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Nombres de Dios

Salvador C. Peregrinos

II. Nombres de Dios

Convertido en un menesteroso que bajo los puentes de Vicuña en mi país pide dinero, así es el de las arenas. Y mientras predica un evangelio perdido en algún desierto del tercer mundo me revela una canción venida desde hace tiempo; el rumor del río por la noche.

El chivo fundamental sonríe y brilla, de su rostro de chivato feliz surge la paz que mantendrá la noche y todo en su sitio. El campesino lo ve brillar, le eclipsa la idea de tenerlo cerca, sparklehorse le llama y éste le sonríe; son sus madres ahora. Sus ojos corresponden a los de un hombre y sin embargo su naturaleza animal le confiere una beatitud mayor. Invariablemente es un buey, y junto al buey camina el Predicador.

El de las arenas baja cada noche por las quebradas de la cuarta región, viene de la montaña hacia los valle de mi país. Camina y se abreva en las ruinas que los hombres dejan como tentativas en el cerro tras de sí; tentativas de algo mayor arrasadas por la voluntad de la noche. Voluntad de transformación que se aloja en el vientre de la realidad como un cáncer que bien disuelve y también construye. Una extraña relación más allá de la trastienda.

Transfigurado camina el de las arenas, tranquilo enarbola prédicas a quienes lo miran pasar. Para ellos todo esto resulta una extraña maldición y se esconden, pero el de las arenas asume en la tragedia cierta cuota de belleza, y se sonríe. La tragedia –dice el predicador- es una manifestación más del orden, o es en mejor medida el elemento con que el azar se hace presente en el engranaje de la realidad, una especie de azar mal entendido que ha tenido a los hombres de cabeza durante mucho tiempo.

El de las arenas y su buey baja desde Vicuña, cuarta región, transfigurados en un Jesucristo de madera. Aquellos que los ven pasar abren las puertas de sus casas, y así pasan la noche junto a ellos, y así entregan a sus hijas en señal de gloria, y se hacen las misas, y la canción se escucha montaña arriba donde nace el metal y los ríos. Quisiera el predicador ser colgado una infinidad de años en los muros del pueblo sin que se perciba el tiempo que demora el de las arenas en volverse religión. El predicador será la cruz y el cuerpo, el borrego el rostro doliente, la manifestación de un Jesucristo convertido en ribera.

Los niños del pueblo lo miran con especial atención pues para ellos el Predicador se presenta como un animal de la montaña y lo acurrucan, lo llevan en andas en procesión a la montaña, lo pasean por el pueblo como a un santo llagado, lo depositan en el altar de la escuela y lloran por él. El Predicador es presentado ante las nodrizas del pueblo quienes siguiendo un antiguo mandato lo amamantan y lo bañan con la leche de las perras durante la tercera noche de su estancia. Así es el Timador. Y así hube de conocerlo.

El de las arenas sigue, camina de noche sobre los ríos usando el rumor del agua como puente a la realidad de los hombres. Sobre la orilla, en el agua de los mundos los mendicantes duermen la noche continua de la trastienda, remojan sus barbas y lloran, algunos también bañan sus heridas, y luego vuelven a dormir. Y sueñan. Sueñan haber sido todos uno solo; un Jesucristo de madera que vuela sobre un pueblo perdido en la cuarta región. Sueñan todos haber sido llevados por una procesión de caprinos que disfrazados de niños le berreaban al sol, caprinos que en andas lo llevaron por los cerros de Illapel en plegaria hacia la montaña. Procesión de caprinos infinita; Todo esto es una estampa –piensa el de las arenas- una estampa o la manifestación que adquieren las fisuras, grietas por donde aquello que llamamos existencia, vida o muerte se cuela bien dentro de la realidad; la manifestación de un Jesucristo convertido en ribera.

Recuerdos de un pueblo fratricida.

A oscuras.

En el lecho de un río en llamas se abandonaron a extraños ritos, adoptaron maneras, sutiles maneras, y sus palabras la manifestación de un Jesucristo convertido en ribera.

Sueño con un río por la noche

Soñé con bancos de arena en un río por la noche

Soñé con ceremonias que se hacían en bancos de arena por el río y por la noche

Un río en medio de la noche

Soñé con feligreses que salmodiaban canturreándole a la Luna

Son mis amigos, pienso

Son mis amigos y sin embrago ignoran estos cánticos y las sagradas narraciones

Ignoran el lazo saturnino que los une con el río desde entonces

Ignoran, y en su ignorancia imaginan duendes, serpientes, leones sobre el tejado, tormentas en la noche, cascabeles.

Y en los cerros del mundo mis caprinos murieron de sed, y a pleno sol el cerro fue escenario en esta epifanía; caprinos que disfrazados de niños lloraron mientras besaban la mano del Tejedor, quien reía mientras olía el hocico de las bestias.

