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El poeta Eduardo Embry

Juan Luis y Eduardo Embry fueron mis primeros maestros. Si Martínez aportaba o hacía del bueno, Embry criticaba, cortaba, mandaba mis versos a la cresta. Después de varias sesiones en su casa, en la población de la Compañía Chilena de Tabacos, en el barrio O’Higgins, tras salvar muy pocos poemas me recomendó no publicar el libro. Si le hubiera hecho caso las cosas habrían ido mejor. En fin, nunca hice caso y no me puedo quejar. Las manos enlazadas apareció en q971, en las prensas de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Era una verdadera antología de poemas de amor, desde la primera calentura al primer polvo al primer hijo, etc. El título no tiene relación con el poeta francés; ni siquiera lo conocía por entonces. Lo tomé de un texto de Corina Zamorano, mi tía, quien fuera la más recóndita y escondida poeta de Valparaíso. Sepa Dios dónde navegará esa letra que aún intento reconstruir: «Amé el amor en ti, frágil mujer hecha de frenesí y ternura; amé tus ojos, tus dichos, tu figura; amé tu alma inquietante, a veces soñadora, que me devolvía el mundo a cada instante»; pero no recuerdo bien. Y decía por ahí: «la cabellera al viento, las manos enlazadas, ebria de amor y encantamiento absorto te miraba. Por eso ahora me pregunto: ¿Por qué, si tanto nos amamos, por qué no vamos juntos». Y no se vaya a creer que a mi tía le gustaban las mujeres; para nada. El poema aparecía en su novela secreta, escrito por el protagonista -un cura del Obispado- a la heroína. Mi tía, por supuesto.

No le hice caso a Embry, decía. Mucho después, a mi regreso, supe que mis maestros habían destruido en el American Bar un alto de ejemplares de mi ópera prima. La bautizaron con acierto como Las malas ensaladas; y así quedó.

Eduardo Embry era un pilar fundamental en la región al comenzar la década de los 70. Él desde Valparaíso, como lo hiciera Juan Luis Martínez desde Viña del Mar, indicaba el camino a los jóvenes que se iniciaban en el arte. Por entonces circulaba en torno al Instituto Pedagógico de la Chile -hoy Universidad de Playa Ancha- y la Revista Piedra junto a un grupo de intelectuales entre los que destacaban Nelson y Jorge Osorio, Erna Alfaro y Osvaldo Rodríguez Musso. Eran los tiempos de la Unidad Popular y el Pedagógico acogía a los poetas locales.

Hacia fines de 1997 la Editorial de la Universidad de Valparaíso reeditó sus Breviarios Por 20 Años, en homenaje a Pablo Neruda, y Del Valparaíso perdido, de Joaquín Edwards Bello, y entregó, además, Breviario de la memoria, de Embry.

Eduardo Embry Morales, «obrero de una fábrica de cigarrillos» como gustaba llamarse, había sido un activo y polémico escritor de la zona, hasta su partida a Inglaterra. Tras el golpe, y con la secreta protección de Modesto Parera, pudo refugiarse y salir del país. No soy preciso en esto; no conozco detalles. Para esa época sus críticas en el diario La Unión sorprendían a sus colegas y más de algún mal rato debió soportar por ellas. Mordaz, la referencia a Conejerías de plomo, de Manuel Espinoza Orellana, es una pieza de antología. Con el título de Cojonerías de plomo, decía más o menos así: «Hay libros que suelo dejar en las primeras páginas; éste lo dejé en el prólogo». Su poesía se debatía entre la lírica de Jorge Teillier y de Ernesto Cardenal; y a veces junto o al lado de Hernán Lavín Cerda cuando la contingencia así lo exigía. Pero ya se destaca como poeta.

Una dulce ironía parecida a la tristeza emerge desde las páginas de Breviario de la memoria. Títulos como Para saltar de alegría en una pata, unen ideas que en el oído del lector se excluyen: Desciendo unos cuantos peldaños/ y ya estoy/ con los peces/ que me saludan por mi nombre y apellido/ y me preguntan por toda la parentela. En estas imágenes la nostalgia se hace evidente.

Fiel a los preceptos de la promoción del 65, su relato representa el escenario que intuye como realidad. Las casas, alguna vez habitadas, las ciudades, los cerros y los vecinos son elementos constantes de una escritura donde el mar, si no está presente, se hace palpable frente a lo descrito. La selección propuesta por Browne y Moltedo hacía justicia a su mejor poesía. El prólogo de este último daba cuenta de ese generoso grupo de amigos, entre ellos de Jorge Osorio, cuyos grabados ilustran este Breviario junto a viejas postales del puerto.

