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La siesta del poeta

Quisiera que vinieran a almorzar a mi casa.

Como fórmula, nada original. Pero la invitación conlleva connotaciones precisas que, en alguien que escribiera: por las ventanas de esta casa entra el tiempo, por las puertas sale el espacio, se deben medir, sopesar…y abandonarse a un quizás que talvez no ocurra nunca.

Y nunca ocurría, mientras Ella y yo oscilábamos de la universidad al trabajo hasta la cita puntual con el atardecer, con el poeta y con nosotros mismos.

Charlas de cortados y agua mineral, la figura soldada a esa silla que, fuera la hora que fuera, siempre estaba allí, hierática, ajena a todo, pendiente solo de lo que le interesaba, es decir, de todo, contemplado desde la mirada invisible tras los párpados entornado. La catedral de libros a en una esquina de la mesa, no importaba que fueran robados y ya tuvieran destinatario. Los poetas también comen y, si no lo hacen, su mujer y su hija sí. Ese era el gran secreto de media ciudad y su tesoro. El hombre superando a la leyenda, una leyenda de hippies desatados y el poeta (antes se supiera) -el de los Objetos hechos con restos de naufragios y versos mimeografiados- su líder.

Pero eso fue aun más antes, cuando su padre era rico y él manejaba, adolescente aun, una de las primeras Vespas que llegaran a la ciudad a la saga de los films del post-neorrealismo, imágenes que necesitaba vender una Italia alegre y despreocupada, de espaldas a los escombros físicos y morales de la guerra, apoyada en el rentable legado histórico y la belleza gigoló de sus jóvenes lazzaroni.

Pasada la novedad, volvió a sus motos con las que se pichuleaba a los pacos en agotadoras persecuciones donde siempre la autoridad llevaba la peor parte …hasta que lo agarraban y lo zurcían a palos. Entonces su poderoso padre acudía en su rescate y -siempre según la leyenda- de inmediato volvía a las andadas. Hasta que una vez el estrellado fue él quedando a pasos de la muerte. Una lámina de platino en la nuca, convenientemente oculta por una melena sospechosa en una época de jóvenes rebeldes con gomina en el pelo y corte a lo James Dean, era el resultado, aunque nadie podía decir que la hubiera visto y nadie osara preguntarle. Su fama de matón peligroso lo precedía donde quiera que fuese. El Loco Martínez…

Un día la debacle, la familia obligada a refugiarse entre los escombros de sus pasadas glorias, la avara solidaridad de antiguos amigos ayudándolos con restos de respeto, menguante compasión y mucho de escapismo.

Quizás entonces fue que afloró su vena de poeta. Se vio obligado a abandonar su Valparaíso natal para irse a la frívola Viña del Mar, separada del Puerto por una escuela industrial y un abismo de incomprensiones. Resentido del cambio, pocas veces volvió, siempre en incursiones de sonámbulo en busca de sus iguales, aterrizando en los aires avinagrados de los bares de otro siglo, reliquias varadas de lo que fue y manotean patéticos en el intento de seguir siendo. Desde entonces la calle de los encuentros y las mesas en la vereda del café de todos se convirtieron en su cuartel general. Allí comenzó su lenta desaparición.

En la guerra eterna de los Pablos, los Rokhianos y los Nerudianos libraban sus batallas a espaldas de los dos titanes, por cuenta propia y con lo que tuvieran a mano. Se comenzaba leyendo los versos de sus propias cosechas, luego, a medida que el vino se evaporaba en los vasos, los líricos, acto poético en pleno, declamaban recreando Elíseos repletos de dioses paganos con rostros mapuches y sortilegios pascuenses. Los ánimos se iban entibiando hasta rematar, inevitablemente, en la eterna pelea, con resultados aleatorios, según la correlación de fuerzas, la profundidad de sus borracheras y el fervor poético de los participantes. El aire del puerto contagiándolos con trifulcas de marineros.