El predicador me conduce bajo el puente donde tras unos harapos y cartones guarda celosamente un portal, -prefiero llamarle una trastienda, o en menor grado tentativa.- me dice. Un libro viejo donde me veo en las trece estaciones, antes salas remozadas en una antigua escuela rural de mi país. Y boto el libro, claro está. Y la cara del mendigo ahora me es familiar;

…y recuerda con orgullo el día de la kermesse. El director de la escuela, y el lugar donde lo crucificaron. Las trece estaciones y el fervor del alumnado. Las estaciones remozadas salas en esa humilde casona de madera. Salas transformadas por el fervor religioso.

El predicador va a la rastra con un libro que el buey se niega a cargar. Se trata de una obra donde él aún es un niño. Un niño de la montaña, niño predicador, niño transfigurado en cabra quien en procesión a la montaña bala figuras con las que intenta descifrar la imagen de Cristo. Niño pastor de cabras no encontró sino piedras y llamas, Valles de Illapel en llamas encontraba.

Niño pastor guía con sus tonadas. Niño pastor y mujeres de pueblo que lloran la figura del Timador, Redentor de Corazones, palabrero en su tinaja. Como un dios perdido que embiste bien dentro en la trastienda tratando de escapar de lo infinito, una existencia para la cual no ha hecho competencia, un dios que deambula, un dios que engaña por afición fratricida.

Río abajo una turba de mendigos hace fila para beber de las aguas por donde caminó el Predicador, y a medida que el prodigio baja del cerro ellos le llaman el Tejedor, y año tras año su figura se diluye y sin embargo el fervor se acrecienta. Se revuelcan por donde ha pasado el Tejedor quien levita sobre las piedras y sobre el agua, y en su rumor aquellas imitan el paso del tiempo y las caídas del universo. Se hacen ovillo, saltan por los cerros como un dios perdido en busca de azufre.

-Él es la canción que has escuchado desde entonces- dicen tras sus pasos. Y en su delirio los mendicantes se abandonan, y durante cuarenta días y cuarenta noches se acarician con los aceites del borrego, lamen de las piedras por donde ha pasado el de las arenas, y en torno a fogatas cuentan historias. Recuerdo el relato de un campesino que le arrebató los dientes a su perra en homenaje al de las arenas, para que éste la amara así desnuda mientras a cada dentellada le sacaba la piel y los miles al portento. El campesino, quien no podía con esta sacra estampa huyó despavorido entre los árboles secos de un río mientras era perseguido por un caballo negro de increíbles dimensiones, quien a cada resoplido dibujaba los caminos de la cuarta región. A cada paso el campesino enceguecía mientras la imagen del Timador devorando lo que alguna vez fue su compañera le llegaba como flechas ardientes de una fe no comprendida, flechas que a toda velocidad caían desde el cielo llagando su piel.

Mientras yacía presa del horror recordó la figura de su madre; mujeres que año tras año lo llevaban a cuestas en procesión hacia la Cordillera de los Andes. Y lo subían pues él era la imagen de un Jesucristo hecho niño. Niño Dios le llamaban, niño Dios vestido de yeso y harapos.

Niño hasta que en el campesinado hubo de ser el hombre tras la leva.

El campesino ahora vaga tras la leva, y en su recuerdo vadea el río que acompañó su infancia. Sigue el perraje y es su norte en la miseria, come de las sobras y en el abandono se abreva con la leche de las perras. En él éstas reconocen una extraña santidad. Y él las ve brillar, sparklehorse les llama, éstas le sonríen; son sus madres ahora.

Y repite cien veces;

tejedor de los letargos,

timador de los tugurios,

timador en la trastienda,

vencedor de las reliquias:

Prior en las arenas.

Y comen piedras pues así fue su mandato, comen piedras y ranas de greda, borregos de oro comen los ojos del babuino y comen asnos. Y en su vigésimo día los mendicantes comieron de las arenas y en su delirio recordaron haber comido perros y caballos de madera, comieron ríos y trastiendas, metales de la montaña comen.

Ha pasado el tiempo en las arenas y ni el predicador vaticina ya algún tipo de final. Y sufre pues también él es un caminante, y así como deambuló por los desiertos del mundo hace miles de años, hoy lo hace por los caminos rurales de nuestro país. Y junto a campesinos se solaza no sin antes tomar de sus ojos el recuerdo de la fe que profesaron cuando niños, cuando vestidos de chivato recorrieron junto a Jesucristo la Cordillera de los Andes. Y esa fe movió montañas y ríos, metales y caballos de greda movió montañas y ríos, metales y caballos de greda movió montañas y ríos, metales.




I. El de las arenas

Sigue el perraje y es su norte en la miseria, come de las sobras y en el abandono se abreva con la leche de las perras.

Ríos y ríos de alcohol que braman en la memoria mientras se abren paso por la montaña.


Y apartado ahora en el rebaño del mundo escucho como el vino se escabulle entre las piedras; rocas que por milenios no fueron más que áridos y peñascos, piedras que por la corriente de los años son pulidas hasta lograr la redondez que las encierra.

Y ahora apartado en el rebaño del mundo escucho como el vino llegará a los bares de Illapel; estero cuya presencia regresa al mismo sitio en un círculo infinito que nadie nota; voces que desde un tiempo nos hablan de un idioma desconocido; así se respira y ellos, los perros y las liebres ya lo han comprendido. Animal nocturno eres y fabuloso quien deambula por las calles de un pueblo dormido, y mira con ojos de amigo fraterno como los niños sueñan dentro de las casas.

