Tres viñetas para Ennio Moltedo
1
El pacto para Moltedo de representar, en los tiempos que corren, la vida cotidiana y los paseos del ciudadano, no reside en la moda ni en lo mórbido. Su pacto era más solitario -comienza en 1959 con Cuidadores y concluye el 2011 con Las Cosas Nuevas-, y provenía de la vibración que le causaba la lectura de lo que pasaba a su alrededor, en un mundo que se rehacía y destruía constantemente. Estando a ciento cuarenta kilómetros de la capital -que en nuestro país literario es una distancia abismante- Moltedo, sin quererlo, se encuentra en esa situación que Pliglia señala como literaturas secundarias -que desplazadas de las grandes corrientes tienen un manejo propio.
En este punto, podemos decir que Moltedo reconoce esa distancia, o mejor aun, es perfectamente conciente que esa distancia es lo que le permite mantener una férrea individualidad que repercute en la autonomía de sus poemas. No quiere parecerse a nadie. Se trata de alguien a quien le incomodan las grandes reuniones. Es como si su mecanismo de defensa lo protegiera de los lugares comunes que funcionan como una red de pesca, y cuya función es atrapar audiencias desprevenidas o ingenuas.
Me interesa el arte de Moltedo, no obstante, el hecho de haberlo conocido, y haber compilado la suma de su obra junto a Claudio Gaete, hace que sea un recorrido en que ambos ámbitos ( arte y vida), poseen una fuerza emocional propia y una especie de autonomía espontánea para mí.
Tal vez era el más frágil de los poetas de la ciudad-puerto. El que había alcanzado una sensibilidad mayor, el más fino. Sospecho que le desagradaría una popularidad mal entendida, o estar en boca de aquellos especialistas, o expertos, a los cuales les produce pavor cualquier gesto que pueda ubicarlos al mismo nivel de sus semejantes.
La suerte de Moltedo es, precisamente, no depender de ningún coro, ni estar sujeto a un profesionalismo basado en grados de elaboración hiperconciente. El desequilibrio esencial que requiere la poesía está ahí, a pesar que, cuyo fondo, puede ser despiadado o feroz. Creo que su inteligencia le hizo visualizar estas tristes condiciones de la notoriedad y en la práctica lo llevó a no buscar ventajas. Le molestaba la violenta luz de los reflectores.
En cualquier caso, no se trata de un hijo dócil de la ciudad. Ni de la poesía. Cuado todo indicaba que en el encabalgamiento del verso se jugaba la suerte de cualquier poeta, resuelve dejar todo eso completamente de lado y justificar aleatoriamente su corte de verso en el margen. Opta por una escritura que, despegándose del canto, o los estribillos ruidosos, problematiza su experiencia y cuestiona su capacidad de producir sentido. De este modo, coincidiendo con Gombrowicz, resuelve que es la disposición a leer poéticamente lo que constituye como poético a un texto.
De hecho, su lenguaje es seco, desnudo, y, al mismo tiempo, de un prosaísmo sumamente elaborado por la complejidad de lo que aborda y, por descarte, como lectores de su poesía, agradecemos que no nos haga guiños y permanezca fiel a su posibilidad.
A veces, el poeta, opta por dirigirse simultáneamente al lector, a sí mismo, o a algún personaje desconocidamente alegórico que resulta a medio camino de ambos, como es el caso del poema Destino en Playa de Invierno.
Este proceso, sobre todo en sus últimos libros, culminará, frente a todas esas figuras espectaculares de la pasividad, en una ética. Es decir, una ética en la cual el poeta se pondrá en la misma línea de esos otros escritores que en nuestro medio resultan, o resultaron, molestos para todo el mundo, como son los ejemplos de Armando Uribe y Carlos Droguett.
Recuerdo que al conocerlo, hace más de diez años, me llamó la atención ese hombre que bordeando los setenta persistiera asombrosamente en fracturarse, en quebrarse a sí mismo. Me refiero a su lenguaje. Un lenguaje al cual no cesaba de espolear, y sacudir como si se tratara de una toalla de playa que había que agitar constantemente para quitarle la sal. Cualquier clase de arrogancia, o autocomplacencia, lo afectaba.
2
Constantino: te hago saber que fue dividida la ciudad. El lado norte continúa con su barrio pobre, el paseo de estudiantes entre las palmas, los gritos del mercado y el trajín de carretas que compiten con el tren que marcha por encima del mar.
