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Renán Ponce a veces balbucea

Renán Ponce a veces balbucea

Renán Ponce Vicencio nació en el valle central, al interior de esta región, como el cuarto hijo de una familia campesina. Su hermano mayor, relataba el poeta una tarde al recorrer el estero de su pueblo, solía esconderse de él, allí, entre arbustos y pedregosos bordes, broma que hacía caer al poeta en un profundo estado de abandono. Exequiel, como se llamaba, desapareció luego en la historia. 

Su figura ha ido adquiriendo relevancia luego de una tardía aparición en las letras. Antes ejerce diversos oficios, desde una temprana militancia en la Armada, la cual abandona por su absoluta incapacidad militar, hasta jubilado portuario. Fue farero, radiotelegrafista, guarda almacenes y mecánico tornero.

Ha obtenido algunas breves distinciones, esquivas para la finura expresiva y la calidez de sus versos; líneas con tintes láricos bastante definidos -la evocación y cierta nostalgia de algún perdido paraíso- que lo vinculan más a Efraín Barquero que a Jorge Teillier. Y una breve, medida, cuando no cauta ironía atraviesa estos versos.

Marcelo Novoa, refiriéndose a Sujeto Predicado, apunta algunas características: verso sencillo y hondo, honestidad, sabiduría, humanismo, discreción, esencialidad, en fin, “punto aparte de la poesía porteña”. Los poemas que allí figuran resaltan ese buen decir reiterado a través de sus ediciones. Ponce versifica en distintas métricas en torno a endecasílabos y su hablar cotidiano se enfrenta a un medio que lo desconoce en perjuicio del ente social: Algo dijo entonces que perdía alguien/ Que había una rotura en el espejo/ Un grave deterioro en las razones. El fenómeno responde a una torpe ceguera que el autor delata escondido tras una falsa humildad.

Pero en el país de los ciegos el verdadero condenado es el tuerto. La búsqueda de la trascendencia a través de algún talento específico es un empeño inútil y desacralizador: Escribí por oscuras razones de estado/ Entre otras cosas en busca de trabajo/ Para hallar consuelo por una antigua deuda/ Que me librara de tanto encierro miserable. Y, sin embargo, la continuidad en el oficio parece, en definitiva, ser la única solución. Es, como se ha dicho, la vida que nos tocó vivir; o más bien la tarea designada en este falso libre albedrío, para disfrute de los dioses: Yo soy el orgulloso, grano tal vez de un cultivo oscuro (...) molesto alfil de este juego sucio.

Pero no acepta, y no lo habrá de aceptar en tanto sea poeta, la ruindad espiritual. Está aquí para deconstruir la manida fórmula moral del poder. El eufemismo ha ido demasiado lejos y es hora de reorganizar las piezas sobre el tablero. Refiriéndose a la memoria, apunta sobre el tema: De alguna parte viene ese llamado/ A marcha forzada bajo el horizonte/ Golpea la vista con un albatros/ Hace señales incomprensibles,/ pide ayuda en antiguo lenguaje.

Desde luego es un sujeto y es un predicador. Es poeta; lo sabe y lo practica. Su palabra, en tanto código civil, le permite opinar y denunciar y, al mismo tiempo, recordar a sus pares cuál es el verdadero sentido de esta trayectoria. Aunque a veces se ríe de sí mismo: Anduve y anduve -ocho años al hilo-/ que se cortaba, /con un peso en las espaldas/ -llamado cesantía-,/ y yo firme con  mi Socialismo Utópico/ haciendo el ridículo.

Hay una voz de sabiduría en Renán Ponce y esa voz -que resuena en la memoria como repetido sonsonete- viene del campo y de la reflexión campesina, de ese estar solo frente al universo. La ciudad le ha dado el silencio y la amargura, condiciones también propicias para especular sobre el destino humano por medio de la poesía, esa desconocida/ que lo descubre todo.
Cuentos de poesía oculta

Un camino hacia la nueva sencillez propone Ponce en su más reciente producción. La búsqueda del simple reflejo de la totalidad, que se encuentra en las cosas, nos puede conducir a la raíz, al profundo espacio donde la verdad germina. Para ello, dice, debemos observar, poner en acción nuestros sentidos, pues aquel es el mecanismo que la naturaleza  en su proverbial sabiduría, nos ha proporcionado. Tal conocimiento, nombrado como belleza en el territorio de la poesía, está al alcance de la mano, pues la belleza es curva,/ ondulatoria (...) y de no ser así/ no entraría en nuestros ojos.

La inmediata comunicación entre espacio vital y cosmos persiste en cada una de las fibras del tejido universal, en lo permanente y eterno. Como dice el poeta, se encuentra con la sabia desmesura del cilantro. Para hallarla, debemos recurrir a las artes primarias, pues la poesía es una forma de iniciación. Desmesurado a veces y absoluto en la sentencia, su utopía no es otra sino la vieja cuestión entre el signo y el símbolo. 