Por ese pedregal caminé en silencio, empatía y humildad fueron el único legado y apartado ahora en el rebaño del mundo caminé montaña abajo tras la ofrenda. Junto a caprinos y pastores me vi acarreando piedras, palos y ramas secas. Deambulamos juntos por años buscando el cénit y el eco de las cabras fue nuestro único tesoro. Lloramos todas las tardes pues todas las tardes del mundo hube de bajar esa montaña; cerro amigo donde conocí el techo del mundo. Y deambulamos así juntos buscando el cénit y el eco de las cabras, pero en vez de aquello no encontramos sino piedras, palos, ramas secas y un pedregal. Y en aquellos delirios unimos la palabra, bailamos el camino desierto de un pueblo que se duerme, y perdimos el curso. El tiempo fue visto en su real dimensión.


Dejarse elevar, tocar bien abajo el empedrado y morir en la acequia.


Vadeamos el río por la noche sólo para inventar desde allí el amanecer del mundo. El río que me enseño el paso del tiempo en una grieta suya.

Sueño con un río por la noche

Soñé bancos de arena en un río por la noche

Soñé con ceremonias que se hacían en bancos de arena por el río y por la noche

Un río en medio de la noche

Soñé con feligreses que salmodiaban canturreándole a la Luna

Son mis amigos, pienso

Son mis amigos y sin embrago ignoran estos cánticos y las sagradas narraciones

Ignoran el lazo saturnino que los une con el río desde entonces

Ignoran, y en su ignorancia imaginan duendes, serpientes, leones sobre el tejado, tormentas en la noche, cascabeles.

Estando de noche en la mitad del pueblo a oscuras, el cerro me propuso;

Haz una ronda con la palabra que elijas, a pleno sol, apenas mirándola, apenas sabiendo en qué lugar estás.

Y en el umbral del mundo desarmé todo aquello que nos impedía verle con claridad;


Chivato fundamental

Becerro primero.

Poco a poco se presentan algunos feligreses quienes a orillas del río y en medio de la noche elevan sus plegarias al cielo negro de Illapel. En su oscurantismo sostienen la verdad del mundo repetida infinitamente por los caminos rurales de Chile, rumiantes de una verdad oculta y tan sólo revelada por medio del cántico; a las cantigas que en mi nombre han inventado. El cerro ahora nos mira con benevolencia, arroja unas piedras en señal de gracia y en su curso éstas imitan el paso de infinitas noches, -y es una gracia-

pienso.

Y el cerro;

Me sonríe.

Alguna vez existió un monje cuya voluntad le dictaba construir un santuario. Lo construyó sólo con la ayuda de piedras, palos, ramas secas y un pedregal, y dentro del santuario inventó una habitación donde por años amó a cuanto pordiosero encontraba en el desierto, y en su labor agitó las banderas de la ira, y desató las guerras y en su delirio no hizo menos que invocar a un dios perdido, un dios que agoniza en el cuerpo de una cabra, se imaginó que el universo agoniza en la podredumbre de las bestias. Y amó pordioseros tanto como su llagado cuerpo le permitió, y en su amor cabalgó llanuras, desiertos, épocas.

El cerro nos enseña sus milenarios prodigios. Y las bestiecillas que ocultas miran desde sus madrigueras son testigos también de esta alabanza. Animal nocturno eres y fabuloso quien deambula por las calles de un pueblo dormido, y mira con ojos de amigo fraterno como los niños del pueblo sueñan dentro de las casas.

Los animales en su infinita bondad perciben el reverberar de las cosas. Éstas les hablan, y en su lenguaje aquellos tratan de advertirnos, sin embrago como ocurre la mayoría de las veces desoímos la certeza.

Y así en la mesa un par de lugareños hubieron de referirme historias, sacras historias que atribuí al relato de algún derviche, al relato de algún monje perdido que en su locura peregrinó los caminos rurales de la cuarta región; “…y ante la incontrarrestable evidencia terminaron por enloquecer. Superados por la verdad, se lanzaban al vacío dando gritos desesperados. Profiriendo en nombre de Dios. Un dios por el cual habían sido abandonados.” Visiones de hombres que cegados por la codicia profanaban la tumba de un Cristo doliente aún en llagas. Tal fue la maldición. El camino por donde tantas veces hubieron de subir al Cristo de palo, ahora se invertía tras los pasos de un demonio perdido que reía por la humildad de los hombres. Cientos de feligreses cayeron por las quebradas hacia el mar.

Puedo decir que hice el camino de vuelta, me fui a casa sin despedirme de nadie. Caminé pedregales y el lecho de un río seco me recordó el lugar donde tiempo atrás hube de hacer mis rogativas.


Me suéño arrojado a un río de vino tinto atado a la cruz como a un Cristo y sonríen

Me acompañan

Y en otras estaciones del mundo también hay mendicantes

Y en torno a otras fogatas también le hacen reverencias a la Luna

¡Y esto es ahora el mundo me digo!

