Juan Gelman
Juan Gelman sigue aún marcado por el exilio. El creador de esquemas, símbolos, representaciones y formas ya clásicas en el oficio continental, merece ya el más alto reconocimiento a su obra literaria.
Ternura, ese es el motivo para señalar y leer la obra de Juan Gelman. A medio siglo de la aparición de Violín y otras cuestiones, sus textos siguen resonando y han quedado en la memoria colectiva, sin lugar a dudas. Le siguen El juego en que andamos, Velorio del solo y Gotán. De este último han quedado para siempre el texto que lleva su nombre («Esa mujer se parecía a la palabra nunca»// «Atención atención yo gritaba atención») y Anclao en París, trabajo en el cual cuenta de su amistad con el viejo león del Zoo. Un tipo mentiroso y farsante, un chantapufi, pero con el corazón gigante del desterrado: «Lo extraño mucho verdaderamente,/ sus ojos se llenaban a veces de desierto/ pero sabía callar como un hermano/ cuando emocionado, emocionado,/ yo le hablaba de Carlitos Gardel».
Cada poema de Gelman, al menos los sabiamente elegidos por Horacio Salas (Antología poética, Poetas argentinos contemporáneos/ Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 1998), es una inyección de euforia y de placer estético. Si bien comparte con Nicanor Parra el mérito de ser un hito y un foco de influencia en su país, y el de ubicar su nombre en la historia literaria americana, su profundo sentimiento y humanidad lo acercan más a Jorge Teillier o a Efraín Barquero, en la poesía chilena del presente.
Tal sentido nace de la elección temática y el ritmo preciso del verso utilizado. Las connotaciones, a las cuales invita, mantienen una lectura inmediata en la historia reciente, que es nuestra y vibra con la memoria. Mi Buenos Aires querido resume estas características: «Ni a irse ni a quedarse,/ a resistir,/ aunque es seguro/ que habrá más penas y olvido».
Continúa su obra con Cólera buey, Los poemas de Sidney West, Fábulas y Relaciones. Es en esta etapa donde la marca de Gelman comienza a aparecer en otras voces más jóvenes, como lo son las del mismo Salas, Juanita Bignozzi o Alberto Szpunberg. Un giro más intelectual, propio de la poesía capitalina, se hace evidente y su ritmo toma ahora una condición casi estructural.
Varias de las intervenciones al texto se hacen evidentes; frases intercaladas, juegos casi algebraicos de paréntesis, usuales interrogaciones o cierto alejamiento de la puntuación intervienen su escritura. De esta manera el contenido cobra una doble significación y entrega, al mismo tiempo, la sensación de estar analizando cada proposición sobre la misma página.
Este ciclo bien podría cerrarse con la antología Obra poética. La tragedia continental y argentina, la debacle de las democracias y el establecimiento de la barbarie hace mella en su piel. El poeta aparece por Europa con una escritura más simple, directa, la cual inquiere por su existencia. ¿Qué escribir, entonces? En Arte poética sostiene: «mañana en tu calor/sonará /como un tiro en la frente del compañero muerto ayer/ y en lo que todavía habrá que morir y nacer/ como un martillo». En tal escritura aparecen sus volúmenes Si dulcemente, Citas y comentarios y Exilio (junto a Eduardo Bayer).
«Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias. Extraño la callecita donde mataron a mi perro, y estoy pegado al empedrado con sangre...», dice en 1980.
Pero tantas vidas no pueden en un solo cuerpo y, homenajeando a su manera a Fernando Pessoa, aparecen Los poemas de José Galván y Los poemas de Julio Grecco en Hacia el sur. Pero aquí no se trata de meros heterónimos, sino de caídos, el uno desaparecido y el otro muerto en combate.
Sus voces se repiten y multiplican; la visión hacia el lar se carga de nostalgia y de rabia y de amor. Aquí retoma en parte los recursos narrativos que ya conociéramos en Los poemas de Sidney West y otros trabajos; pero toca todos los temas posibles de tocar con una mirada inevitable y política. Ya se interrogó sobre la derrota, ahora lo hace sobre la vida misma y sobre la condena de vivirla en medio de la estupidez y la estulticia.
En su más reciente etapa, Juan Gelman, da fe de cuanto ha logrado a través de su obra. Con una aparente dulzura logra representar, en el estricto plano del lenguaje, la dolosa y dura realidad que nos ha tocado vivir. Representa por cierto, en su escritura, el registro del entorno -tiempo y espacio tutelares- a que está obligado cada poeta. Y lo hace con maestría. Pertenecen a estas décadas Com/posiciones, Interrupciones II, Interrupciones, Anunciaciones, Carta a mi madre, Salarios del impío, Dibaxu e Incompletamente.
Como coda a toda una vida de escritura y humanismo queda el mensaje general de su obra. Representa al ciudadano común de una época y de un territorio determinados y lo hace universal. Con plena conciencia del fenómeno lingüístico, Gelman, se pasea por todos los rincones del idioma y lo enaltece. Es, en definitiva, el poeta de lengua española, además de americano, con el mayor mérito, en este momento, para acceder a los próximos e inmediatos reconocimientos en la literatura universal. Ello puede afirmarse con objetividad, con su obra como fundamento.
Juan Gelman nació en Villa Crespo el 3 de mayo de 1930. Era hijo de inmigrantes ucranianos y el único argentino de la familia. En 1975 abandona su país, luego de labores políticas de alta dirección y, al año siguiente, son secuestrados y asesinados su hijo, Marcelo Ariel, y la esposa de éste, María Claudia Iruretagoyena, quien dio a luz en prisión. Regresa a Argentina en 1988 y, en 1997, le es concedido el Premio Nacional de Poesía. Pero todo continúa como entonces. Amenazado por antiguas causas políticas reside en México y en Estados Unidos. Tanto amor no es suficiente para su reconocimiento definitivo.
