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El singular Marcelo Novoa

El género de la crónica, ese estadio entre el periodismo y la literatura, se presta para discurrir sobre diversas cuestiones pero, sobre todo, para contrabandear como alto oficio una serie de rumores, copuchas y otras sabrosas historias entre los deslenguados escritores. Herramienta de venganza e investigación, la crónica ha tenido en el país, de preferencia en su templado centro, un desarrollo notorio durante estos últimos años. Recuerdo, sin ir más lejos, el Álbum de flora y fauna, de Marcelo Novoa, editado por el Gobierno Regional de Valparaíso a comienzos de la década anterior. Con un estilo fino y peligroso, como debe ser el de un cronista, el volumen incluye una selección de artículos críticos publicados por El Mercurio local entre 1991 y 1995. Y de paso rescata nuestro aporte al discurso nacional.

En el capítulo Polaroids porteñas desde los 80s hasta hoy retrata a una veintena de escritores cuyos aportes son valiosos. Su escenario es también nacional y en él caben tanto los integrantes de La Mandrágora como Alfonso Alcalde, Eduardo Anguita o nuestro peculiar Manuel Astica Fuentes. Con su fuerte carga emotiva (aún cuando Novoa se postula como el perfecto posmo) trae a la memoria a singulares figuras de nuestras letras y avanza un paso más desde la mera referencia o anécdota. Al revisar estas (sabrosas) crónicas a casi una década de su publicación, bien podrían ser reeditadas y distribuidas gratuitamente para contribuir a la confusión general.

El Long Play de Novoa

«Inocencia, no puedo culparte,/ pues la memoria engaña al deseo/ y el cuerpo no imprime tal recuerdo./ Inocencia, tus palabras empañan el cristal/ donde aún nos reflejamos», dice Marcelo Novoa, y en este centro mismo del texto echa a rodar sobre la página una serie de claves de primera importancia para quienes nos urge solucionar esta cuestión de la existencia a través de las palabras. Memoria, recuerdo, cuerpo, deseo, culpa aparecen acá como los cinco sentidos que de tarde en tarde la vida misma nos entrega para reclamarnos una justificación. ¿Qué significado tendría, realmente, sin esas pulsaciones de la sangre y del espíritu moviéndonos el piso a cada instante?

Long play, o el largo juego de nuestros días -Lp en esta publicación- tiene como cada uno de nosotros un lado A y un lado B; una cara al mundo y otra que nos es propia; una muestra de bondad y otra de crueldad. No se trata solamente de una nueva edición. Veintidós años después el libro aumenta en tamaño e intensidad. La publicación de Trombo Azul aparece ampliada y corregida. El autor ha escrito entrelíneas por que el desarrollo de los hechos así se lo ha dictado. ¿Es una nueva creación, otra versión? Que aquello lo resuelvan los bibliófilos. Lo cierto es que en esta obra Novoa, agrega dos cuadernillos, Minorías (entretextos) originalmente de 1998, y Cuaderno de en descomposición, comenzado en 1992.

¿Qué representación simbólica tendrán estas partes? O más bien ¿Si somos un disco duro, metáfora de qué serán aquellas? Una podría corresponder a las anotaciones a pie de página; o a las correcciones; o a esas rayitas que de tanto insistir en nuestro girar sobre la tierra nos dejan, querámoslo o no, inutilizados, rayados en un rincón en el ángulo oscuro, como diría más de algún poeta.

Alvaro Bisama sindica la escritura de Marcelo Novoa -en la solapa de Arte Cortante, edición del año 2002- dentro de la estética de la derrota, del desesperanzador fin de siglo. Eso es absolutamente cierto; nadie podría dudar del desamparo del chileno informado, en este momento. Pero, para quienes nacimos en la primera mitad del siglo pasado y nos sobra juventud y testimonio, sabemos que la promoción de este autor -quien entró a los ochenta con 16 años y salió de aquellos como profesional- no tenía ninguna posibilidad de desarrollo en un país que por entonces no le pertenecía. Las descripciones hechas por Novoa al comenzar Lp responden al diario del muchacho que fuimos en épocas universitarias y que creyéndonos los reyes del mundo no teníamos opción en la repartija hecha por los badulaques: «locutor enloquecido ve desplomarse gran dirigible sobre Babel la Poesía: aterrado hijo de vecino presenciando truenos de gato en celo arriba de los Lateríos Libro Primero -sintetizador de voces, salí a buscar la mía».

Ya en la tierra, transitando por la ciudad imaginaria que se canta allí, la perspectiva no resulta para nada favorable. No habrá magia posible; ningún milagro será propicio: «Sépanlo bien los lectores, no se encamina, se baila en el mismo sombrero aplastado, se desgasta uno y sanseacabó, gato de Cheshire». Carroll no tendrá cabido entre nosotros, parece indicar; ya no es tiempo de metáforas. Y hay un Moltedo entre los surcos de ese disco.

La ciudad donde el estudiante despierta se va aclarando lentamente a los ojos del lector. Pero el paisaje am,anece intervenido por un discurso extraño: «Moscas ideográficas -dice el poeta- manchando todo desecho de realidad, un horizonte de vocablos nuevos hasta donde la vista alcanza (...) No debieran prosarte más, Valparaíso/ Rosa para envolver pescados y punto». La ciudad original, la Ítaca, está defitivamente sitiada, puesta en venta, destituida de sus valores y arrasada por el poder de los bárbaros. No puede entonces existir una visión optimista en este escenario.