Esto es ahora el mundo

Esto es ahora el mundo

Esto es ahora el mundo.”

En lugar de eso luego no encontré sino un desierto, un desierto tan vasto como negro. Afortunadamente encontré un desierto, un sitio oscuro donde todavía persisten algunos recuerdos negándose a morir del todo. Aquellos más complejos se establecieron creando sus propias realidades, sus propios paisajes, sus propias verdades. Sus propios dioses y formas. Y desde ahí nuevamente se proyectaban hacia otros lugares. Y anduve por años vadeando ese desierto, que en realidad no fue un desierto sino más bien un sitio oscuro, y fui pordiosero y predicador, derviche escriba solitario en los caminos rurales del mundo, la gente me alimentó como se alimenta a un animal herido cuando hubo de verme en mi forma humana.

Y anduve así entre los recuerdos, que ya a esa altura adoptaban maneras propias, diálogos y formas de actuar, ademanes. Levantaron ciudadelas y sus monumentos fueron luego objeto de veneración. Con el tiempo luego el pueblo celebró las misas y todo aquello devino en fervor popular.

Y disuelto ese yo tan nocivo que en un momento me impidió verle con claridad, hube de lanzarme y finalmente crucé el río hacia el becerro fundamental, hacia el becerro ancestral, hacia el becerro primero. Y escuché su discurso, el discurso que se oculta tras la jerigonza, y aquello me recordó la bruma, los sueños; el discurso de las piedras, el ruido de las cabras.

“Me volveré un pordiosero menesteroso, y recorreré el pueblo de Illapel en andas y a cuestas me internaré en la cordillera sólo para encontrar la montaña que me reveló el paso del tiempo en una grieta suya, sólo para ver desde allí el amanecer del mundo y su primera noche.”

Y en ese anochecer me fui reptando río abajo hasta llegar al claro donde un muchacho recogía el agua, aquel mancebo tuvo en algún momento el temor hacia lo desconocido, temor de las diatribas, temor de los cánticos. Sin embargo profirió sin pausas el conjuro con que hubo de arrastrarme haciéndome huir. Piedras y palos me arrojó su pueblo, y hecho prisionero dieron muerte a la serpiente en cuyo vientre se alojaban miles de otras serpientes

que huyeron en todas las direcciones por las hirvientes piedras del valle de Illapel, y en su transitar estas miles de serpientes figuraron reinas, un par de trébol y dos artificios. Dejaron marca en aquel pueblo que con el tiempo celebró las misas y todo aquello devino en fervor popular, y en su homenaje todos los menesterosos del mundo hicieron fila durante años para besarle la mano a la serpiente, miles de menesterosos investidos en el harapo y la cofradía desarrollaron lepra en su nombre sólo para ver desde allí el amanecer del mundo y su primera noche. Creyendo así ser bañados en las aguas del mundo, en las aguas de un estero cuya presencia regresa siempre al mismo punto en un círculo infinito que nadie nota. Y se dejan estar, y beben la cerveza a los pies del río donde humedecen sus llagas, y en su abandono imaginan duendes, serpientes, leones sobre el tejado, tormentas en la noche, cascabeles.

Por años piedras y palos fue lo único que conocí de ese pueblo, pero luego hecho cautivo supieron investirme de gloria en cada ceremonia.

Caminaba por las calles empedradas del Vato cuando en las afueras del camino vi un becerro joven. El animal no reparó en mi presencia pues se deleitaba mirándole los pechos a una mujer desnuda que tomaba el sol sobre una piedra acariciando el cénit del tiempo sobre ella, mientras se descubría en el eco de las cabras. Sobre la piedra también el hijo de la mujer secaba sus ropas y las jornadas en la fuente, y el becerro joven la miraba tras los matorrales añorando alguna vez ser el hombre, y forjar la espada, y derramar la simiente como cualquier dios, como cualquier héroe. Y lloraba mientras recordaba todo aquello mirando las estrellas, escuchando el rumor del río que en las noches le insinuaba burlas, sornas, y en ello consumía sus horas el joven becerro.

Hasta que un día la mujer lo encontró. Ella recogía flores junto a su hijo y lo topó de frente y se miraron largo tiempo, luego recorrieron peñascos y mesetas en busca de una brizna que en sus colores resumiera el compromiso, una estaca que tuviera el color apropiado para la ceremonia. Pero no, no hallaron nada. En vez de eso encontraron ramas secas y un pedregal, además de un camino donde a lo lejos se veía un valle, y en el valle se veía un río, y el río a su vez protegido por un imponente cordón de cerros que lo envolvía todo.

Me dijeron un día que la verdad se hallaba cerca de unos cerros de Illapel, cerros que en rigor parecen montañas, montañas de miles y miles de metros, montañas que en contraste con el cielo adquieren el rumor del universo, y el color y las manchas, y además el flujo del universo. Colores que en su extensión terrestre representan la tierra y los metales. Y sobre las montañas había un sendero recorrido por pequeños animales de pastoreo conducidos por un becerro joven, un toro casi niño, un becerro inútil a los ojos del mundo pero laborioso en el conducir animales por el sendero de la montaña.

