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La poeta Elvira Hernández

Recuerdo a Elvira Hernández en Malmö un mediodía de 1988. No sé cómo llegó a esos lares; pero venía de Estocolmo con trabajo de chofer y conducía a una familia hacia los canales de Holanda. Me reconoció «caminando con paso chileno por Ronnebygatan, una mañana lluviosa y veraniega», tal como me escribe en su dedicatoria de ¡Arre! Halley ¡Arre! Recuerdo esa mañana. La esperaba por varias razones, o por una mezcla de ellas. Sabía que andaba por Uppsala, en casa de un hermano, y que bajaría a Europa. Tenía ganas de hablar en chileno, con la poeta y tenía ganas, también, de atravesar esa tarde con ella en ferry a Cohenhague a tomarnos unas buenas cervezas; quería, en verdad, que me acompañara a emborracharme. La situación en casa era insostenible; mi mujer regresaba a Chile, se me esparcía entre los dedos y yo, en verdad, estaba desolado. Pero Elvira tal vez no entendió aquello o lo interpretó como un coqueteo de mi parte. En verdad yo buscaba a la amiga; en fin, son historias pasadas, por suerte.

La he escuchado y admirado después en una caleta, en Cartagena, leyendo para los pescadores y para la televisión; o junto a Gonzalo Rojas y José Ángel Cuevas en La Sebastiana, en Valparaíso, en algún obvio homenaje a don Neruda. En esa misma casa la ví en el verano reciente mientras grababa una entrevista en el Taller de Poesía de Sergio Muñoz. Decía verdades inmensas, del porte de un trasatlántico, con una calma casi silenciosa y letra muy pequeña. Antes leyó en el patio y su lectura no me había gustado. Me pareció forzada, como si acaso se hubiera puesto de pronto intelectual, Pero es un problema de su lectura, nada más. Leerla es otra cosa. Porque siempre la encuentro con esa voz de pájaro y esa figura frágil que pareciera quebrarse a medio camino. Pero no es sino un espejismo. Sus balbuceos esconden el vozarrón del texto y una estructura sólida como pocas. Sin embargo, callada en su actitud hacia el gran mundo, pareciera no importarle ser conocida en este país de show y vanidades. «No tiene transbordos intelectuales. No le interesa la cultura, le interesa la luz» se define en Santiago Waria.

No se trata de una reafirmación individual, al menos en cuanto al discurso propuesto. En esta última producción hay una queja constante contra el establecimiento de lo gris en un territorio que le es propio y se le niega. Waria significa lugar, poblado, en mapudungún. En ese espacio se ubica a sí misma como una habitante más sometida a la ocupación. Todos los territorios les han sido ocupados, incluso el del lenguaje. «Anda sola/ mira para atrás/ sólo tú quedas/ en el camino» anuncia en un primer texto culminará luego con un «anda sola, Teresa vieja».

En tal afirmación se esconde un acróstico, astv, similar al término griego astu, equivalente a la urbs romana. Así nos lo señala en el epígrafe para identificarse con la tierra de su permanencia. Por otro lado refleja su viejo nombre, el de Teresa Adriasola, con el que firmara sus primeras publicaciones y una recolección de poesía chilena, para destacar ese posicionamiento.

El título del libro indica las fechas 1541 - 1991, referidas a la fundación de Santiago y a la escritura del mismo Es «un sujeto perteneciente a la historia de Chile la ‘autora’ de estos textos» interpreta Jorge Guzmán en el prólogo; y ve en ello la aparición de «un manejo del lebnguaje que tiene valor por sí mismo». Tal procedimiento se hace necesario ante aquel suelo birlado por el poder y la estupidez. Deberá en consecuencia reconstruirse como cada molécula social, para recuperar tanto espacio perdido. Para Raquel Olea este personaje se «explicita así como (la) hablante desprotegida de orígenes perdidos, sin padre, abrumada por una referencia espacial, idiomática, genealógica que no le sirve porque en su condensada red de influencias, no le otorga ninguna identidad».

Si aquí la poeta busca sus orígenes, en sus anteriores producciones, ¡Arre! Halley ¡Arre! y Carta de viaje, va tras el paradero de los idos. En uno el territorio es la tierra, en el otro el espacio, como puede serlo alguien en su plaqueta de 1987, o el tiempo, en la otra entrega. «Vengo del País del Reloj de Flores, de Tres y Cuatro/ Alamos. Vengo de vuelta del ‘Fausto’ y he buscado todos/ estos años a Juan Alacalufe Desaparecido» declama en uno. «Entonces tú das media vuelta, te vas desapareces/ Desaparecemos/ el pueblo pasará una y otra vez por las páginas de tus libros/ tu profesión injusta» reclama en otro.

Esta migración constante por los campos del significado evidencia su estructura ideológica y hace patente su «amor por Chile» o su «dolor por Chile», como diría Zurita, toda vez que los términos usados se insertan en el código local del español chileno de la capital. Dicho de otro modo, los segmentos de significación que nos salpican los medios de comunicación masivos, la publicidad y la propaganda embotan a la masa; pero iluminan a la poeta y despiertan su sensibilidad en tanto su trabajo consiste en rescatar el verdadero e íntimo estrato del término. «La Bandera de Chile está tendida entre 2 edificios/ se infla su tela como una barriga ulcerada -cae como teta vieja-/ como una carpa de circo» acusa.

Hace poco entregó Cuaderno de deportes. No hay búsqueda allí; para ella la Ética se ha perdido definitivamente. Utiliza una estructura donde aparecen como claves la denotación de varias disciplinas, el lugar común connotado en ese léxico, el habla (nuevamente) chilena santiaguina y de tal modo describe, con singular mordacidad e ironía, la estupidez del medio. Se trata de su propio entorno, ese que la conduce desde la plataforma literaria hasta el núcleo de lo social o de la calle. Todo se yuxtapone; pero al mismo tiempo todo va cruzado en banderola por la idiotez generalizada, por la pérdida de sodio y de potasio en nuestro otrora prestigiado y auto valorado cerebro tan chileno. Su crítica alcanza al que llega, al que se inicia o al que se repite; porque cada uno a su modo emula algo sobre este falso coliseo, sobre la arena de la vanidad más ordinaria; se trata del deporte nacional.

Publicado por Juan Cameron

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