En los valles despiertos
Tus caricias,
sus caudales desatan esta flama, este viento,
abren con sus luces los campos, los despliegan,
los bañan. Las aves rompen el vuelo.
Sus alas, claros cristales,
sus picos suaves y finos, rasgan y dibujan
-en la yerba; en los valles despiertos
que recorren y habitan- paisajes ígneos,
higueras, flores de savias vivas y luminosas,
páramos,
brotes de arena espesa, yermos que la sed,
lenta noche de sal, que el deseo
regeneran: Los ciervos cruzan por los linderos.
Poblaciones lejanas
Sus relieves candentes, sus pasajes,
son un salmo
luctuoso y monocorde;
los niños corren y gritan,
como pequeños lapsos, en un eterno,
enmudecido
sepia demente. Haya ciudades, también,
que dulcifican la luz del sol:
En sus espejos de oro crepuscular las aguas
abren y encienden
cercos de aromas y caricias rituales:
en sus baños:
las risas, las paredes reverdecientes
-Sus templos beben del mar.
Vagos lindes desiertos (Las caravanas,
los vendavales, las noches combas
y despobladas,
las tardes lentas,
son arenas franqueables que las separan) mirajes, ecos que las enturbian,
que las empalman:
un gusto líquido a sal en las furtivas comisuras:
Y esta evocada resonancia.
En esta oscura mezquita tibia (fragmento)
Sé de tu cuerpo: los arrecifes,
las desbandadas,
la luz inquieta y deseable (en tus muslos
candentes la lluvia incita),
de su oleaje:
sé de tus umbrales como dejarme al borde
de esta holgada, murmurante,
mezquita tibia; como urdirme (tu olor
suavísimo, oscuro) al calor de tus naves.
(Tus huertos agrios, impenetrables)
Sé de tus fuentes,
de sus ecos maduros y turbios la amplitud
luminosa, fecunda;
de tu sueño espejeante; de sus patios.