La avenida de los dioses binominales indica, hacia el sur, el inicio de otro Valparaíso depositado por mano gigante donde torre y boca abierta de concreto babean poder inútil desde los espacios del reino de “mongo”.
(La noche, fragmento poema 30)
Leí este poema en 1999, el mismo año de su publicación. A las puertas de un nuevo milenio, el regreso a la democracia, en nuestro país, consolidaba sus políticas de acuerdos y senadores designados. En este clima de petrificación sistemático, apareció el libro de Moltedo en la ciudad de Viña del Mar.
En mi lectura, este poema es clave dentro de sus escritos. Ya que establece tanto una continuidad que viene desde su primer libro como una ruptura en una aguda mirada a los ciclos terminales de la historia de la ciudad.
En el caso del poema que nos ocupa, el autor hace algo más que apartarse de la poesía de las emociones privadas, ya que se instala en un campo gravitacional distinto. Lo que hace Moltedo es poner en relación de equivalencia la experiencia de poesía y ciudad. En este caso, la equivalencia se encuentra en ese campo de fuerza que proviene de la figura de Kavafis, y su consecuente correspondencia entre la ciudad de Alejandría y Valparaíso.
De este modo, el poema nos sobrecoge por la potencia de esa doble filiación, en que los puntos de encuentro de los ciclos terminales, al menos para este autor, no yacen en la geografía ni el paisaje, como nos han hecho creer, sino en las convulsiones de la historia.
En un estilo directo, seco, con la utilización de figuras secundarias, su imaginación opera en el poema como un sistema nervioso. De hecho, sin el manejo de grandes palabras, pero a través de una constante atención al detalle, enfoca con destreza el tema hasta alcanzar el clímax de una visión contrapastoral que líquida apariencia tras apariencia. Libera así a la poesía, tanto de la demanda de libros eruditos y no leídos (esa erudición callampa, a la que se refería Millán) como de que ésta convierta su voz en una presión dominante.
Moltedo no es un poeta que intente seducir nuestra audición para dar un testimonio efectivo de la vida de la ciudad. Señalándonos, de paso, que esos personajes que la habitan, padecen, o tal vez incluso la amen, se hallan en un mundo que está más allá de las expectativas que han considerado propias.
Así la ciudad es un laberinto. Monstruos, víctimas, hermosas mujeres la ocupan, aunque ahí están los que se nutren de eso. El bien es ahora el espectáculo; y el espectáculo el nuevo mal. La ciudad se vuelve incongruente, y ante esa enorme dificultad el poeta tiene, como compensación, la posibilidad de no renunciar al conocimiento ni desechar su subjetividad.
Percibe que los hechos culturales ya no se vinculan con un orden histórico particular, sino con las grandes formas de los lugares comunes del poder, en que la historia y el presente de Chile, por ejemplo, aparecen sin contraste, o subordinados a una condición redundante. El futuro no existe, lo que era conciencia de un devenir se convierte en soledad frente al espejo, o peor aún, en avenidas con dioses binominales que han manoseado, hasta el cansancio, la feroz desintegración de las causas y efectos.
En este sentido, y por otros medios, no es una propuesta complaciente la que se propone el poeta, sino un estado de alerta que le permita su articulación máxima. En privado, le escuché decir más de alguna vez que la poesía es espíritu. También un campo de batalla contra la insidiosa autoridad y la ignorancia del medio. Tal vez deberíamos entender esto como un triunfo sobre el vacío, o como un intento para que la vida –cualquier vida- adquiera un fulgor al cual no parecía destinada.
3
1) La casa de reposo es de color blanco y se encuentra en la calle cinco norte, en el plan de Viña. Conozco este barrio. Da la casualidad que nací a cinco cuadras y pasé los primeros veinticinco años de mi vida aquí. Son las cuatro de la tarde, hace más de un año que no veo al poeta y, para la ocasión, he traído algunos libros, además, de una caja metálica con té de naranjas y galletas de soda.
2) Me detengo en el hall del primer piso. Detrás de la mampara, frente a los sillones, el televisor está encendido: la película es en blanco y negro, y su estrella Gregory Peck. Este ha sido un mal año para mí y no he dispuesto de ningún plan alternativo que me rescate. Aunque la película rescata a esos animales viejos que, en pantuflas, la ven.
3) Miro hacia la escala y subo hasta el segundo piso. Con alarma, constato ahora, mientras escribo, mientras recuerdo, que en el lapso de un mes subiría esa escala solamente en dos ocasiones más.