Cuando me lo topé de frente convertido yo en una serpiente él me dijo: “Tu norte será el que disponga tu buen becerro. Deberás volverte un menesteroso y compartir la misma fila que hacen todos los menesterosos del mundo en su peregrinación hacia las montañas.” Y así fue, pues fui pordiosero y predicador, derviche escriba solitario en los caminos rurales del mundo, monje descalzo a pleno sol buscando la virgen de Andacollo. Y sufrí quemaduras, pero continué, y el hambre asoló mi cordura y continué, perdí unos dientes, la hombría y la memoria, pero continué. Y anduve así, como un monje descalzo a pleno sol buscando la virgen de Andacollo. Y en vez de aquello no encontré sino ramas secas y un pedregal, además de un camino donde a lo lejos se veía un valle, y en el valle se veía un río, pero el río ya no estaba protegido por un imponente cordón de cerros que lo envolvía todo, sino olvidado a su suerte por gentes que adoraban entonces extraños ídolos.

Y en su ignorancia ignoraban el lazo saturnino que los une con el río desde entonces

Y fui pordiosero y predicador, derviche escriba solitario en los caminos rurales de Chile, la gente me alimentó como se alimenta a un animal herido cuando hubo de verme en mi forma humana, los niños de la escuela rural de Chile me llevaron en andas, me afeitaron y alimentaron como se alimenta a un animal herido. Pero luego me olvidaron, fui abandonado en el rincón de un viejo galpón donde se arriman los desperdicios de toda una vida, y ahí estuve alrededor de mil años, transmutado, transfigurado, y travestido prediqué un evangelio que jamás hubo de leerse, me enamoré de las gallinas y de una en particular, y la amé como jamás un pordiosero ha amado a gallina alguna, y en un estado delirioso la hice mía, la embestí como quien embiste en el amor, y la embestí y soñé que era una princesa indígena del valle del Huasco y que juntos descifrábamos algún extraño artilugio, y en cada embestida a la princesa se le arrancaba un poco la vida, y aquellos intentos fueron el soplo de un dios encerrado en un laberinto de piedras, palos y arenisca, en un pedregal y en el eco de las cabras. Y en este sueño a mi gallinita se le fue la vida. Y fui castigado, y esta vez lo merecí, fui castigado, y fui quemado. Y crucificado me pasearon tres días junto a sus tres noches. Muerto fui paseado tres días con sus tres noches enmascarado, mutilado y escupido, y de mi nuevo cuerpo no hube de saber sino hasta dentro de otros mil años. Pero ya nada quedaba de mi antiguo lugar sino las mortajas con que hubieron de cubrir este cuerpo de pordiosero y predicador de la montaña.

Me sorprendió cómo habían domesticado el río, cómo lo hicieron ir montaña arriba en sus canales. Lograron también domesticar el sauce y llevarlo montaña arriba, donde esta vez sí fue objeto de veneración. Y hubo una secta en torno a su figura, y me pregunté si ese mismo sauce no era aquel quien guió mis devaneos nocturnos unos miles de años atrás.

Y fue dejada mi gallina sobre una balsa en la corriente, una balsa construida con sus huesos y mis mortajas, y fue abandonada río abajo hasta que las caídas y el tiempo condujeron a este ídolo a los bares de Illapel. Y no fue sino hasta dentro de otros miles de años que mi gallinita fue celebrada por una procesión de mendicantes que elevaron su figura por los caminos rurales de mi país.

Pero luego me olvidaron. Me olvidaron pues alguna vez todo se abandona. Incluso los cánticos que en algún momento parecían justos luego soltaron sus amarras dejando que la corriente de los años llevará todo finalmente de vuelta a un principio. Y me olvidaron pues el río también olvida; aguas de un estero cuya presencia regresa al mismo sitio en un círculo infinito que nadie nota.

III.

Como el que busca agua en la ribera, como el que vela chivos y caballos de greda, y esa madera es un Jesucristo de barro; balidos que a lo lejos me recuerdan que ha llegado el río. Como el que busca agua en el barranco, así busqué durante largo tiempo palabras que me indicaran la guarida, coordenadas de un templo, busqué y transformé palabras en cifras, caminé, y recorrí senderos de a pie por el norte de mi país donde a lo lejos siempre hubo algún pueblo donde encontramos algo de agua. Siempre en camino hacia el conjuro. Encontrar algún señuelo al fin o cierta deidad fue mi propósito, algún mensaje descubierto en el zumbido del panal, la utilidad de todo esto. La idea manaba una eternidad y así la disfruté. Busqué en el río la joya y la encontré mil veces, y mil veces hubo de huir corriente abajo como un perro en desgracia.

Como el que vela caballos y monturas de a pie porque sus llagas le han revelado un camino, como el que agita banderas en su gloria y emascula conejos ciñendo la evolución a pura voluntad, como el que lava sus heridas en el abrevadero del mundo, como el que imaginó bueyes de antigua caparazón mientras desova sumergido una hermosa tonada sobre el caldo primordial o la cuadrícula, una marea que no termina. El humilde mapa que nos determina, el hálito de un dios que nos envía de vuelta a la partida.

