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Retorno

Las espigas del tejado

Claudio Zamorano

Esa señorita me esperaba aquella noche con un vino y un candelabro encendido y se tiraba al suelo y me jalaba de los pantalones y me gritaba "no me dejes , por favor no me dejes , por favor no me dejes, hoy le hablé a mi psicoanalista de tí, por favor no me dejes, ...por favor.... No..."- Yo la miraba y le contestaba : ¿Quién ha hablado de abandonarte? ¿Qué es un psicoanalista ? ¿Y para qué vas al psicoanalista ? Anda mejor al “Systembolaget”. ¿Cuánto te cuesta ir al psicoanalista? ¿500 coronas? Mejor cómprate un Chivas Regal" y la señorita se entregaba de vuelta al llanto " por favor no medejes, por favooor...Nooo..." - Era una relación muy extraña , la verdad es que cuando la recuerdo es como sí nunca me hubiese quitado la camisa delante de ella. Al otro día del llanto me dejó por un sinvergüenzas , y no lo digo por frustrado, sino por que el tipo era realmente un vividor, eso sí, tenía el pelo grueso y se peinaba hacia atrás y aparecía por Mariatorget conduciendo un automóvil prestado y enseñaba sus dientes blancos , era uno entre el millar de inmigrantes nacionales que en los 90 llegaban desde toda Suecia a probar suerte en la capital y al menos si él no tenía suerte con encontrar trabajo si la tenía con esa señorita que conmigo siempre sostuvo una relación muy extraña en donde continuamente me analizaba " escucha esto que tengo que decir , laprimera vez que estuvimos juntos fué horrible , la segunda vez un poco menos horrible y ahora las cosas van marchando de manera bastante mediocre". Yo la contemplaba como quién estudia una escultura y recordab aque la primera estaba muy ebrio y la segunda tenía los dientes apretados y las pupilas grandes como bolas de billar y así me encontró de madrugada,en el muelle de la isla de Skeppholmen dándole un discurso al mar acerca de la importancia de no seguir viviendo y ella me abrazó y nos fuimos caminando a su casa mientras de tanto andar amanecía y no tenía por intención mas que dejarla hasta la puerta, como a todo caballero corresponde, así que me llevé tremenda sorpresa cuando me dijo "¿No quieres subir a midepartamento?." Fue bastante raro, yo sabía de antemano que cualquier relación, por lejana o cercana entre nosotros,estaba condenada irremediablemente al fracaso, mas aquel amanecer salimos con unas copas y unos cigarrillos al tejado y ahí nos quedamos contemplando como el sol de verano avanzaba sigiloso por el horizonte de tejados de Södermalm. Ella llevaba una bata blanca y sonreía; como las estrellas de Hollywood de los 30 sonreía. Era distinguida y sabía hablar bonito, su papá le había comprado el departamento y le cancelaba las visitas al psiconoalista, era refinada y elegante, pero, por lo demás, a mi me parecía que siempre decía tonterías y no entendía como todos la encontraban tan atractiva, parece que en los noventa estaban de moda las mujeres mal alimentadas y todo era raro hasta que apareció el aparecido de Haparanda y ella me dijo que no podía seguir andando con un tipo del cual nada se sabía, refiriéndose a mí, y señaló ignorar cómo me ganaba la vida y yó le contesté : "mira, como te explico, trabajaba haciendo aseo en una fábrica de cervezas hasta hace poquito y ahora trabajo haciendo de drogadicto en una película en donde nunca me pagaran un peso". Al otro día del llanto con escándalo me vetó la entrada a su departamento en pleno centro. Yo siempre dudé de si el psicoanalista le hacía bien o mal por que ella no paraba de decir tonterías y digamos, que a pesar de que el asunto me dejó algo triste ,por que así como a las féminas les gustan los hombres peligrosos a mi me gustan las mujeres locas de la cabeza y escandalosas. Desde mi rol en la oscuridad le deseé fortuna con el vividor que se encontró; pero a ella,apenas haber formalizado su relación, le vino una tremenda diarrea, una diarrea tan grande que en todos lados se supo. Y la gente decía que el tipo ese era un amor por que la cuidaba en esa época tan difícil en que ella vivía más adentro del baño que afuera y no paraba de vomitar, la pobre. Salió hasta en el periódico que una epidemia se expandía por la ciudad; pero al parecer mi construcción genética me había hecho inmune ante la peste y ella, la desdichada, cada vez que salía a escena, se manifestaba con unas ojeras tremendas que le daban más dramatismo a su personaje y elevaban su ya refinado talento dramático. El sinvergüenzas aplaudía desde las gradas con unos aplausos pesados que aprendió a fingir en otro lado y yo cerraba las cortinas del teatro jalando unas cuerdas, desde la oscuridad, con cierta gratitud ante la vida porque siempre me gustó Henrik Ibsen y su fuerza desgarradore en el escrito. En realidad a mí me sedujo más su personaje que ella misma, ella nunca me gustó, a mi me atraía la señorita Linde. El día en que nos separamos la fuí a dejar hasta su puerta, así como un Dandy empobrecido, sin intención alguna de que me invitase a subir, y le señalé que si yo hubiese hablado mejor sueco hubiese alcanzado el nivel de la abstracción elevada y le hubiese hablado de las estrellas y las aureoras boreales, pero, como el idioma no era el mío, me costaba trabajo enamorarla como con las actrices de teatro se acostumbra y luego me marché calle abajo sopesando la consistencia espiritual de todo “don nadie” sin carrera ni fortuna y condenado irremediablemente a seguir dando discursos en el muelle y ella, lánguida y espigada, se lanzó a los brazos del sinverguenzas ignorando que dentro suyo portaba el virus de la peste . A veces la veo en la televisión haciendo comerciales que no están a la altura del oficio y me pregunto si alguna vez visitaré a un psicoanalista, como ella tanto me insistía, y me sentaré en un sillón de cuero de Lancashire mientras fumo una pipa y miro la hora en el reloj de pulsera y le relato al profesional de la mente lo imposible de vivir en esta vida mientras el mismo me dibuja el camino a la incosciencia, en donde encontraré los caminitos que el tiempo ha borrado y a los apegos de los barrios lejanos y a las injusticias de tiempos enfermos, mas a ella, la lánguida espiga del tejado, no la volveré a encontrar, por que si algo puedo afirmar con certeza en estos días, es que a ella nunca yo la quise.

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Claudio Zamorano

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