Un día de chicha recién llegada de Curacaví y un Pajarito rebosante de fieles, el Parnaso en pleno se abocó, con la aplicación de las causas justas, a la torrencial libazón de tan selecto néctar para culminar en una cívica polémica sobre causas y efectos, efectividades y efectismos, versos recios y no tanto, militancia al día y anarquismo contumaz hasta que, posiblemente aburrido del siempre lo mismo, un apóstol en plan de redención lanza un definitivo ¡me cago en el Neruda ese, guatón pedante apuntalado en el Comité Central y en sus versos de maricón soterrado! Aprovechando la pausa suspendida en el asombro, un silencioso Juan Luis se escabulle en zancadas de duende hacia la calle...para volver con rostro contraído y un cargamento de bostas de caballo que se encarga de arrojar, con singular puntería, al hereje y sus cofrades. Fue el último acto de violencia que se le conociera. El Pajarito olió por semanas a establo.

Ahora acecha sentado en la mesa del Samoiedo. Rostro de moái y traje gris tirando a beige. Un ídolo azteca parriano, de líneas verticales, pómulos lisos que caen a plomo y la mirada agazapando los afectos tras un paraván de párpados orientales. Deben venir a casa un domingo de éstos…

Hoy he decidido cambiar la mesa-atalaya del Samoiedo por otra algo más íntima del café del Cine Club. La distancia precisa entre dos mundos que se apuntalan y complementan en los doscientos pasos de la intelectualidad viñamarina. Queda un par de horas para que Ella llegue y me aboco a la lectura post cátedra que me aleje del día académico. Pudo ser el Pato Donald de Dorfman, la recién adquirida Cándida Eréndira y su Guajira alucinante. No lo recuerdo. Me percato de una sombra con perfiles de Mornau que se interpone, sin quererlo, entre la luminaria que me sirve de apoyo logístico y el libro.

Un ¿puedo sentarme? apenas audible, que hace pensar en la voz de un alienígena comunicándose telepáticamente con los terrícolas. Frente a mí, mesa por medio, la figura, más amable que ominosa, solicitando permiso para hablar conmigo, supongo. Asiento en silencio, enmudecido por la sorpresa. Era la voz más alejada a la de un matón que pudiera imaginar. Y sonaba auténtica, sin falsa humildad. Una pregunta hecha con tanta naturalidad, que ni siquiera miré alrededor buscando el cerco ominoso de sus posibles compinches. Se sienta con calma y pide un café. Suelto un ¡yo invito! demasiado espontáneo. Luego, el silencio. Expectante de mi parte, plácido, de la suya. Con parsimonia instala su encomienda de libros y papeles sobre la mesa, hojea entre los manuscritos y extrae un par de hojas que me extiende. Me sentiría muy honrado si lo leyeras… Desconcertado, me sumerjo en la lectura con la devoción del compromiso para quedar atrapado en esa prosa y esos versos que me terminan por envolverme en una realidad ajena al entorno, mis problemas, su presencia, mis angustias, todo.

No me detengo hasta que la mano familiar de Ella se posa me suavemente sobre el hombro mientras contempla desconcertada a mi extraño acompañante. Lo conoce, quien no, pero nunca hubiera imaginado encontrarlo a mi lado, en plácida espera, con la actitud del que viaja en un ascensor que se ha ido vaciando. Maquinalmente le paso los folios: Léelos… por favor, y el ritual del ensimismamiento se repite, esta vez coronado por una mirada hecha de lágrimas humedeciendo la sonrisa.

Desde entonces la cita fue cotidiana.

Rutina diaria. La espero en la estación. El tren nunca se atrasa, ella sí y a menudo lo pierde. Caminamos hasta el café. Los amigos abriendo espacio a los recién llegados, Zurita, pocas veces, muy pocas, después, nunca más. Claudio Zamorano abarcando en su sonrisa todo el afecto del mundo antes de que Juan Cámeron y el exilio se apoderaran de sus versos. Y nosotros: Ella, musa orillando lo intangible, belleza lejana e inquietante azorando a hombres y mujeres con su mirada desprevenida. Yo, asombrado de la aceptación y aun sorprendido por esa amistad, la apaciguada leyenda que nos acoge bajo la sombra de unos escritos que nos da a leer de a poco, no por imponer misterios, sino porque así van saliendo (“este libro fue escrito en Viña del Mar entre los años 1968 y 1975”).