*

La obra de Embry era, al menos en Chile y hasta el año 2006, extensa, dispersa y desconocida a la vez. La edición de Enxeinplos y Milagros de Eduardo Embry, a mi cargo, logra sorprender al auditorio nacional con ese humor tan británico que en verdad el poeta -quien vive en Southampton- había practicado con elegancia (y a veces no tanta) desde su puerto natal: «No es que mi casa/ fuera la casa del Presidente de mi país (...) ni es que ponga en duda/ la pericia de esos bombarderos/ para destruir y construir la casa de un presidente/ lo que ahora me quita el sueño./ Es la cara de sorpresa de su Majestad la Reina Isabel II/ cuando le preguntamos:/ Mire, usted Señora ¿qué país es la Inglaterra de Sudamérica?».

En Inglaterra publica, a comienzos del año 2006, Algunos milagros de Eduardo Embry, una edición bilingüe con traducciones al inglés de Penny Turpin, su compañera, y prólogo de la profesora brasileña Teresa Cabañas. Algunos de los dieciséis textos habían aparecido antes en diversas revistas. De ellos, como bien señala Cabañas, se extrae la particular poética de este autor: «una aventura literaria que es puro afán inventivo y lúdico de la palabra. Los hechos más pueriles se agigantan, alcanzan visos insospechados que nos fuerzan a notar niveles de la realidad ya borrados de nuestra capacidad perceptiva».

También es notoria en su poética cierta línea constante a su promoción, cuya función general no era otra sino poner en duda los mitos sobre los que se sustenta «el aparato ideológico del Estado». La cita directa o por vía de elementos diversos, cuentos infantiles por ejemplo, cumple con su objetivo de subversión: «alguien que entró en los bosques/ al salir, ha dejado la puerta abierta». O la ironía como elemento perturbador que, al tiempo de negar, reafirma lo prohibido: «de la cabeza a los pies, se cubrieron de libros raros,/ que al tocar el suelo reventaban en letras góticas/ láminas iluminadas,/ que hasta ahora sirven para llenar de humo/ la cabeza de la gente». Y un tercer recurso -que lo ubica con claridad en una generación dispuesta a sacrificar incluso su texto epigramático por el viso de inteligencia- es la declaración obvia y certera. Pero no es sino una trampa más el lector. Este mensaje directo y claro, está cargado de connotaciones, minado, corrompido por una red de peligrosa significancia: «ahora que George Best ha muerto/ toda mi poesía ha cambiado,/ me niego en absoluto a contar/ todo lo que me pasa».

Hacia finales del 2007 Embry regresó a Chile después de treinta y tres años. Había sido invitado por la SECH al Encuentro Internacional Chile tiene la palabra, celebrado a comienzos de ese noviembre en la capital. Su visita fue rápida. Llegó la mañana del 31 de octubre para regresar a Inglaterra el sábado 10. Estaba preocupado por Joanna, manifestó. Robert, el menor, estudia medicina en Inglaterra. En su breve estadía se reunió, tras mucho tiempo, con Eduardo y Pablo, sus hijos mayores.

Sin embargo no logró ponerse de acuerdo con este lar tan diferente al que dejara. Nada agradó al poeta. Se sorprendió ante el discurso empresarial de los supuestos socialistas (por esos días se desarrollaba la Cumbre Iberoamericana), el desamparo y la cesantía de sus amigos, la suciedad y el abandono de los espacios públicos. Fue demasiado. Chile es un país triste y el poeta lo captó con intensidad

En la oportunidad compartió tribuna con Carlos Germán Belli, Arturo Corcuera, Jorge Boccanera, Claribel Alegría, Ernesto Cardenal, William Osuna y los chilenos Hernán Miranda Casanova, Jaime Huenún, Jorge Montealegre, Andrés Morales, Waldo Rojas, Javier Bello, Pedro Lastra y algunos más, junto a una abultada nómina de fieles e incondicionales militantes del gremio de calle Simpson.

No se movió de Valparaíso ni viajó  a Calama, a donde había sido invitado a participar en le Feria del Libro. Se retiró antes del anunciado homenaje que se le haría el martes 13 al mediodía en la Sala El Farol. Tal vez no sintió el afecto esperado; tal vez percibió esa abulia que como una sombra extraña aplasta la voluntad en tiempos de derrota. Pero su viaje fue intenso; rindió homenaje a los suyos el 1º de noviembre, abrazó a una prima lejana, a los viejos camaradas, parloteó con algún miembro de la revista Piedra y una buena mañana tomó sus maletas a la carrera, pidió un taxi y, casi sin tomarse el té ya servido, se fue al aeropuerto de Santiago y se puso «stand-by», como siempre, a la espera de los próximos acontecimientos.

Este camino no le ha sido fácil y ha debido esperar hasta los setenta de su edad para ver circular libremente su poesía. A partir de ese momento sus selecciones antológicas son recogidas en diversos territorios. En 2009 la venezolana Monte Ávila Editores edita Manuscritos que con el agua se borran y al año siguiente la Universidad de Playa Ancha entrega Al revés de las cosas que en este mundo fenecen.