En su gloria la cordillera se arrodilla y lo amamanta, entre sus perros le acurruca y son años allí, el campesino bulle como un gigante y de su canto emerge una cordillera y los ríos que dieron origen al mundo, una nota atribuida a la fertilidad, al aparente caos.

La realidad poco a poco se desarma, se ha dejado al descubierto, la cara de un chivato que ríe por la noche. Primer lector del mundo convertido en salamandra huye por el lecho de un río en llamas, piedras que en el mediodía del mundo le indicaban la guarida. Y preparé algunos cánticos a la Luna, soplado en el barro y la argamasa fui rodeado por estrellas diminutas, estrellas que caían como un torbellino de esperma en los primeros minutos de la creación. Fui afortunado entre los animales. Alguna frecuencia me contuvo en esta forma por años y río abajo las personas que solían reunirse no comprendieron del todo mis mortajas devolviéndome al río con cierto temor. Y por miles de años fui confinado a esta figura de leyenda. Pero hube de volver, esta vez convertido en caballos de greda. Nunca entendí porqué me adoraban, porqué colgaban flores en mi templo, qué simpatía o temor les despertaba. Fueron humildes, se cubrían con medallas.

“La idea de un perro que lleve a cuestas la verdad del Hombre resulta inverosímil. Pero aún más la idea de encontrar alguna coordenada en la palabra.”

"Aquí fue un hermoso paisaje hasta que alguien imaginó lo contario.”

De mi sueño ascendían grandes voces, palabras que figuraban llaves, montañas que en su derrumbe se llevaron pueblos por delante en un sortilegio natural hecho de tierra, ramas secas arrasadas por el tiempo. Fuimos desapareciendo como el flujo para volver luego de años de sequía. Así hube de ver su presencia. La gente me aclamó convertido ya en alguna clase de animal mitológico, me soñaron todos juntos vestido de cabra con un rostro de infinita bondad. Dicen que brillaba por la noche cuando aparecía en el pueblo como un dios errante. Para algunos la epifanía resultó algo inquietante y huyeron por los cerros. Algunos murieron de sed. Otros más afortunados se refugiaron en las minas abandonadas donde a veces puede encontrarse algo de agua.

Camina y se abreva en las ruinas que los hombres dejan como tentativas en el cerro tras de sí; tentativas de algo mayor arrasadas por la voluntad de la noche.”

“Por miles de años fui condenado a esta figura

Hundido en el útero y la salmuera me contuve en reptil

Y durante miles de años arrastré esta figura por los humedales de la tierra

Y llevado como pez en el desierto fui promontorio sobre el cual el delirio de Dios se hizo presente

Amalgama y detrito mineral en llagas.”

Y construyeron templos donde mi figura representó algún tipo de mal. Los más osados le dieron nombres al prodigio, tantos que hubo un libro que los contuvo a todos como una misma deidad, tantos que hubo un tiempo donde fue deshojado por temor a los nombres, nombres que bajaban como un río de agravios, todos juntos convertidos en llaga por donde mana la sangre de un pueblo, un cordero hecho de piedras y trazos de cordero, errabundo en los encantos de tu flauta con que engañas la serpiente mucho antes que ésta se eche sobre las espaldas el destino de la Tierra.

Me senté sobre una roca a esperar que todo ello terminara y fui el guardián, los protegí no sin antes pedir algo a cambio. Pero en algún momento los olvidé y floreció lo que llamaron desgracia. Lloramos juntos y le dimos nombre al río en una noche tormentosa. De tus palabras surgían las casas donde se desató la algarabía, los animales huyeron pues en ellos depositaste la cordura.

"Y en algún momento de la procesión, fui guiado por dos figuras venidas desde el exterior". Saddasa 3:21

Hubo historias que ahora se cuentan. Y cuando el mar se les vino encima volvieron a la montaña pues soñaron todos un mar tormentoso, aquel torrente que los invade como en secretas narraciones. Muchos de ellos no conocían el mar y se lo inventaron como un sortilegio hecho de cabras. Le otorgaron simbología al caos y de ello surgió el infinito, clavaron bestias en su homenaje y se alinearon los planetas, y subieron en procesión el cerro hasta encontrarlo aún llorando por los que hubieron de partir. Pero no lo comprendieron, su lenguaje ha cambiado desde entonces. Ahora los convoca un objeto saturnino que llevan dentro, una idea, una palabra que al ser pronunciada los reúne en cánticos y alabanzas, y se abandonan en rituales extraños. Eso hube de ver y busco el cerro donde alguna vez me senté a esperarlos. Ahora vuelvo a verlos y a decir verdad no han cambiado desde entonces, cuando por temor a las cantigas subimos el cerro a beber de las mismas aguas que ahora bajan por la quebrada. Hubo un recuerdo donde todos estábamos sonriendo y el pueblo abajo celebraba una nube en forma de cordero. Así fueron los primeros días del mundo, una extraña frecuencia ahora nos hacer recordar.

