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Pablo Azócar y el placer de los demás

Pablo Azócar

El conocido narrador chileno ha incursionado con éxito en la poesía obteniendo, el año 2008, el Premio Mejores Obras Literarias del Consejo Nacional del Libro, en la categoría de Poesía Inédita. Con el título de El Placer de los Demás, el trabajo fue entregado por Editorial Cuarto Propio.

Es evidente que todas las lecturas son distintas; pero en algún punto del infinito se convierten en una sola. El verdadero drama es lo cotidiano, ese territorio donde todo sucede y nada sucede. Se trata de esa lentísima tragedia que nos obliga a cumplir con el destino señalado. El poeta lo expresa así: «quedarnos en el medio del patio/ hablando solos, mirando hacia lo alto,/ dejándonos flotar/ atemporales/ leves (...) ya sin caminar horizontales por las paredes/ y olvidados de que teníamos que reparar el lavaplatos».

El placer de los demás es en cierta medida la derrota propia. En este país -en este estado de absoluta decadencia de la civilización nada tiene que ver con lo axiológico (a no ser la burda cuestión genital) y por ende la solidaridad y la empatía -ese ponernos en el lugar del otro- han muerto definitivamente. Preocupación que veremos, por lo demás, en numerosos escritores nacionales. Azócar es uno de ellos.

Pero la propia derrota no nace solamente del morbo ajeno, sino que también posee un lado positivo, activo. La derrota es la cínica e íntima satisfacción de estar fuera de la norma de la estupidez y el placer de restregarles tal actitud en la cara a quienes dirigen el tránsito humano en el aparataje social; y más aún, la victoria de haber sobrevivido sin embargo. Hay autores connotados en esta materia. Jesús Ortega, poeta chileno de Malmö, ha dicho «yo cultivo el fracaso como un girasol/ y mi zapato agujereado/ es el teléfono que tengo/ para hablar con las musas». Y ese otro magnífico caraqueño que es Rafael Cadenas proclama «yo que no he tenido nunca un oficio/ que ante todo competidor me he sentido débil/ que perdí los mejores títulos para la vida (...) me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros/ y de mí hasta el día del juicio final».

Pablo Azócar asume el traje o habla más bien por la boca de esos otros, héroes civiles que asume como su propio retrato. Y por otro lado, no se refiere en sentido literal a su experiencia, salvo contadas pinceladas en un relato donde ocupa la primera persona en el sentido plural: «Durante un instante todos/ estuvimos/ suspendidos en el aire,/ mientras la trompeta sonaba/ y sonaba/ y seguía sonando».

Hay un punto del tiempo en el autor se concentra; como una fotografía del instante o la repentida iluminación o el efecto semántico que detiene en el aire su gerundio. Tal interés por describir esa fracción atemporal le permite de pronto comprender a inutilidad de la existencia o el sin sentido del todo. Escribe desde la misma vereda que el individuo utilizara para inventar dioses y filosofías y así responderse por aquellas inquietudes frente al infinito. Pero el poeta aquí nos habla de sinapsis. Estamos juntos con la misma fuerza de lo impajaritable, es decir, de todas maneras. Somos el link posmoderno y la connotación estructuralista; somos el enlace biológico y el químico; no podremos librarnos el uno del otro. O del propio destino, para volver al concepto original de la tragedia. Y ese ver todo de pronto y comprender aquella inutilidad como totalidad, multiplica el sentido de nuestra miseria existencial: «C estaba convencida de que no escribía/ porque le escamoteaban el tiempo: lo que duele,/ dijo esa noche en El Tabo, con los pies hundidos en la arena,/ es verlo todo/ de pronto/ y no poder quedarse el cama».

Sin embargo existe por la otra cara una intención de rescatar al individuo; del magnánimo hecho a si mismo a imagen y semejanza de un creador frente el necio que no existe a no ser que a sus espaldas tenga la institución protectora de la fuerza. Grande es en ello el homenaje a Bobby Fischer en el texto «Los niños sin padre se vuelven lobos». Derrotado, tal vez, por ese gran necio que ha sido George Bush, el más brillante jugador de ajedrez después de Andersen, de Alekhine, de Capablanca y de unos poquísimos happy few, ha de morir enfermo y solo, allá por Reykjavik, para lustre y orgullo del ajedrez de todos los tiempos, y será acompañado en su sepelio solamente por un agente de aduanas, dos funcionarios y su novia japonesa. Su retrato no puede ser más preciso. «Fischer dedicó sus últimos años a escribir un libro/ sobre personas fuera de la ley./ Siempre se consideró a sí mismo un individuo detestable/ y sumamente aburrido». Un texto en similar sentido, pero en el que opone al reconocimiento histórico el valor filosófico -y no el problema ético del anterior- es «Necesidad & pudor» territorio sobre el que juega un rol principal la dupla Alejandro Magno y Diógenes.

Pero el texto -de los 15 que integran el libro- que quizá nos satisfaga a muchos es aquel donde rinde tributo al recordado Gonzalo Millán con una lograda imagen de aquella búsqueda por el definitivo rescate: «Se jubiló el duende con mi enfermedad». Y ahora Pablo Azócar lo hace resurgir en su exacta dimensión, no por el placer de los demás, sino por el de nosotros mismos.

Publicado por

Juan Cameron

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