Embry tiene suficiente trayectoria y alcurnia para ser reconocido como un hito fundamental en la poesía porteña. La antología de Monte Ávila hace justicia a una obra sostenida y permanente. Con una selección y el prólogo a cargo de Eduardo Gasca, el volumen aporta con más de ochenta textos, varios de ellos inéditos, junto a una buena cantidad de trabajos ya aparecidos en cuadernillos y plaquettes. Pocas de estas ediciones pueden clasificarse técnicamente como libros; lo que hace aún más meritorio tal reconocimiento.

Como bien destaca Gasca en su prefacio, el poeta fue amigo de los grandes sesentaiochistas de la malvada Albión: Roger McGough y Brian Patten quienes, junto a Adrian Henri, publicaran en 1967 el super vendido The mersey sound, biblia de la poesía pop del siglo anterior. Este vínculo y su profundo conocimiento de la poesía medieval y renacentista lo llevan a construir un escenario donde lo moderno y lo clásico son dos personajes que habrán de dialogar con irónica voz sobre los hechos cotidianos y su transcurso. Texto y escenario son uno solo. Por allí desfilan el Mio Cid, la Virgen María, el poeta Gonzalo Millán y Núñez de Bascuñán.

Por su parte Al revés de las cosas que en este mundo fenecen, edición a cargo del profesor e investigador Eddie Morales Piña –y con prólogo de Fernando Moreno Turner- reúne poco más de sesenta poemas con similar origen a los textos de la edición venezolana. Del volumen emergen claramente los tópicos ya enunciados y los lugares míticos para el autor. Valparaíso y el paisaje urbano inglés, con personajes y costumbres, se cruzan en un ensamblaje muy particular. En el texto «Canto de Canterbury» nos cuenta: «Hubo una vez en el cerro Cordillera,/ cerca de la subida del Castillo,/ antes de las grandes guerras,/ tres jóvenes que llegaron de Flandes».

Y cerrando la serie aparece Arte de Marear. Esta tercera obra, presentada por Altazor en octubre de 2010, se destaca a primera vista por la elegancia de un trabajo cuidado, tal como Embry se merece. Aquí anuncia hechos, establece situaciones y relaciones semánticas a partir de la lectura inmediata del entorno, lo cual le permite establecer un una escenario muy propio. El poeta nada muestra de sí: más bien otorga al paisaje descrito el arte de dibujar a ese protagonista que anota apresuradamente.

Arte de marear repite el título de Antonio de Guevara publicado en Madrid, en 1539, sobre el oficio de la navegación y los curiosos monstruos avistados por naves y galeras desde la antigüedad. Las curiosidades corresponden a las del propio autor registradas durante su paso por extrañas geografías. Navegar es necesario; pero tal vez más importante y esencial para la literatura sea dejar ese registro a las próximas generaciones. Y esa es la tarea del poeta Embry. Tanto es así que al citar al catamarán de Siracusa –en el epígrafe- convoca también al oficio del vate. Guevara pudo haber observado esos enormes navíos que transportan automóviles fondeados en la bahía de Valparaíso. Y Embry dedica parte de su esfuerzo en ser comprendido por los lectores futuros. Por ello la elección del texto medieval  no es la mera búsqueda del tiempo pretérito, sino una proyección histórica, fuente de la tradición a continuar.

Existen también algunos textos con un mesurado acercamiento del hablante; son los menos. A pesar de intervenir en la anécdota en primera persona la acción es lejana, intencionadamente distante y de ningún modo posible de extraerle algún «desafortunado»  sentimiento de su parte. Al escribir sobre sí mismo prefiere la visión crítica y ajena: «Este don, don nadie que escribe/ -del siglo XIII al siglo XXI- / dice tener una/ familia muy distinguida,/ unos dicen que viene/ de Escocia, otros del/ puerto marítimo de Portsmouth».

Su proceso de creación queda aclarado por el texto «Se reconstruye una escena» donde el autor se muestra de manera tangencial: «Palabra por palabra/ este libro me está leyendo/ verso a verso/ me enreda en amores y desamores,/ en asuntos demasiado/ cargados, o de claridad/ o de misterio». No se trata de meros apuntes o de la descripción de momentos al pasar. Sus guiños o descubrimientos, como el hecho de poner el grito en el cielo a través de la lente del telescopio, encierran tropos (una fenomenal metonimia aquí) sólo permitidos a los mayores. Son treinta y ocho los poemas de este volumen de ochenta páginas impreso en un papel cálido que invita a su lectura. Su edición pertenece a Patricio González G. y el diseño estuvo a cargo de Javier Bórquez. La portada, a partir de Le Chateau des Pyrenees, de René Magritte, se interviene reemplazando el castillo sobre la roca por construcciones típicas de Valparaíso. Las siempre inteligentes y amenas palabras de Moltedo (quien firma solamente como E.M.G.) saluda su reaparición. «Es curioso -dice- como el más preciado material de exportación de nuestro país se ha llegado a producir en el exterior y regresa a casa a través de un golpe electrónico».

Publicado por Juan Cameron

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Eduardo Embry Morales

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