Quienes ven a Ponce como un poeta ingenuo o simplemente intuitivo caen en su trampa. En sus Cuentos de poesía oculta, sólo para lisiados recurre a una actitud similar a la de los grandes cultores del género; la actitud del vate. Ubicado a mayor actualidad, el título refleja la inversión de las “Apariciones profanas”, de Óscar Hahn; o una respuesta más viable a la final determinación de Alejandra Pizarnik. Pero allí está.

Humano, más humano por cierto, en su intento pretende develar con la luz de la palabra el misterio general de la poesía y el secreto del signo; como ya se sabe, su fracaso ante lo real. Y aunque hombre, el cultor de estos versos se ubica un paso más allá al creerles a todos los signos cuanto nos dicen en verdad; aunque el juego de la verdad/ es no alcanzarla.

Trotando en los versos con cierta fingida parsimonia, Ponce, se presenta ante nosotros como alguien -uno más de la tribu- con ciertas “inquietudes ontológicas”, como un sujeto algo interesado por la filosofía, en especial la metafísica, perplejo frente a la inmensidad. Que el desconfiado lector tome sus palabras con el mismo escalpelo y descubra en ellas un orden más profundo y ancestral, es una sana recomendación. El poeta es un gran balbuceador; pero cuidado; balbuceo y risa significa carcajada.

Renán vive en una dirección y luego se esfuma de ella. Como habitante también es balbuceador. Si juntáramos las casas donde ha vivido con Axa, su poeta esposa, tendríamos una ciudad patrimonial. Cuanto los críticos literarios no saben es que el poeta Ponce, en verdad, se esconde de un fantasma, una sombra que lo ha perseguido durante años con sus versos y su ritmo cansino para dictarle cuanto ha escrito. Se trata de la figura de Santander, un lujurioso seductor que perseguía a la famosa tía aquella por los corredores de una casona en el Cerro Concepción. Santander, esta sombra germinada en la imaginación de esas tías eternas que uno tiene y va sumando a la literatura, le indicó escribir, allá por los recientes ochentas, y esto es cuanto ahora tenemos.

Renán Ponce Vicencio nació en Quebrada Alvarado, al interior de Limache. Ha publicado Cuando había menos luz (1981), Sol terrestre (1987 y 2003), Breviaturas (1991 y 2005), Cartas temporales (1993), Sujeto Predicado (1998) y  Cuentos de poesía oculta (sólo para lisiados) (2002). Después de años en Valparaíso, reside actualmente en Quillota junto a su esposa, la poeta Axa Lillo.

Renán Ponce Vicencio nació en el valle central, al interior de esta región, como el cuarto hijo de una familia campesina. Su hermano mayor, relataba el poeta una tarde al recorrer el estero de su pueblo, solía esconderse de él, allí, entre arbustos y pedregosos bordes, broma que hacía caer al poeta en un profundo estado de abandono. Exequiel, como se llamaba, desapareció luego en la historia.

Su figura ha ido adquiriendo relevancia luego de una tardía aparición en las letras. Antes ejerce diversos oficios, desde una temprana militancia en la Armada, la cual abandona por su absoluta incapacidad militar, hasta jubilado portuario. Fue farero, radiotelegrafista, guarda almacenes y mecánico tornero.

Ha obtenido algunas breves distinciones, esquivas para la finura expresiva y la calidez de sus versos; líneas con tintes láricos bastante definidos -la evocación y cierta nostalgia de algún perdido paraíso- que lo vinculan más a Efraín Barquero que a Jorge Teillier. Y una breve, medida, cuando no cauta ironía atraviesa estos versos.

Marcelo Novoa, refiriéndose a Sujeto Predicado, apunta algunas características: verso sencillo y hondo, honestidad, sabiduría, humanismo, discreción, esencialidad, en fin, “punto aparte de la poesía porteña”. Los poemas que allí figuran resaltan ese buen decir reiterado a través de sus ediciones. Ponce versifica en distintas métricas en torno a endecasílabos y su hablar cotidiano se enfrenta a un medio que lo desconoce en perjuicio del ente social: Algo dijo entonces que perdía alguien/ Que había una rotura en el espejo/ Un grave deterioro en las razones. El fenómeno responde a una torpe ceguera que el autor delata escondido tras una falsa humildad.

Pero en el país de los ciegos el verdadero condenado es el tuerto. La búsqueda de la trascendencia a través de algún talento específico es un empeño inútil y desacralizador: Escribí por oscuras razones de estado/ Entre otras cosas en busca de trabajo/ Para hallar consuelo por una antigua deuda/ Que me librara de tanto encierro miserable. Y, sin embargo, la continuidad en el oficio parece, en definitiva, ser la única solución. Es, como se ha dicho, la vida que nos tocó vivir; o más bien la tarea designada en este falso libre albedrío, para disfrute de los dioses: Yo soy el orgulloso, grano tal vez de un cultivo oscuro (...) molesto alfil de este juego sucio.

