Juan Manuel Roca
Desde hace unas pocas décadas comenzó a instalarse en la memoria colectiva el nombre del poeta colombiano Juan Manuel Roca. Hace quince años atrás sosteníamos que la acción de unas pocas revistas literarias, y los comentarios de otros autores, habían logrado atravesar ese valle de silencio, dentro de nuestra América, a que nos han ya acostumbrado las editoriales, los editores y la política imperante. Hoy, por la obra momentánea del mundo virtual, el fenómeno del anonimato ha tomado otro giro. Los viajes, los encuentros internacionales de poesía, nos han introducido en la extensa y valiosa poesía colombiano de la que, hoy por hoy, es Roca uno de sus más claros representantes.
Una revisión somera de sus trabajos lo ubican dentro de esa gran área de la poesía urbana. El autor no puede sustraerse a su entorno -pasado y presencia y esperanza a la vez- y estas circunstancias lo marcan e inducen en su escritura. La trágica Colombia del cambio de milenio, violenta en su clima y humanidad, le informan sobre la necesidad de hablar, de decir o delatar simplemente la realidad impuesta por el hombre: "Cada palabra: un pájaro tocado por la muerte en pleno vuelo./ Alguien llega./ Pienso que vienen por mis manos".
Su poética es Arte de tiempo; pero no solamente el fluir filosófico de éste, sino también recuerdo y nostalgia e ira cuando así se requiere. El texto lo retrata: "El tiempo permanece atrapado/ entre los libros.// Por este prodigio de aprehensión,/ Heráclito sigue bañándose/ en el mismo río,/ en la misma página.// Tú seguirás para siempre/ desnuda en mi poema".
De este modo los grandes temas quedan personalizados por su voz y devueltos a la tribu. Su voz es voz de juego, de goce permanente, de salto semántico y de pícara mirada: "Si alguien encontrara/ una aguja en el pajar/ podría morir la costurera,/ la que pasa todos los días/ pendiente/ de un hilo" (y aquí, además, el lector curioso percibirá que la palabra pendiente, al igual que un aro -imagen femenina- cuelga aislada de su propio texto). En ello Juan Manuel Roca es muy colombiano -pero no costeño- y gusta contar anécdotas y frases absurdas con una comicidad casi muy seria.
Ya conocemos, por otras citas, el hermoso texto "Días como agujas": "Estoy tan solo, amor, que a mi cuarto/ sólo sube, peldaño tras peldaño/ la vieja escalera que traquea". En éste, el truco retórico de enredar la forma y el contenido -y confundir sus cualidades- es impecable. Esta suerte de metonimia, pero que juega a nivel de puro concepto, la habíamos antes encontrado, dentro de la poesía del continente, en Floridor Pérez. Decía el chileno, en "Años después": "La mesa puesta espera a los amigos/ que nunca regresaron". Este tropos lo habremos de hallar nuevamente en muchos autores de las últimas promociones.
Similares juegos de sombras se repiten a través de toda la obra del colombiano. No se trata de un pasado determinante en la conducta del poeta, como en el caso de los láricos. Roca está más cerca del creacionismo virtual (el adjetivo se agrega para recalcar su extrema modernidad) como pocos vates lo están en nuestro continente; pienso en Jorge Boccanera, Antonio Cisneros, Marco Antonio Campos, Alberto Szpunberg entre algunos nombres al azar.
Hablando de sí mismo, pero de su cuerpo, afirma: "Si no lo arrojo desde la terraza es porque no quiero darle el gusto de saltar conmigo al vacío, conmigo y la sombra que llevo pegada a mi destino". Pero tal determinismo lo ha de salvar -al menos en nuestras principales letras- a pesar de su hartazgo, y hará "que cambie el oro de mis días por migajas de milagro". Milagro debe entenderse acá como magia, como descubrimiento e iluminación.
En esta relación de forma y significado, Roca intenta establecer principios de arquitectura bastante reglamentados. El curioso lector descubre el ellos un plan -no digamos previo, pero sí una suerte de guión- para el desarrollo de "la idea". Esta idea original (que en verdad en la creación artística la da el ritmo) se eleva como un basamento para ser encadenada después por los distintos planos de unión, ya sea gramaticales o semánticos. Toda la caja -o el papel intervenido en su superficie por el poema- tiene un tejido de correspondencia, un entramado evidente en su lectura. En el texto "Noche y día", cuyo leitmotif es el tiempo cíclico y su enfierradura el destino, lo dialéctico, se representa como "un viejo dragón que se muerde la cola". Pero la aplicación de este plano sobre la realidad calza con Colombia, con su país, con la situación específica: la guerra civil como amenaza de muerte; porque "en él/ la guerra viene después de la posguerra, eternamente". Aunque, en el caso de Juan Manuel Roca, lo importante no es lo dicho, sino el texto como tal en su representación y en su lectura.
Publicado por
Juan Cameron