Un domingo de éstos quiero invitarlos a almorzar a mi casa…

Como el personaje de Durrell que se lamenta el no haber sido consciente de la grandeza del personaje con el que compartía el devenir cotidiano (cuando vi su busto junto al de Keats y Blake en la National Portrait Gallery me dieron ganas de darle una bofetada), de algún modo intuíamos su grandeza (ella y yo, y los demás, supongo), pero nuestro provincianismo salpicado de atisbos, gruesas pinceladas cosmopolitas llegados en la carena de los barcos, nos impedía expresar lo que realmente sentíamos…y la emoción, desconcertada pero real cuando nos leía nuevos hallazgos (El universo es el esfuerzo de un fantasma por convertirse en realidad).

El domingo próximo, ¿pueden? A mediodía, y me entrega un papel con su dirección. Lo guardo con aire clandestino. Había llegado a pensar que vivía en el Samoiedo y que los meseros lo apilaban junto con las sillas cuando el local cerraba sus puertas.

-¿Te invitó? ¡Si apenas tiene para comer!- Me espeta un pintor famoso por sus envidias y su hermosos collages. Nadie sabe bien donde vive, aunque suele vérsele escabulléndose por el camino a Con-Con. -Solo quiere impresionarte. Los va a dejar plantados…- (Con aire de malévolo regocijo). No le digo que tengo la dirección, de su puño y letra (que arrojé al mar apenas nos bajamos del autobús, frente a la casa. Lástima, ahora me permitiría rastrear sus huellas entre las rompientes).

Por fin la casa -debiera decir morada- Fachadas de grandes vanos, líneas limpias, volúmenes sólidos delatando su herencia corbusiana. La escalera de piedra invadida por la duna; los muros desbordados por las docas, asoman en vanas esperanzas de contención, vigilan la marcha peldaño arriba hasta llegar a una hermosa puerta de madera acosada por los temporales. Se sacude con cada ola que revienta en los roqueríos y cada vehículo que pasa. Una hermosa aldaba, como mascarón de proa, avisa nuestra llegada con retumbar de bronces. Luego de una larga espera, se abre la puerta, de inmediato, sin ruido de pasadores ni llaves girando en triples vueltas de seguridad, hoja que se desliza sobre la arena regada por el piso que cruje cuando le pasa por encima (Mornau viñamarino).

El rostro amable, la sonrisa hierática ¡vinieron!, como si le costara creer que hubiéramos cumplido nuestra palabra. Hondo silencio. Regocijo de su parte (ahora que lo pienso), tiempo suspendido que me permite apreciar los amplios espacios, bien resueltos, claros, con huellas de materiales de calidad que resisten valientemente el desguace. No hay puertas, solo vanos. A la izquierda el living, claro, luminoso, el gran ventanal, sin cristales, dejando pasar el sol de marzo que entra impune para alojarse en las desnudas paredes

En esa misma casa, detrás de esa misma ventana se baten todavía las cortinas que ya descolgamos)

Solo un sofá, cómodo a pesar del abuso, una silla al frente (donde él se sentaría apenas cumplidas las formalidades), una mesa descolorida con un par de libros equilibrándose en la esquina más lejana y uno de sus Objetos. Me detengo en él, caja con el frente de vidrio que pareciera puesto para proteger un conjunto de tubos de ensayo, pipetas y matraces, piezas de relojería; miniaturas a la Duchamp sobre un hermoso fondo de collages y dibujos. Todo, distribuido con la maestría de quien sabe de composición y el uso inteligente del reducido espacio que los contiene. No puedo disimular mi entusiasmo frente a la pieza, que pasara inadvertida para mí cuando la única galería de arte de la ciudad se arriesgó a exhibirlo junto a versos regados por las paredes. Es lo que quedó, el modesto orgullo apenas visible en los tonos apagados de su voz. No tuve el coraje de pedírselo.

Desde alguna parte llegan los ruidos de una cocina invisible, gente manipulando ollas y el canto de gallos detrás de la casa

¡Cuanto lamento no recordar lo hablado!, solo recuerdo su tono, su voz, ahora definitivamente poseída por sus escritos, sus pausas...

