El testamento de Gonzalo Rojas
No sé si Gonzalo Rojas ha muerto. No se murió esa tarde, en casa de Hugo Zambelli, la misma tarde que dejó de fumar y prometió no tomar tanto luego de zamparnos, al almuerzo, unas cuantas botellas de buen vino tras un enorme copón de cerveza que, horas antes, nos habíamos bajado en La Vertiente, un boliche frente al Parque O’Higgins. Y no se muere ahora, otoño de 2011, en ese tránsito infame en el purgatorio al que lo ha condenado un derrame cerebral. «Los días van tan rápidos que la corriente oscura de toda salvación/ se me reduce apenas a respirar profundo...» No, de ninguna manera, Gonzalo Rojas no ha muerto y su delirio por este mundo continúa iluminando y, esperamos, lo siga haciendo por algunos años más.
Materia de Testamento es uno de sus tantos títulos. Es imposible referirse a cada uno de sus libros; su poesía es una sola (magnífica excusa) y este ejemplar que reviso en el otoño del norte, allá por septiembre de 1990, ha sido publicado por Hiperión, en Madrid, a finales del año anterior. Lo había terminado de escribir en Berlín hacía poco gracias a una invitación oficial que le hiciera la Deutscher Akademischer Austauschdienst.
Ya han pasado o están pasando , Salve Oh dioses, los tiempos del exilio maldito, de aquel domicilio en el Báltico: «barrer entonces/ la escalera cada semana, tirar la libertad/a la basura en estos tarros/ grandes bajo la nieve,/ agradecer,/ sobre todo en alemán agradecer,/ supongo, a Alguien». La obra que reviso esa tarde de septiembre, hace ya más de dos décadas, incluye la entonces última producción rojiana e incorpora, como ya es tradicional en ese autor, poemas aparecidos en diferentes libros, desde La miseria del hombre hasta ese más reciente, El alumbrado. Reproduce a manera de prólogo un texto autobiográfico leído por primera vez en la Universidad Libre de Berlín, el 28 de junio de 1988, que lleva por título «De dónde viene uno».
En mi caso, sé perfectamente de dónde vengo. Aprendí a leer poesía, digo de la buena, en la pieza de atrás, en Calle Valparaíso 531. Urgando en los cajones que mi padre había dejado el irse, encontré un ejemplar de La miseria del hombre, el original de 1946, rayado con obscenidades de mi progenitor. Al parecer no le gustó su poesía; demasiado moderna, tal vez. Y yo, que algo entendía de libros y valores, lo hurté y mantuve durante muchos años. Hasta 1973, cuando salí de Chile y hube de venderlo por necesidad. Sabía que me iba a doler. Después me encontré con Parra y juntos ambos me enseñaron cómo olvidar a Amado Nervo y a esas tontas antologías de poesía universal.
Rojas es hasta ese momento uno de los mayores poetas vivos de Chile y del idioma, y su residencia está en Chillán, en una pequeña propiedad semirural bautizada como «La torre del renegado». Pero allá, hacia fines de los 80’s y comienzos del 90, solía pasar por temporadas en los Estados Unidos donde ejercía como profesor titular en la Universidad de Brigham Young. Se trata de uno de los importantes de la no menos importante Generación del 38, aquella desarrollada a comienzos de los avatares más violentos de la historia contemporánea y que aún mantiene su influjo en la actual poesía. «Ese momento -nos relata el vate- se distingue por una mayor conciencia crítica del lenguaje y cierto proyecto de diálogo con el mundo, tal vez más coherente y lúcido, aunque sin duda menos creador que el de los grandes volcanes de la década del veinte».
Dos grupos destacaron, entre varios, en aquella promoción. Los «angurrientos» por lo de hambreados o hambrientos, y los de la Mandrágora, de la que forma parte en un comienzo. Después aclara: «lo que me hartaba del grupo mandragórico era su afrancesamiento literatoso y su falta de genio, por qué no decirlo, aunque -a escala del Chile de esa época- debo reconocer que el pequeño conjunto era el más deshinibido y el más letrado». Lo conformaban Braulio Arenas, ya fallecido, «aunque de hecho se nos había muerto el 73 cuando cambió la centella surrealista por un mísero Premio Nacional», junto a Enrique Gómez Correa, Teófilo Cid y Jorge Cáceres (todos ya necesariamente fallecidos al revisar esta nota).
El poeta es hiperbólico -exhuberante, me grita Virginia desde su taller. Su elogio exagerado, aunque inmerecido, me enorgullece: «A mi poeta y hermano Juan Cameron, cuyo Perro nos profetiza a todos,/ Gonzalo,/ Valpso., a 2 de marzo./ 1980» dedícame en su Transtierro esa mañana del Parque Italia. Exageración y mesura llevada hasta la saciedad constituyen su estilo. Su poética es su vida misma, su vida de Gonzalo y de Rojas inscrita como un personaje en su escritura. Sus influyentes, reconocidos de inmediato, los retrata así: «Vallejo, por ejemplo, me dió el despojo y desde ahí el descubrimiento del tono; Huidobro, acaso, el desenfado; Neruda cierto ritmo respiratorio que él a su vez aprendió de Whitman y en Baudelaire; pero yo gané el mío desde la esfixia». Y también Borges -lo cita- recurre en su oficio de testigo.
La palabra como instituto lingüístico recobra en él su código diacrónico. La palabra que tamizada por la historia -ya se ha dicho- basta para contener su propia ideología: «pienso que si en alguna medida pueda hablarse de originalidad, ella debe verificarse en el lenguaje y no en los alardes de invención. La poesía se hace con palabras, querido Mallarmé, y no con hechos o situaciones; o buenas intenciones». Porque las palabras son las sombras de los hechos, como la lluvia y su padre y ese Lebu original que rescata en su magnífico poema Carbón.
Habrá de esperar un par de años por el mezquino premio. Este le llega el viernes 13 de noviembre de 1992: «al que calla y por lo visto otorga el Premio Nacional,/ al exilio un par de zapatos sucios y un traje baleado». Es uno de los últimos reconocimientos merecidamente otorgados; después vienen otros; unos pocos. Yo pensaba, y lo sostuve por años, que el régimen dictatorial, en su afán de controlar todos los espacios, había causado ese daño irreparable a la trayectoria del reconocimiento iniciado con Augusto D’Halmar.; y estableció la norma. Pero no, con dolor me enteré después que había sido la última Ley de Presupuesto del presidente Allende la que, al aprobarse, produjo este fenomenal daño a nuestra producción. Habrá que averiguar como se hizo, Gonzalo. Y acusar también que hoyoy es un galardón tirado a la chuña por ignorantes y en favor de aparecidos. Gonzalo Rojas, dílo; denóstalo. Y no te mueras nunca.
Pero Gonzalo no escuchó esta vez. Partió la madrugada del 25 de abril de 2011.
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