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Poemas de Eduardo Embry

Eduardo Embry Morales


SOBRE CASAS VACÍAS

No hay casas vacías en estos montes,

que yo lo sepa,

sin un señor

iracundo que pasear;

no hay casas desarmadas sin visiones

de violines o de arpas refulgentes

que no recuerden

a sus ángeles guardianes;

desde una casa desocupada

es más eficaz y veloz el paisaje:

la ciudad

aprisionada entre bloques

disimula mejor sus tragedias,

privilegiada posición,

no hace temer sus levantes.

hay casas colmadas de cuadros,

de muchos árboles genealógicos

que nunca han tenido memoria

ni de un violín ni de un

piano con pata de elefante

una casa evacuada como la que sueño

inspira abrir ventanas,

un delgado hilo en el horizonte,

señores y señoras, salir por el aire

rojo, blanco y azul

de secretos rumores que hacen temblar.

A PLENA LUZ DEL SOL

En una ciudad que prohíbe

fijar la vista en los ojos de la gente,

este pícaro del diablo

comienza a trepar por las piernas

y trepaba con la forma cambiante

de una flor que ha perdido

su cronometría,

vine -me ha dicho galante-

para que este instante

se registre como un sueño,

como un perfume olvidado,

como un fuego desconocido,

(se me va el color de la cara),

me entrega un papelito-

(dice que en otros países

la gente puede mirarse a los ojos,

hacer señales con las cejas,

y que mirando, se enamoran a primera vista

del que pasa).

A una mujer dormida sobre una roca

La mujer que yo amo es una silla,

pensando en ella me he comprado

zapatos nuevos; el hombre

que la tiene es otra silla,

la mujer que a distancia me ignora,

en su cuerpo delgado tiene una carpintería

-eso es lo que me digo yo, pobrecito de mí-

en sus tabiques unidos con goma

se hallan ecos de martillos y serruchos

perdidos en un bosque que ignoro,

maderos y muebles de toda clase;

el hombre que la tiene en esta sala

donde se exhiben diversos muebles ,

es también una silla de malos modales,

está hecho de de materiales ordinarios,

de sus piernas salen locomotoras fugaces,

de sus dientes amarillos que nunca limpia,

salen rieles que unen ciudades principales

llenas de hollín oscuro que cubren todas las cosas,

hoy me he reunido con los vecinos

para reclamar tal infamia: les he hablado

de mis chifladuras, del impropio

enamoramiento de una delicada silla,

la mujer dormida que amo

me fascina más que el pez

que mira una silla, como el gato al ratón,

flotando en el agua;

¿qué haría uno para hacer feliz a una silla?

¿me pasaría toda la vida

tocándola con un dedo? pero el hombre

que la cuida cubre sus sueños

con una manta que tiene olor a comida fiambre;

yo la levantaría en

mis hombros: ‘despierta, mujer, despierta,

deja de ser una silla’

y de esta ruda manera rompería el encantamiento,

dejando en sus manos

mis zapatos nuevos.

Conozco bien este lugar

Conozco muy bien un lugar,

que cada vez que lo recuerdo

desaparece de los mapas,

de un chispazo deja de existir,

con él se borran los ríos,

sin los ríos, ese lugar secreto

que sin que nadie lo piense, del suelo me levanta,

deja existe, desaparece de la sed,

sin los ríos nadie llega a la mar,

por lo menos un vez

al año, se revientan guatapiques,

hombres y mujeres, no dejan de mover sus dedos,

la mecánica de Newton les anima,

todos se abrazan , duran siglos y siglos,

sólo de recordar esta cosas, nadie se muere,

sus montañas también desaparecen,

sin las montañas que bajan

trotando hacia mí, no corre ni una brisa,

cada vez que recuerdo este lugar,

sin que nadie lo quiera me levanto del suelo,

estando yo en el aire

se borran las deidades,

hasta los cerros más pequeños, dicen

‘me voy’, y no más, se van, ya se están yendo,

se deshacen como un puñado de azúcar

para endulzar la vida;

conozco muy bien este lugar,

cada vez que lo recuerdo

desaparece de los mapas,

de un chispazo deja de existir,

lo veo como un barco en miniatura,

ya sin héroes que lo defiendan,

dentro de una botella azul.