Como obedeciendo una señal misteriosa, se levanta y desaparece hacia los sonidos de la trascasa. Ella y yo nos sumergimos en el extraño espacio inundado de luz, sin marcos ni vidrios que entorpezcan la visión de ese mar que, fundido jal cielo, se yergue como una pared sólida frente a nosotros. Quisiera vivir aquí, pienso, olvidando los fríos de un invierno inminente que debe convertir los recintos sin ventanas, en la conconina versión del helado círculo del infierno donde se devoran los traidores.

Una gran presa de congrio frito -que debió costarle la mitad de un incunable- papitas duquesa, impecables en su mórbida pequeñez. En el delicado regusto se percibe apenas la huella de la mantequilla de campo. Cochayuyo en trocitos contrastando su café rojizo con el verde pálido de las escarolas. Croutons agregando texturas. Como indispensable compañía, el Tarapacá sauvignon-semillon llevado por nosotros y un Tocornal chilean-burgundy conseguido quien sabe dónde. De postre, helado de yogurt haciendo de coulisse a un soufflé de lúcuma con el inesperado detalle de la hermosa nuez destellando en la cima su laqueada esfera. El café será en el Samoiedo.

La larga tarde del verano va acortándose hasta volverse otoño. El yantar impone sus leyes que el vino subraya. Hace sueño. La mirada asiática se vuelve una sola línea mientras el viento comienza a colarse por las costuras. Hora de siestas tardías apelando a la costumbre. Cuando nos vamos, su sombra nos acompaña hasta la puerta. El poeta duerme.

Mi nombre, mi rostro, todo aquello que no me pertenece / lo doy como forraje al público insaciable, mi verdad la comparto con los míos.

Poeta silencioso, insistiendo en escabullirse, el deseo de desaparecer en el acto máximo del prestidigitador de versos. Juan Luis (tachado), Juan de Dios (también). Años más tarde, cuando solo la memoria de nosotros, su círculo interior, conservaba las sombras de su talante y sus escritos adquirían las dimensiones del mito, un crítico extranjero caería en la trampa de su anhelo y lo borraría de la faz de la tierra alojándolo en la mente afiebrada de Enrique Lihn como creación de nívola sudaca en un más que probable contubernio con el loco del Jodorowsky, ese con quien, probablemente, más de una vez se sentarían a poetizar en las ramas de los árboles que se les cruzaban en sus delirantes caminatas (Pero el Jodo se fue antes de todo esto y solo dejó el recuerdo de sus marchas en línea recta pasando por chalets donde amables dueñas de casa les abrían las puertas y los dejaban atravesar las habitaciones hasta salir por el patio posterior).

También el agua borrará tu nombre: El plumaje anónimo: su nombre tañedor de signos / Borroso en su designio. Borrándose al borde de la página...”

De esto hace ya muchos años y mucha distancia. El exilio de Cámeron fue mi exilio. Él volvió. Yo tampoco. Nuestro amigo común siguió en su atalaya combinando extrañamiento, miedos y poesía. La mujer que lo amaba mas allá de todas las renuncias y una hija que fue capaz de comprenderlo desde antes que sus pasos se volvieran costumbre lo acompañaron en el trabajoso andar de creador sin editorial.

Fui y me vine, no sin antes comprarle ese libro/objeto gestado a lo largo de tantas conversas y el último Objeto cuidadosamente guardado en su artesanal caja.

Es hora que me acuerde de él.

Me levanto de la silla, busco el libro con la mirada, no lo veo. Lo necesito por ese verso sin el cual no puedo poner fin a mi relato. Solo la joven madre sin marido que responda (y que viene a arreglar mi desorden establecido), ha visitado mi refugio. No lee, solo limpia y me cocina, debo admitir, con muy buena sazón. Busco. No lo encuentro. Entro en pánico. Recorro los rincones. Escarbo. No lo consigo. Y solo se imprimieron quinientos ejemplares numerados, de los cuales, el 169, creo, es el mío.

¡Diablo de Juan Luis! Se propuso desaparecer y lo está consiguiendo. A tal punto, que él mismo no lo sabe, pues, desde hace más de quince años, duerme su siesta, la larga siesta del poeta.

Caracas 24 de abril del 2009

Publicado por Jaime Bergamín

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Juan Luis Martínez

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