Entretanto, en ese espacio de años que media entre una y otra publicación, se ha hecho necesario para el autor intervenir su propio texto con anotaciones marginales y necesarias correcciones. Sean estas últimas de cargo de los coleccionistas; pero cuanto el texto genera en la imaginación de su creador es válido también como fuente de escritura. Esta intervención se legitima porque la obra tendrá su carácter definitivo cuando la existencia de quien la hizo llegue a su fin. Eso sí, sin considerar la labor de copistas, censores, inevitables familiares y autorrefentes críticos entre otros invitados de piedra. Así lo manifiesta él mismo, literalmente (digo en mi literal interpretación) en Breve bestiario: «Su única sílaba inalcanzable para nuestros oídos./ Supongamos que nunca presenciaron códice alguno,/ obstinadas en su marginalia. Rebelándose aún a la fábula de/ las pájaras. Brillan. Su ausencia ilumina La Partida».

Un mapa estelar de la ciencia ficción

Treinta y seis autores nacionales recoge la recopilación que entregara Marcelo Novoa el año 2006. En un acto celebrado el 21 de abril en la Escuela de Arquitectura local, sede del Paseo Atkinson, tuvo lugar la presentación a cargo Ennio Moltedo.

Novoa es profesor en la Universidad de Valparaíso. Años de ejercicio en la literatura lo han estatuido como uno de los más altos referentes del oficio en esta singular provincia, un crítico bastante serio y un investigador de notable influencia entre los más jóvenes.

En su extensa introducción -»La CF en Chile, una puerta tapiada»- Novoa da cuenta del género a través de su historia. Desde la Historia Verdadera, de Luciano de Samosata, en el siglo segundo de nuestra era, hasta Julio Verne y H. G. Wells, para luego llegar a los clásicos Asimov, Bradbury, Clarke y otros, nos entrega una serie de nombres que, para los profanos en el género nos parecen extraídos de alguna moderna mitología.

La recopilación en el país queda circunscrita a cuatro etapas que propone: una supuesta edad de oro, entre 1930 y 1959, la de los continuadores invisibles, entre 1960 y 1979, la edad dura, entre 1980 y 1999, y por último «the next generation», del año 2000 en adelante. Cada una tiene sus propios héroes y medios de expresión. Pero la historia antecede a estos cultores. Ya en 1875 el inglés Benjamín Tallman edita en Valparaíso «¡Una visión del porvenir! O el espejo del mundo en el año 1975» y, con anterioridad a éste, el chileno Juan Egaña editaba en Londres, en 1829, sus «Ocios Filosóficos y Poéticos en la Quinta de las Delicias», piezas paleolíticas del género anticipatorio nacional. Con todo, la sabrosa historia narrada aquí informa y entretiene al tiempo de convocar al lector a un estudio más acucioso del tema.

La recopilación da cuenta, a pesar del ánimo del investigador, de un oficio no practicado en todo en el país. Por un lado encontramos autores dedicados al tema, tal el caso de Hugo Correa,. También existen narradores que de cierta manera han escrito cuentos o novelas cuyos elementos -la anticipación, la tecnología, la ficción futurista- los designan dentro de esta categoría. A pesar de ello, son las promociones más recientes las que dan fuerza y vigor al género de anticipación. La aparición de la red informática, el barroco aparataje técnico al alcance individual, el lenguaje usual de los medios más populares y la instauración de la página virtual en distintas instancias -desde la «página web» al «blog»- conforman un territorio iniciático y fértil para los más jóvenes cultores. Y aunque la explicación parezca manida, las promociones más recientes, expulsadas de la república por la barbarie económica institucional, se refugia en un lenguaje secreto al que no accede la mayoría de los lectores formales.

Valga destacar entonces los nombres más importantes del género. Por un lado está Hugo Correa (Curepto, 1926), novelista, cuentista y periodista y, alguna vez servidor de la dictadura, sin duda nuestro mayor exponente, con publicaciones en revista especialísimas (recomendado incluso por Bradbury) y vastamente traducido, con sus novelas «Los altísimos» (1959), «El que merodea la lluvia» (1962), «Los ojos del diablo» (1972) y «La corriente sumergida» (1993) entre muchas otras publicaciones; se trata de un verdadero maestro en el género. En el extremo opuesto puede citarse (además de otros, agréguese) a Sergio Meier Frei (Quillota, 1965 - 2009) autor de «El color de la Amatista» (1986) y «La Segunda Enciclopedia de Tlön» (2006); y a Jorge Baradit (Valparaíso, 1969), quien publicara la celebrada novela «Ygdrasil» (2005).

Muchos otros nombres reúne la recopilación de Novoa. Los de Alberto Edwards, Juan Emar, Jacobo Danke, Elena Aldunate y Diego Muñoz Valenzuela ilustran una larga e interesante lista. Desde luego se trata de un estudio cuya difusión merece recomendarse.

Dada la importancia del trabajo no deja de sorprender el enterarse -por conversaciones de pasillo- que la universidad carezca de fondos para publicar la obra de uno de los suyos. La mezquina política induce a la entropía y a la molesta autocomplacencia. Los proyectos por convertir a Valparaíso en un exclusivo foco educacional y turístico, a través de un discurso dictado desde la capital -valga aquí la observación- han sido acogidos por éstas (tal vez) por mera ambición mercantilista. Resulta doloroso escuchar que el mismo recopilador ha financiado una edición cuyo crédito aparecerá, de seguro, en los catálogos de su casa matriz. Comentarios aparte, la actitud no es sino metáfora de una torpe política instaurada en Chile por el analfabetismo que nos domina (cambio y fuera).

Publicado por Juan Cameron

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