Dicen que por una vez llovió la noche entera, fue en el tercero de los salmos saturninos, esa noche la lluvia se llevó consigo el cerro y todo el pueblo se hundió en el mar. Así fue soñado por borrachos que se confortaban en la presencia de Dios. Un Dios que aparecía cada cierto tiempo. Un hombre venerado y gentil a la usanza de los antiguos santos que padecían lepra mientras ascendían rodeados de una música ancestral de tambores y hortalizas hechas a mano con el barro de los tiempos.

Un oráculo hecho de piedras y ramas, plumas perdidas semillas de alguna manifestación cósmica, sienes y delirios, algoritmos y plenilunios. Y en mi sueño se escuchaban restos de animales, martillazos y poemas bajaban por un río de palabras, por un río hecho de piedras y trazos de río, símbolos que imitaban los bramidos de Dios. Durante siglos me abandoné a la hechura de caballos de greda, pequeñas manifestaciones de la temprana inteligencia humana, durante siglos también me abandoné a la construcción de un oráculo, alimenté palomas y gente perdida, errabundos que en la noche inventaban rimas, cantos y bailes, nuevas interpretaciones de la palabra. Difuminé, defenestré y defendí, y por eso hube de ser expulsado a las cavernas. Perro perdido, animal hecho trizas en las paredes del mundo. Caminé durante siglos en busca de un objeto perdido y fui la historia de un perro atormentado por los hombres.

"...hasta que de aquello surgió la idea de conservar el lenguaje, símbolos de una locura y la corriente.”

Medio mineral en llagas y ningún perro que me lleve este río a cuestas, río hecho de piedras y trazos de un río que se observa a sí mismo antes de ascender la cordillera. Sobre las piedras fui dejado a la buena de dios, depositado en llagas por años sobre una errancia. Yo no era competente.

La existencia supone estados en suspensión. La unidad compuesta por cuerpo y espíritu de pronto es disuelta, movida o distorsionada por alguna razón, y la unidad que es el conjuro de ambas pierde finalmente sus coordenadas para situarse en un plano desconocido. Y así, a merced de los azares la realidad ejerce sobre ella sus rigores, avanzando en una plegaria que se repite como un mantra por el universo. Y ese canto es la frecuencia con que Dios nos mantiene unidos. La frecuencia es la amalgama. Tal es la palabra.

Algunos fumadores de marihuana declaran haber sido presa de un desorden estructural entre cuerpo e identidad, momentos donde bajo el efecto de la sustancia creyeron ser dios de las arenas. “Las líneas o amarras que unían la identidad con mi cuerpo de pronto se desdibujaron, ya nada calzaba, donde debía ir la reflexión ahora estaba la vergüenza, donde debía ir el recuerdo ahora estaba la sorpresa, y así. Me di cuenta que la existencia humana o la consciencia de ser es en realidad una serie de coordenadas que fácilmente pueden ser cambiadas o reestructuradas por los rigores de la realidad.”

“…donde creyeron ser la piedra que viajaba en el vientre de un camello.”

“…algo sobre la edad del tiempo.”

“…sobre cuántos años tarda el desierto en pensar su propia imagen frente al abismo del tiempo o sobre las arenas.”

“…sobre cuántos años tarda el tiempo en volver al punto de partida convertido ahora en un desierto que fue río y cuenca al mismo tiempo.”

“…sobre cuántos años tarda el tiempo en volver al punto donde ahora es un desierto. Sobre cuánto tarda en recordar siendo piedra y trazo de un río ausente.”

¿Se habló de aquello en el amanecer de la especie? ¿Se habló de paradojas, de una realidad fisurada? ¿O sobre una realidad que se desgrana y deja ver el adobe su materia primordial?


Debes sumergirte en la argamasa, dejar que la psicofonía mueva esas cuerdas de humano que tienes. Tal es la palabra. Hablarás sobre el caldo primordial y el origen, sobre el engranaje de la realidad, sobre la frecuencia y la forma de las cosas. Sobre el numen, la fijación y el devoto, sobre el pluscuamperfecto y la argamasa, sobre los genitales de dios que es donde todo empieza. La psicofonía del universo me condujo hasta acá donde aún reverberan en su condición de agua, como una historia antigua y desconocida. Una historia que se refleja en forma tenue. La frecuencia, la psicofonía nos envuelve. La argamasa fundamental de la trastienda. Tal es la palabra.

Una extraña frecuencia nos mantiene unidos, una extraña melodía unida al caos y tan cerca del arpa con que dios suspende el cuerpo y la materia. Cristo atado a la cruz como la última composición del átomo. El canto de los pájaros me encierra y representa.

La composición ha quedado al descubierto, la frecuencia es ya un estado sin términos. La realidad y sus mortajas han dejado que Cristo me lave los pies y se ha quitado la máscara. La realidad se desarma dejando ver el barro primordial, la realidad es un papel mal adherido, una entidad extraña que se niega a desaparecer.

Donde el sol fue reemplazado otras figuras tomaron la palabra; adoratrices y animales de cartón, monedas de barro. La frecuencia que sostenía la realidad ha soltado las amarras, una melodía atribuida al caos. Las ideas han quedado a la deriva. Todas peticiones, todos tras los pasos del redentor, todos padecimos males en formas extrañas.