Pero no acepta, y no lo habrá de aceptar en tanto sea poeta, la ruindad espiritual. Está aquí para deconstruir la manida fórmula moral del poder. El eufemismo ha ido demasiado lejos y es hora de reorganizar las piezas sobre el tablero. Refiriéndose a la memoria, apunta sobre el tema: De alguna parte viene ese llamado/ A marcha forzada bajo el horizonte/ Golpea la vista con un albatros/ Hace señales incomprensibles,/ pide ayuda en antiguo lenguaje.

Desde luego es un sujeto y es un predicador. Es poeta; lo sabe y lo practica. Su palabra, en tanto código civil, le permite opinar y denunciar y, al mismo tiempo, recordar a sus pares cuál es el verdadero sentido de esta trayectoria. Aunque a veces se ríe de sí mismo: Anduve y anduve -ocho años al hilo-/ que se cortaba, /con un peso en las espaldas/ -llamado cesantía-,/ y yo firme con  mi Socialismo Utópico/ haciendo el ridículo.

Hay una voz de sabiduría en Renán Ponce y esa voz -que resuena en la memoria como repetido sonsonete- viene del campo y de la reflexión campesina, de ese estar solo frente al universo. La ciudad le ha dado el silencio y la amargura, condiciones también propicias para especular sobre el destino humano por medio de la poesía, esa desconocida/ que lo descubre todo.

Cuentos de poesía oculta

Un camino hacia la nueva sencillez propone Ponce en su más reciente producción. La búsqueda del simple reflejo de la totalidad, que se encuentra en las cosas, nos puede conducir a la raíz, al profundo espacio donde la verdad germina. Para ello, dice, debemos observar, poner en acción nuestros sentidos, pues aquel es el mecanismo que la naturaleza  en su proverbial sabiduría, nos ha proporcionado. Tal conocimiento, nombrado como belleza en el territorio de la poesía, está al alcance de la mano, pues la belleza es curva,/ ondulatoria (...) y de no ser así/ no entraría en nuestros ojos.

La inmediata comunicación entre espacio vital y cosmos persiste en cada una de las fibras del tejido universal, en lo permanente y eterno. Como dice el poeta, se encuentra con la sabia desmesura del cilantro. Para hallarla, debemos recurrir a las artes primarias, pues la poesía es una forma de iniciación. Desmesurado a veces y absoluto en la sentencia, su utopía no es otra sino la vieja cuestión entre el signo y el símbolo.

Quienes ven a Ponce como un poeta ingenuo o simplemente intuitivo caen en su trampa. En sus Cuentos de poesía oculta, sólo para lisiados recurre a una actitud similar a la de los grandes cultores del género; la actitud del vate. Ubicado a mayor actualidad, el título refleja la inversión de las “Apariciones profanas”, de Óscar Hahn; o una respuesta más viable a la final determinación de Alejandra Pizarnik. Pero allí está.

Humano, más humano por cierto, en su intento pretende develar con la luz de la palabra el misterio general de la poesía y el secreto del signo; como ya se sabe, su fracaso ante lo real. Y aunque hombre, el cultor de estos versos se ubica un paso más allá al creerles a todos los signos cuanto nos dicen en verdad; aunque el juego de la verdad/ es no alcanzarla.

Trotando en los versos con cierta fingida parsimonia, Ponce, se presenta ante nosotros como alguien -uno más de la tribu- con ciertas “inquietudes ontológicas”, como un sujeto algo interesado por la filosofía, en especial la metafísica, perplejo frente a la inmensidad. Que el desconfiado lector tome sus palabras con el mismo escalpelo y descubra en ellas un orden más profundo y ancestral, es una sana recomendación. El poeta es un gran balbuceador; pero cuidado; balbuceo y risa significa carcajada.

Renán vive en una dirección y luego se esfuma de ella. Como habitante también es balbuceador. Si juntáramos las casas donde ha vivido tendríamos una ciudad patrimonial. Cuanto los críticos literarios no saben es que el poeta Ponce, en verdad, se esconde de un fantasma, una sombra que lo ha perseguido durante años con sus versos y su ritmo cansino para dictarle cuanto ha escrito. Se trata de la figura de Santander, un lujurioso seductor que acosaba a la famosa tía de Axa, su fallecida esposa, por los corredores de una casona en el Cerro Concepción. Santander, esta sombra germinada en la imaginación de esas tías eternas que uno tiene y va sumando a la literatura, le indicó escribir, allá por los recientes ochentas, y esto es cuanto ahora tenemos.

Resume de biografía

Renán Ponce Vicencio nació en Quebrada Alvarado, al interior de Limache. Ha publicado Cuando había menos luz (1981), Sol terrestre (1987 y 2003), Breviaturas (1991 y 2005), Cartas temporales (1993), Sujeto Predicado (1998) y Cuentos de poesía oculta (sólo para lisiados) (2002).

Publicado por Juan Cameron

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