4) Estas últimas semanas, el poeta ha estado hospitalizado. Un enfisema lo ha tenido a mal traer. Su dormitorio esta limpio y es de color vainilla. Cuando ingreso, está de pie junto al velador y nos damos un abrazo. Agrega que es lamentable que haya que estar enfermo para que aparezcan los amigos. Lo observo, ha bajado de peso y lleva un pijama azul con pequeños relieves aún más azules en los puños y el cuello. Frente a la cama, sobre la cómoda, junto una ruma de diarios La Segunda, yace una reproducción de La Joven de la Perla de Vermeer: me dice que es un regalo de Luís Andrés Figueroa. Le pregunto si puede levantarse, si ha bajado en alguna ocasión a las agradables mesitas que divisé en el antejardín. Me responde que no, que solo – sin prisa- realiza pequeñas caminatas por la habitación.
5) Acomoda las delgadas mangueras de oxígeno en su nariz. Por un momento, mientras se recuesta, pienso en la ciudad metafórica y la ciudad real de sus primeros poemas. Me doy cuenta que me encuentro frente a alguien que no desea parecer victorioso.
6) No puede escribir. Aquí no –dice de pronto. Por lo general, acostumbro a elaborar por un tiempo en mi mente sobre aquello que necesito escribir, y después necesito un periodo de paz, y luego, finalmente, sentarme ante la página en blanco. Siempre he buscado cierto equilibrio. Algo fresco, sin arrebatos trascendentes.
7) Somos interrumpido por una enfermera bajita. Ella sonríe todo el tiempo y hacia todas partes (es todo un personaje, me dirá después el poeta), mientras le toma el pulso, mientras le acomoda la almohada y yo me retiro hacia una piecita adyacente. La enfermera le dice que cierre los ojos. Le va a palpar el pie y quiere que le diga en qué lugar. El poeta cierra los ojos y le escucho decir: la punta de los dedos, la planta del pie, y, por último, sobre el empeine.
8) A veces, me dice, en estos cortos paseos hasta la ventana, observo un pequeño jardín con senderos de gravilla. Detrás de la pandereta un par de niños pequeños acostumbran jugar en una piscina plástica. Se tiran agua y deslizan en la superficie color turquesa pequeños juguetes de superhéroes, con cabezas enormes.
9) Dejo las galletas y la caja junto a la lámpara del velador. Luego, le paso la novela Elizabeth Costello que he traído de regalo y un artículo sobre su poesía –aparecido en letras s5- escrito por David Bustos. Se alegra. Dice que el mejor lector es aquél que está lejos. Pues no se encuentra contaminado por la cercanía ni nos juzga inoportunos.
10) Durante un rato guarda silencio, después agrega que nuestra época es como una brújula trastornada, llena de urracas con abrigos. Todo da lo mismo, el aprovechamiento es infinito. Así, lo único que le queda al poeta como privilegio es el juicio final. Cuando estén preguntando a las almas lo que han hecho en la tierra, los poetas tendrán el privilegio de no dar ninguna explicación.
11) Poco después habla en detalle de su infancia, de cuando daba largas caminatas por la costanera o de la época que vivió en la calle El Cerro. Tal vez, no sé, dice, estas son cosas que relacione con aquello que leí hace un tiempo, en alguna parte, respecto a Montale, porque, cuando Montale ve el rastro de baba nacarada que el caracol deja en el suelo, lo que está leyendo es la escritura de la naturaleza.
12) Hojea el libro de Coetzee. Observa la foto de la portada. Me dice que leyó Desgracia.
13) Luego, le adelanto la idea que el dossier del próximo número de la Revista Heterogénea que dirige Julio Espinosa, en España, esté dedicado a su poesía. Tendríamos que hacer una pequeña selección de sus poemas y, tal vez, una entrevista no muy extensa. Le gusta la idea y quedamos de darle una vuelta en las próximas semanas.
Un poco antes de retirarme, la enfermera anuncia visitas. Entra una mujer de mediana edad, con lentes oscuros y bastón blanco. Se acompaña de un cineasta que, ocasionalmente, he visto en algún festival de cine en Viña o Valpo. Observo, por un momento la situación, observo a la mujer ciega que se acerca a saludar al poeta y al cineasta hurgando en una bolsa de supermercado. Observo todo eso: el poeta con su pijama azul, la mujer ciega que lo saluda, el cineasta detenido dentro de esa bolsa, y pienso entonces que, por unos instantes, en esa habitación de la casa de reposo, vivimos este pequeño e inesperado episodio como algo sacado de un libro.
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Guillermo Rivera
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