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Bueno es el cilantro

En Chile, un país donde los poetas no dejan ver la poesía, resulta reconfortante toparse con alguien que realmente escriba y, además, lo haga con talento y extraordinaria gracia. Es cuanto sucede al leer a Roberto Bescós. El poeta sanantonino, autor de seis poemarios y un ensayo, acaba de publicar Cilantro, su antología poética, bajo el sello de la Editorial Economías de Guerra en la colección Buzos Tácticos.

Extraño nombre y arriesgado, resulta el elegido por su autor; se expone a la obvia crítica de algún bromista, en el sentido "que bueno es el cilantro, pero no tanto". Las connotaciones que de seguro Bescós ha trabajado establecen vínculos con su personalidad, su historia, su imagen de poeta pueblerino con cierto áurea de bondad natural, tópicos que lo acercan a la figura de Jorge Teillier entre otros héroes civiles. Y es claro, aquella hierba humilde y de olorosa rama, crece al lado de los arroyos sin que nadie lo advierta y sirve, téngase presente, para adobar los mejores manjares que invitarán a la carne en la fiesta de los elegidos.

Pero es tardío el autor. El primer conjunto importante de poemas lo publica casi en la treintena. Maduro ya, aporta con ciertas alteraciones sintácticas que, con prontitud, hacen reconocible su estilo. Ese tipo de lenguaje suena, a veces, arcaico, como de español antiguo y olvidado; gesto más destacable aún por el uso de la i en lugar de la y copulativa: "Podré estar el tiempo que se me ocurra/ en el descolorido escaño (...) a nadie preocuparé con mi actitud insocial/ podré accionar hasta el arma secreta/ a vista y paciencia,/ demostraré a mis duendes/ que la profesión más fácil es la de pasar/ inadvertido". La gracia de este texto, publicado en plena dictadura, estriba en la ironía por el intento de hacerse invisible en un país plagado de soplones y cabrones.

Siete años después aparece Artesanía en duendes. Este registro es una reafirmación de las señaladas características: "Tuve en mi patio un perro./ Adiós le oí ladrarme el día ese;/ tan sin él quedeme que perdí la alegría". Estilo propio en crecimiento, pronto se identifica con un sonido muy nacional y telúrico ya observado en Pablo de Rokha y, hoy en día, en José Ángel Cuevas: "En mi país tengo este patio,/ un chilenar verdecito de algas./ Amo el pueblo de mi patio,/ glorias, garzas, carmelos, algas". El paralelismo entre patria y patio juega en varios niveles de connotación.

Entrañas contribuye con varios poemas a esa antología ideal y colectiva. Un hermoso texto -El puente que conocíamos nosotros- puede interpretarse como un arte poética o, quizás, como una suerte de reflexión sobre su propia trayectoria. La amplia significancia de los elementos que su particular oficio le exige en esta página, cobra una intensa carga metafórica: "El puente se lo fue comiendo la cuadrilla/ i sin quejas sometiose puesto que no había/ para qué. Su vida se había hecho/ trabajando en cruzar gente en doble sentido/ quebrando el lomo al sufrir los terremotos/ enfermo estaba i soportaba todavía". La comparación resulta casi obvia.

De aquel poemario nace el nombre para la recopilación. Atmósfera del cilantro entrega los elementos y las claves en las que Bescós sustenta su poesía. Ciertas palabras y giros son aquí sintomáticos; nos habla de la dulzura, del "sabor de un universo que duerme", de las frescas huertas y de las viejas albas y de esa fiesta que fue la secreta infancia. Es quizá este volumen el más cercano a la corriente lárica provincial y nacional.

Matanoche, libro aparecido en el cambio de siglo, lo integra una serie de textos epigramáticos, de inteligente observación, a veces similar a un cuaderno de apuntes. Más cercano es Plus, aparecido el año anterior, con trabajos de mayor envergadura y consistencia, en los que el individuo canta a si mismo e intenta una breve revisión del camino: "soñaba en mis sueños con llegar a ser un gran actor/ crecí i no fui actor quemose la leche/ i me perdí a la catherine deneuve".

Cierran el volumen dos cuadernillos inéditos -Cantos de vigilia apocalíptica y Memorial de la noche- conjuntos donde su natural desfachatez suelta la pluma y su amplia respiración vuélvese protesta y recuerdo. Una declaración inicial lo identifica con los suyos: "No vengo al canto porque sí, por razones cortas, por las puras/ a irritarme una locura porque el pan tal vez no es pan/ la mala onda cuando llega muda llega, sin convite". Y casi al cerrar el libro un texto mayor, La octava oscuridad de la noche, nos sorprende y conmueve. Es un canto a su madre donde intenta, a través del llamado, reconstruir la figura de aquellos que en el horror de la dictadura se fueron para siempre. Su voz resulta, como en los versos, la claridad que viene a disipar esa niebla.

Y es justamente en la presentación editorial donde se afirma (o reafirma) que el género adolece de "hipertrofia congénita en nuestro sistema cultural". Pero en la oposición de neologismos entre productor y prologador, el primero aporta lo creíble y lo certero, a diferencia del lenguaje recargado e innecesario del prefacio. El poeta nos prueba, de todas maneras, que es falsa la afirmación popular; que el cilantro es bueno porque es bueno; y punto.

Roberto Bescós Concha nació en Santiago, el 22 de junio de 1952. A los pocos años su familia se traslada al puerto de San Antonio, donde actualmente reside. Estudio Filosofía en la Universidad de Chile, carrera que abandona al producirse el golpe de Estado. El año 2006 funda el Centro Cultural Pato Yeco y ha sido director de las Revistas Trapisonda y Caballomar. En 1994 le es otorgado el Premio Municipal de Arte de San Antonio. Ha publicado Encuentros más que cercanos (con Víctor Jiménez, 1981), Tiempo sin raíces (1981), Los Tres Moscritores (con José Muñoz y Alejo Lucas Romero, 1985), Hoja de servicio (tríptico, 1987), Artesanía en duendes (1989), Cochambre (cuentos breves, 1990), Entrañas (1994), Estudios en pasado, en presente y en futuro (ensayos, 2000), Como la savia (2002), Matanoche (2002) y la presente antología Cilantro (2007).

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Roberto Bescós

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