Gozos por mi dama

Todos hablemos muy bien

de esta dama que yo no tengo,

digamos sus gozos

cantando, bailando

en un pata; hagamos

una fiesta por fin en su vida

¿cuántos festejos se ha perdido

en esta tierra, su tierra tan sucia?

no hay estoria

que no comience

donde comienzan

sus piernas; no hubo

ángel que viniera a decirle

en algún episodio sagrado:

‘hola, dama de Eduardo

que Eduardo nunca ha tenido,

ahora vas a concebir

sin dolor a dos hijos:

un niña y un varoncito,

de paja no le hicimos pesebre

ni figuritas de yeso tiene su casa;

no vino nadie de reyes

con brillosos presentes, que

ni de oro fueron,

ni de plata, y así

celebramos tantas

vidas, bailando con las

manos en las caderas,

poco le damos al estilo,

con un pie hacia delante,

doy un brinco, pongo

el otro pie hacia atrás;

así pasamos la vida,

desafiando el invisible paso

que acorta distancia, terror de la doméstica

de cada día,

la ‘del tres y la del cuatro’.

Todo sobre mi madre

Quisiera ser quien no soy,

dar señal formidable, muestra

irrefutable de mi enorme poder,

acaso el temor del trueno ya enternecido

después de la luz,

para que todos sepan

que la muerte no es verdad,

pongo mis codos en las rodillas,

tomo la cabeza con mis dos manos,

me quedo quieto pensando

y pensando, así nace una mujer,

por primera vez veo a mi madre,

derecha, grande y gordita

una mujer que sale por primera vez

de su vientre: esta es la Juana Morales de

mi gran amor, dentro

de ese coloso de pura vida

la estoy mirando,

hueca, firme,

hecha de piedra de superior cantera

que viene rodando,

se oyen ruidos, palabras, cantos, risas,

gritos, como duro sueño que trae el río;

mucha gente que habla,

todo sobre mi madre, sus muebles,

sus roperos, de dos y tres cuerpos,

traídos a esta vida como un bazar

de tienda de segunda mano,

y seguirá trayendo todo sus encantos

al lecho de esta tierra:

hijos, hermanos, sobrinos, nietos;

hijos de tres generaciones, más que

estrellas en el cielo, todos alegres

y firmes de ser gente muy buena,

por eso, antes que ninguno haya nacido,

en medio de sus dolores, gente que canta, baila,

arma griterío, quién más, quién menos,

se creen con una misión pastoral en estas tierras;

a nacer, se ha dicho de una naranja

transparente, que sean todos distintos de

aquellos que por mandato nacen

de una disputada manzana,

de aquellos que enferman y mueren,

aquellos que no permitirán

que otros nazcan de una naranja;

quisieran enfermarnos a todos, cuando

salgan y vean la luz, quisieran matarnos,

en este día de viento y lluvia,

esperando afuera de un hospital

que no tiene puertas, simula apenas

unas ventanas,

caballeros de la cola colorada

ayudados quizá por nubes negras,

quizá mañana empujarán

a toda esta gente buena al mar,

las conducirán por precipicios;

pero mi madre, no vino

a este mundo para contemplar tanta lesera;

nacida ella misma de una naranja principal,

con la fuerza estrepitosa de un rayo,

una y otra vez, dentro de mí, dentro de ti,

dentro de los demás, esta Juana Morales

se abre en dos,

comienzo yo mismo a nacer,

a la vez que mi madre nace

derecha, grande y gordita.

Atenea, la muchacha de los ojos

de lechuza, hace tembladera en los árboles,

para que yo no me ponga triste

La muchacha de ojos tan de lechuza,

pasitos cortos se acerca, quiere que toque

sus huesos, su carne, ‘soy, me dice, como todas las mujeres’, doy un pie atrás, pido auxilio

al lector de estos versos para que me ayude,

llamo por teléfono al mejor de mis amigos,

¿la toco, o no la toco?

‘toque usted por mí’,

y toco, como me mandan el lector de estos versos

y el mejor de mis amigos, huesos blancos

tomados de una piedra; carne blanda - ideal en occidente

para reclinar sobre ellos mi cabeza,

lo estoy soñando, largo viaje le concedo,

‘mi padre aún no ha retornado de la guerra’,

nadie es dueño y señor de un cuchillo propio;

en defensa personal nada está escrito;

el lector de estos versos me ha de ayudar:

‘mire hacia arriba’,

tarde viene el aviso; volando pasan los pájaros

se llevan el metal afilado asido en el pico;

los muertos hablan con la voz de otras personas;

el lector de estos versos me ha de ayudar: ‘prepara tus alforjas’;

la muchacha de los ojos

de lechuza, se lanza como un soplo sobre mí,

se mete en mi cama, y como es una especie de mujer encantada, estando ya dentro de mi cuerpo,

empieza a hablarme; dentro de mis tripas sus palabras hacen echo, ‘hay que retornar

a tu padre a la mía patria’, y tomando el aspecto

de mi esposa Penélope, convierte el momento

en una atmósfera agradable;

dos amantes, nunca en un solo corazón;

ni con todo el oro que no tengo

podría pagar en esta vida

tan deliciosos licores dulces;

con el alba me levanto,

calzo mis zapatos con alas,

volando me voy a remotas regiones;

el amable lector de estos versos ha de ayudarme:

‘¿ha visto usted a mi padre? es pequeño de estatura,

no más – como yo - de un metro cincuenta y cinco,

y al andar, se mueve con una pierna floja’;

para que yo no me ponga triste, Atenea

aquella muchacha de ojos tan de lechuza,

hace tembladera en los árboles,

un mar de hojas cae en mi lecho,

una sola cosa es muy cierta:

la lluvia no viene del cielo,

cae del verdor de los bosques,

con el oxígeno que me traen,

me pongo alegre.