“Soñé que los tres estigmas en algún tiempo fuimos una piedra en medio del valle, una roca que a pleno sol se concentraba en palabras que el desierto guardaba para ella. La frecuencia de un desierto que todavía reverbera en nosotros.”

Un niño en centro de la galaxia piensa que es el universo entero un puñado de síntomas, cree por un instante en la gloria de dios y que el universo tiene la costumbre de recrearse a sí mismo en cada gesto, se imagina deletreando alguna nota, recuerda que algo cae de árbol.

“Fuimos una roca en medio del desierto, el cuerpo de una misma piedra en medio del valle de Illapel y a pleno sol recordamos la palabra que llegó desde el origen. Tal vez fuimos tres planos de la misma piedra, o la piedra en tres momentos del día, la piedra bajo el prisma de tres observadores o el recuerdo de ésta. La luz dándole tres ángulos posibles, la misma piedra en un lienzo compartiendo algunas llagas. La piedra en el estómago de un buey que siendo camello fue llevada hace miles de años por el desierto mientras mascullaba alguna historia sobre dios. La piedra estacionaria del río donde descansa una rana pensándose a sí misma como piedra y no como rana. O sintiendo ambas figuras a la vez.”

¿Cuánto tiempo demoró la piedra llevada por el río determinar su anterior existencia?

¿Cuántas vueltas esperó para encontrar la trama que bajo sus pies sostiene la vida?

Una trama hecha de piedras, un río hecho de piedras y trazos de río, un río de palabras por donde baja la continuidad del tiempo soñado en cada vuelta por quien observa el flujo natural de las cosas. Un río que quiere encontrar el pueblo donde una vez se recreó a sí mismo.

Y a nuestros pies creció también la Cordillera de los Andes porque todos lo recordamos de esa manera, recordamos todos juntos haber sido la piedra que rodó por la ladera hasta situarse en medio de un sendero, un rebaño de cabras aprobó con benevolencia el prodigio y recordamos que en la caída tuvimos extrañas ideas, nuestra entidad en un tiempo se diluía, y éramos el plasma y la esperma, seres que en otro tiempo observaron el río para notar que ante todo estamos de paso, y que veníamos tiempo pensando en ello; la malla que impide caernos al vacío.


E.

Debimos inclinarnos hacia un orden natural no lo contrario, ver en aquel prodigio la culminación de un plan forjado por el tiempo, llámese caos o barbarie. Emerge en nosotros entonces la manifestación de un orden perdido el cual hace hundirnos en recuerdos sin sentido. Nuestra pobre manera de interpretar la realidad se ve entonces sobrepasada.


1.

Se espetaba a la realidad, se le usaba como se utiliza al lenguaje, se le arrimaba un gato con adornos que la encerraban, se la humillaba, se la invertía. De alguna manera que me resulta inexplicable toda nuestra realidad cifrada supuestamente en el continuo racional del tiempo, huía despavorida para refugiarse en las postrimerías de 1994. Todo aquello no se manifestaba de manera literal sino con sutilezas, con los hábitos y excrecencias propias del portento. Y tal es que en un punto lejano continuamos recordando cómo fue que pasamos por este accidente llamado existencia. Tanta fascinación ejerce, que aún continuamos recordando cómo fue que atravesamos por el mundo. Y una y otra vez esta fascinación por recordar nos hace creer que el camino correcto es la recreación del instante, y sin embargo una y otra vez intuimos la verdad y el sinsentido; el abandono.

2.

Alguien escamoteaba la realidad, le birlaba, hacías juegos de manos delante de mujeres. Escriba universal quien tras la montaña hace batir los látigos con que apuró al caballo, mesías de dimensiones ciclópeas nos hacía llorar mientras contemplábamos el fin de lo conocido hasta entonces. Quizás no fue nadie en un principio o nada en absoluto, sólo el azar rodando por los pliegues de la realidad, el azar de frente al infinito como motor del tiempo. El azar vaga sobre los pliegues sin darse cuenta que ha sido elegido para dios.

3.

Los objetos fabricados con anterioridad al motivo de este relato comenzaron a desaparecer. Todo encajaba con la fecha elegida, y las combinaciones propias de la época estaban a sus anchas ya no como un recuerdo sino como certeza. Los artefactos fueron los primeros en desaparecer; teléfonos, llaves, palabras. Luego las ideas, las conversaciones, finalmente la experiencia y el paisaje. Y luego los niños. Y aquello fue los más triste de todo. Los niños, en quienes habíamos depositado la esperanza desaparecían. Difuminados caían presa de un letargo un tanto extraño, la comodidad propia del no existir. Uno a uno los acostamos juntos en una cama que luego desapareció con ellos. Ciertamente todo aquello pintaba para un final. Y esa extraña pulsión por satisfacer el ego tan propio de nuestra época, también desaparecía. Y los artilugios que lo simbolizaban, aquellos con los que el hombre tibiamente homenajeó el caos, le cedieron también el paso a la nada.


Publicado por

Salvador C. Peregrinos

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