Retorno
Misionero
Patricio Flores
(A Pierre Dubois)
Había una vez
un francés perdido de Europa y comodidades
que se trasvasijó con acento y petacas
al sur de continentes.
Se quedó alborotado de Victoria
y trajo consigo evangelios marchitos,
cruces desgastadas,
padres celestiales y terrenales en la piel.
Lanzó sus anclas de vino dulce
entre hogares de carbón y leña;
fraccionó el pan
y apretó el cáliz a dos manos.
Exorcizó dolores de espalda.
Confesó hambres por doquier.
Murió torturas y encierros.
Entonces como era esperable
-por su miedo pavoroso a las dulzuras;
por su terror escénico a los volcanes-,
vinieron con hienas y tanquetas
a maltratar a tus hermanos,
y desesperado te lanzaste
a los pies de sus bestias de metal
para impedir el paso y el asedio,
y bajo las ruedas
te anegabas de amores;
mordías el calvario;
convocabas samaritanos,
bajo las ruedas.
Otras veces
-en medio del desigual combate;
taciturno y decidido-
repartías planetas de plástico
para que jugáramos a la vida.
Antes de los precipicios
y en plena calle,
te levantamos entre todos
y tu casulla, el alba y la estola roja
-la de apóstoles y mártires-
flotaban en los aires.
No había tren que detuviera
a las hordas pobres de pan y ropas,
puras de razones y aguerridas de rabias;
que con el corazón tallado por volantines
te llevaban en vilo sobre los rieles.
(Tanta humareda,
tanta barricada trenzada;
cuánta bravura esparcida,
cuánta muerte regalada,
y este futuro aséptico
no quiere pasados poderosos
que deshagan sus pies de barro)
Hoy estás más viejo.
Estás más cansado.
… Te tiemblan las manos.
No sé por qué a veces
cuando la resolana muerde la Cruz
y veo las espinas, la corona,
la lanza hiriendo el costado,
pienso que a ese hombre
lo he visto en alguna parte,
y los abominables maderos a contraluz
-entre el candor de velas y cirios-
parecen esa sombra pobladora,
ese santo coraje que mana
y pinta las costillas con acero
que se adosan porfiadas al muro de los tiempos.
Pero la sangre
-esa que duele y desploma el alma-
sigue siendo la misma
sangre de la frente,
sangre de la cintura;
esa que avanza sobre la Biblia;
que sangró André por última vez
y que hoy es un eco
que sacude al Imperio
y nos recuerda el flagelo
ampliando las dimensiones
de la vergüenza;
que ensancha la envergadura de esta esperanza
aunque en borrador,
aunque lánguida y dolida,
inconsecuente y esquiva,
aún arrecia.
Así sea.
Publicado por
Patricio Flores
Patricio Flores