Retorno
Poemas de Gabriel Chávez Casazola
Gabriel Chávez Casazola
Ahora que las mujeres que amé o me amaron frisan la cuarentena
y los tres o cuatro perros que tuve
(pues nunca me compraron la oveja ni el papagayo que pedía)
se han encontrado con San Roque, el peregrino.
Ahora que ya no existen varios países cuyas banderas dibujaba de niño, como
Yemen del Norte, Yemen del Sur, Transkei, Ciskei y
Boputhatswana.
Ahora que
mis hijos pequeños están grandes
mis máquinas de escribir yacen en la basura
y enhebro mis poemas en una pantalla
escribo mis cartas en una pantalla
encuentro a mis amigos en una pantalla
y hasta leo a Stevenson en una pantalla
prosiguiendo nuestra vieja conversación
que no han podido interrumpir los bares y la suerte,
me siento algo extraviado, confundido
como un humanista o un místico en el siglo XXI
y sólo puedo esperar como regalo
por favor
un GPS.
Memento mori
Ni el arco que contempló las pomposas victorias de César Marco Aurelio Antonino Augusto
ni aquél que casi fue rozado por la tiara del Papa Rey erguido en una cabalgadura
preciosamente enjaezada
ni ese otro que vio al Gran Corso desfilar con sus tropas en el cénit
de su tardío imperio decimonónico
y ni siquiera el pequeño seto de pino bajo el cual paseaba el Libertador, hombre más bien
menudo,
en la quinta de San Pedro Alejandrino,
cobijaron el mismo poder
que el arco que forma tu cintura
ni celebraron mejor
la frágil duración
de los reinos y el reino de este mundo
que la curvatura de tu espalda
cuando mi mano, en el alba, la atraviesa.
Beyond the rainbow
Al viajero le fue dado una mañana conocer el lugar donde termina el arcoíris
el más allá del arcoíris
el tesoro enterrado a los pies del arcoíris,
poner punto final a todas las magias y misterios que los hombres hemos imaginado
sobre (y debajo) de los arcoíris.
Me explico mejor. Una mañana
el viajero (extenuado acaso de tanto buscarlo)
recibió el don de contemplar la totalidad del arcoíris.
Sobre las nubes, desde un biplano, lo vio dibujarse perfectamente
rotundo
redondo
circular como solo los círculos saben serlo.
Así supo
que los arcoíris no tienen final
(ni tampoco principio),
que no tienen más allá
ni lugar a sus pies donde enterrar tesoros.
Pero os prevengo, desatinados lectores, que esto no puso final
ni mucho menos
a la magia y misterio de los arcoíris.
Por el contrario, les confirió la especial dignidad
que solo las esfinges sin secreto
suelen atesorar
en algún lugar
beyond the rainbow
somewhere over the rainbow;
esto es,
justo
allá,
donde termina
(y comienza)
el arcoíris.
Paso de Ecuador (o Amor 77 revisited)
Poner la pila al reloj
encender el celular
y
–como aquellos olvidados personajes de Cortázar-
levantarnos, bañarnos, entalcarnos, perfumarnos, peinarnos,
vestirnos
y así progresivamente
volver a ser lo que no somos
o lo que somos,
que es aún peor.
Bola de cristal
Él puede leer los ojos de los niños, sabe
qué será del mejor alumno de la clase
y del niño becado y de esa alta morena.
Paladea un Jack Daniels lentamente
en la esquina del bar.
Sus ojos están fijos en el fondo del vaso.
Ya no quiero mirar ya no quiero mirar.
Descansa en la hierba
¿Quién mató a Norma Jean?
Yo, respondió la ciudad.
Como deber cívico, yo maté a Norma Jean.
Norman Rosten
para M.
Descansa en la hierba, muchacha,
de tu sueño de anorexia y plastilina
de tu destino sudamericano de Amy Winehouse criolla
de ese t shirt rosado con dos círculos de púrpura en los senos.
Descansa, ven, sobre la hierba.
Olvida la ciudad de estiércol que te tocó en mala suerte;
que el Leteo disipe las palabras melifluas y los gestos
equívocos
de los muchos que decían quererte pero no te querían,
arrojándote piedras hasta tapiarte el alma.