Todo el día de hoy será domingo

Como un ropero transparente

me sigue a todas partes una casa residencial,

donde Spencer el Terrible

se pasa todo el día

dándome golpes en la cabeza;

por lo menos, una vez a la semana

esconde bajo llave

el jabón y el papel,

me quita la comida del plato;

detesto esta casa

por tener sus paredes recubiertas

de esponjas;

a mí me alegran los gatos

y los ositos de felpa; si no fuera

por el miedo terrible que yo tengo

a los árboles ingleses, de un salto

escaparía por la ventana hacia el bosque;

recojo del suelo la comida

que cae de la cuchara a la boca;

me rasco la cabeza porque me pica;

las paredes de esta casa amarilla

están recubiertas con esponjas

para que Spencer el Terrible

no se dañe la cabeza;

no hay muebles para deslizar,

solo un sillón de goma

que no hace ruidos; yo mismo

ya no danzo

como danzaba; ya no salgo

en bicicleta como solía; me imagino

que recorro las playas del Cumanagoto;

todo el día de hoy será domingo,

por aquí ya no quedan iglesias con torres altas,

las que había - de melodías famosas

que rascaban el cielo,

hace ya mucho tiempo

las mudaron a la luna.

Para mover el mundo

Para mi tocayo Eduardo Gasca

¿Dónde se pudiera dar

con la poesía de la i latina de los amigos,

que siendo la que es

se identifique consigo misma,

como el roble lo es con el roble,

la montaña fiel

con la montaña al pie de la nieve

¿dónde poder hallar ese punto fijo

para sostener mis herramientas,

quizá sea con la i [la i del sexo

que todo mueve en este mundo]

la oreja que tiene forma de tus labios,

clave de la física escolar, hacer corazones

y flechas enlazadas,

tal vez con un punto que abarque

todas las colinas de este país, de aquí

a veinte millas hacia el horizonte, tal vez

así lo sea aquella i latina de los amigos y camaradas,

que pillen de sorpresa al traidor

tendido

sobre la zeta señorial, que le arranquen

un testículo, que lo inflen en el aire,

y camino al infierno,

que revienten sus colores en mil pedazos,

y tal vez, quién lo sabe, con la a [ abierta, aquella de todas las democracias]

la a de las olimpiadas

que suelen venir para mí, en medio de un gótico abecedario,

con una antorcha encendida; un guante

de boxear, el mejor de los campeones, que venga,

la nariz del contrincante;

busco, he dicho y repito,

por cielo y tierra, un granito de arena

para echar a correr, como tortilla loca,

lo que de las palancas explican, corazones y flechas enlazadas, la i latina de los amigos de la matica,

un punto de apoyo busco

para levantar la poesía.

Tercera fábula de Ovidio

Para Capa

Manos con jabón

no retienen a nadie,

y para hacerse más veloz en la huida,

ella misma se pone plumas

como alas que vuelan en sus pies,


a gritos suplica: “padre mío,

haz que me trague la tierra”


y ella, que era la hierbita más tierna

que crecía en estos cerros,

se cubre de corteza,

en sus pies le salen raíces,

brazos y cabellos,

se cubren de hojarasca;


nadie la puede ver,

y el campeón que la seguía,

detienen su veloz carrera,

“qué bello es este árbol”,

sin saber quién era, a él se abraza,

sus corazones hacen ruido.





Como Moisés mirando a Valparaíso desde lo alto

Entonces, subí a la cima

más alta de estos cerros,

y consolando, más como poeta

que corredor de propiedades,

me dije:

“he ahí la tierra que Dios

nos ha dado”,


abajo y en la lontananza

se ven los montes, los llanos,

la tierra con sus manchas

de verde intenso y sus claros y oscuros,

árboles con frutos rojos,

amarillos y oscuros,

jovencitas y jovencitos

-para escoger- rubios como el trigo,

todo a la mano;


después que murió Moisés,

esa visión dada desde arriba

como un cuerpo después del crimen,

puede que desaparezca y aparezca,

una típica página arrancada del cielo,

pero no los avisos de sus enemigos:

“he ahí la tierra y sus diversos paisajes,

hijos míos: sólo para ver

y no tocar”.




Publicado por

Eduardo Embry Morales

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