Una completa antología de la obra del poeta argentino Juan Gelman aparece en las vidrieras de las librerías locales después de una larga ausencia editorial. de palabra, con una presentación de Julio Cortázar, fue publicado por primera vez en 1994 y reeditado en España en los años recientes. Reúne una buena selección de la obra gelmaniana a partir de Relaciones.
Desprenderse de la imagen del perseguido y del mítico rastreador de la verdad, resulta un tanto difícil en el caso de Juan Gelman. Ver al poeta, escucharlo y admirarlo -a pesar de su inmensa humanidad- resulta un ejercicio de lectura y una difícil prueba de oficio. Porque la obra de Gelman ocupa territorios precisos y con una gramática muy propia que ahora podemos observar, a más de treinta años de la infamia, con cierta relativa capacidad de análisis.
de palabra -con minúsculas- su obra reunida en la Colección Visor de Poesía rescata poemas escritos entre 1971 y 1973 (publicados por La Rosa Blindada el 73) hasta Carta a mi madre aparecida en 1989, en su primer regreso a Buenos Aires.
Para quienes, en estos frágiles mercados, han seguido al poeta, la anterior antología al alcance del consumidor fue la publicada en la Colección Poetas argentinos contemporáneos, Nº16, que entregara en Fondo Nacional de las Artes en 1997. Esta recoge textos iniciales y hasta Anunciaciones. Digamos entonces que de palabra aporta con algunas obras posteriores y con una mayor cantidad de textos. Pero es la primera la que nos proporciona una visión más general de su poesía.
Es curioso que el poeta no haya hecho incluir una selección de sus primeras ediciones. Gotán, Anclao en París, Mi Buenos Aires querido, así como algunos fragmentos formidables de Los poemas de Sidney West, se echan de menos en esta selección de 630 páginas (y casi 40 dólares) que convence al más miserable de sus lectores.
Desde aquella lejana época, en que Gelman marca su presencia en la poesía argentina y continental, varios son los libros que señalan una clara etapa en su desarrollo. En esta extensa bibliografía la integran
Com-posiciones, ya comentado en otra época, aporta textos atribuidos a viejos poetas supuestamente olvidados en las bibliotecas de la modernidad: Salomón Ibn Gabirol, Eliezer Ben Jonon, Ezequiel o algún escriba de los rollos del Mar Muerto. Una buena cantidad de éstos son poemas de amor y desamor trazados con cierta lúbrica y bien lograda ingenuidad que el poeta disfruta tanto como su lector.
Y aunque a Gelman, como a cualquier autor, le molestan las observaciones sobre sus más notorias influencias (los profesores de poesía/ (...) la acostaron sobre la mesa/ (...) le hundían cuchillitos/ aquí/ allí (...) a todo esto/ la poesía/ (...) desatollóse/ desencebollóse/ laureóse/ echóse a andar) dice en Eso. Y la sombra de Vallejo pena tanto como homenaje cuanto a sonoro recuerdo. Véase por ejemplo, en Lluvia: hoy llueve mucho, mucho,/ y pareciera que están lavando el mundo./ mi vecino de al lado mira la lluvia/ y piensa escribir una carta de amor.
Anunciaciones, que entrega los poemas escritos hace ya veinte años en París, aparece a finales de los 80s por Visor, en España. Aun cuando allí se percibe con mayor fuerza la utilización de técnicas de vanguardia y otras modernistas (ese Cholo inmanente), el poeta no puede enajenarse de aquella ternura innata que tan bien se expresaba en sus primeras obras. Poeta de la bondad del amor -en el mejor sentido del término y eludiendo todo lugar común- la vitalidad de Juan Gelman aflora cada cierto espacio: y cada vez que paso por la rue des arts (...) veo a ana en el campito detrás del paredón/ (...) con sus ojos llenos de abril/ de amistades furiosas/ de color avellana violeta/ (...) ojos llenos de peces/ algunos arden como soles/ otros llueven/ esos ojos (...) parecían dos árboles recién talados y tibios de pajaritos. Los elementos urbanos, ese “yo lleno de gente” que anunciara en alguna vieja entrevista, se confunden en lo más conocido de la imagen patria como en un salón de barrio: pasaban tangos de gardel y toros ya suavísimos/ (...) tus piernas ardían al lado de los ángeles (...) y volaban cenizas del secreto quemado.
En Carta a mi madre, fechada en Ginebra y París entre 1984 y 1987, desarrolla un extenso y poderoso Réquiem, un “Kaddish” más bien, destinado a rescatar la figura de Paulina Burichson, esa ucraniana que lo condujo al mundo y al buen gusto y, en cierta medida, a las letras: ¿por eso escribo versos?/ para volver (...) al vientre donde toda palabra va a nacer?/ ¿por (...) hilo tenue?/ ¿la poesía es simulacro de vos? Gelman es el único argentino de la familia. Su padre, José, y sus hermanos Boris y Teodora (a quien dedica este poema) han nacido en la vieja Europa.
Una buena recopilación que nos enfrenta a un poeta mayor del lenguaje es esta de palabra. Su aparición coincidía con el Premio Iberoamericano Pablo Neruda que el año 2005 se le otorgaba en Chile. Y con el Reina Sofía, que se le entregara pocos meses después.
Publicado por
Juan Cameron
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