Y descansa también, por qué no, muchacha de piel láctea,
de quienes sí lo hacían a su modo:
de tu hermosa madre con ínfulas de grandeza ferretera,
de tu padre invisible y acaso cariñoso,
de tu espigada hermana, la morena y distante, que pude haber amado.
Y hablando del amor,
descansa de los amantes y las amantes
–si cabe llamarlos tales–
que arrugaron tu cama.
Descansa en la hierba, muchacha,
de esa ciudad maldita.
Rest in peace.
Soledad del vampiro
Me busco con desespero en los espejos,
mi risa triste entre sus vacías lunas.
Quisiera, a veces, poder peinarme recta
la raya del cabello, saber cómo es mi rostro
de imposible Narciso.
Lo que escribí en el vientre de mi madre
ante la luz desaparece
Eugenio Montejo, ¨Letra profunda”
Sabrás disculpar, madre, no lo hice aún, pero un día de estos construiré la casa de tus sueños.
En mi descargo, debo decir que fue imposible hasta aquí levantarla por falta de monedas.
No me enseñaste a acumularlas ni yo pude aprenderlo por mí mismo, y no sabes cuánto, en algunas ocasiones, lo lamento.
Puntualmente, cada mes, tras cobrar tu salario de maestra, me enseñaste a elegir libros y a comprarlos, mas no a ganar dinero.
Puntualmente, cada día, tras cumplir tus deberes de maestra, me enseñaste el color de las palabras, su sabor, su textura, hasta su aroma.
De las palabras de Stevenson y Dickens y Wilde y Julio Verne y Lewis Carroll llenaste mis días y mis noches –pongo al conejo blanco por testigo- mas no de las 100 maneras eficaces de hacerse millonario (en tapa dura).
Por eso, terminando este breve descargo, sabrás comprender, madre, que te estoy muy agradecido –no sabes cuánto, siempre- por haberme presentado a las palabras,
y a la vez que lamento tu habitar una casa pequeña, demasiado sencilla, no como la que te merecieras.
Sé que no tienes en ella espacio suficiente para poner tus libros y las telas que pintas, que es eso lo que acaso más lamentas y no la falta de un salón amplísimo donde lucir jarrones con orquídeas.
A propósito de flores, es verdad que a ti nunca te gustaron suntuosas o cultivadas, ni tampoco los jardines de diseño.
Prefieres –o preferías, he de decir, me temo, un día- los jardines agrestes y las flores del campo, esas que nacen, espontáneas y blancas, cual unas leves pinceladas puntillistas.
Por eso te hago esta tarde una propuesta: construirte, por fin, la casa de tus sueños; levantar sus paredes con palabras vehementes, encalar sus ladrillos con voces luminosas y guarecer sus cielos con palabras veraces. Habrá todo un salón de palabras, lo prometo, para poner tus libros. Será amplísimo y hasta podrá tener jarrones con sonidos de orquídeas.
Mas hay algo que yo no podré hacer, madre, y lo confieso. Y no será por falta de monedas.
Yo no podría cultivar un jardín a la medida de tus expectativas, pues ya sé que te gustan los jardines agrestes.
Por eso modifico –o mejor, enderezo- mi propuesta inicial: yo levanto la casa de palabras de tus sueños y tú pintas las flores campesinas.
¿Qué me dices?
Publicado por
Gabriel Chávez Casazola
En poesía ha publicado Lugar Común (1999), Escalera de Mano (2003) y El agua iluminada (La Hoguera, 2010), seleccionado entre los 12 mejores libros bolivianos de 2010 por escritores, lectores y críticos consultados por el suplemento “Fondo Negro” de “La Prensa” de La Paz. Sus poemas han sido traducidos al italiano, portugués e inglés, y están recogidos en antologías y revistas literarias de su país, de México, Nicaragua, Brasil, Portugaly Chile. Ha participado en varios encuentros internacionales de poesía e impartió talleres del género. Publicó además un libro de ensayos, otro de crónica periodística y editó una Historia de la Cultura Boliviana en el siglo XX (2005 y 2009), premiado como Libro Mejor Editado de 2009 por la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz. Como periodista, fue editor y columnista de importantes periódicos de su país. Entre otros premios, el Estado boliviano le concedió la Medalla al Mérito Cultural.
Gabriel Chávez Casazola