero sin duda lo que más me sorprende y atrae al releer hoy el Canto General -además del arrepentimiento por haberlo tanto olvidado en las estanterías- es su visión ética frente a la política histórica y cotidiana. Su reflexión, su onservación acerca de los signos sociales, es tan certera como puede serlo, desde un punto cientifico y académico, la reflexión de Noam Chomsky. A ratos me parece que el poeta esta escribiendo con el periódico al lado. Pero no se trata de El Diario Ilustrado o de La Nación o El Clarín de esa época, sino de los medios que de tarde en tarde -o de mañana más bien- suelo leer en El Café del Poeta. El poeta señala, acusa, apunta allí la verdadera y odiosa realidad de nuestra existencia.
Neruda va hacia la política y la encuentra en su poesía primeramente en la España convulsionada por la guerra civil -que fue militar, por cierto- pero es Canto General donde toma este asunto, ya no como una disciplina ajena a la actividad humana, sino como una preocupación natural de cada individuo en tanto miembro de un cuerpo social. En este sentido tanbién Canto General es su ópera magna. «En este libro de amplitud cíclica -sostiene el costarricense Carlos Santander- se plantean los problemas fundamentales que dicen relación con el ser y la historia de América: la dialéctica del origen y la degradación, de la naturaleza y de la historia, del odio, de la vida y de la muerte».
En esta obra logra, Neruda, su más nítica expresión política al concebir en el mismo terreno del lenguaje la retorización que la lucha de clases expresa en su diaria realidad. La imagen maniquea que opone el bien y el mal como discursos absolutos, ocurre en la realidad. Cada clase acusa a la otra de ser intrinsecamente perversa. Pero la historia, aunque escrita por los vencedores, muestra que la felonía se carga al lado de ellos.
Las unidades de significación que el poeta plantea no ofrecen dudas. Por un lado existe lo humano, lo racional, lo que aspira llegar a la fuente y a la verdad; por el otro yace lo inhumano, lo heroico, lo inteligente camino a un fin preconcebido y al ocultamiento. Pensemos hoy en la canallada diaria, en el vil enriquecimiento de los empresarios a costa de la salud de la gente y dela destrucción del medio. La gran minería del cobre, el negocio de la energía, la economía paralela de la droga, el estudio de la «inocente» energía atómica que la insistente realidad descarta de inmediato, el asalto a la previsión en beneficio de unos pocos, la privatización como traición a la patria, etc. etc. etc. De eso nos habla el poeta en Canto General.
Me habría gustado leer a los asistentes A mi Partido; pero me conformé con declamarles Promulgación de la Ley del Embudo; absolutamente extemporáneo, por cierto.
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Juan Cameron
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