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Las Cien Canciones de Eduardo Peralta

Nuestra generación no se había gastado aún cuando de jóvenes padres, por las mañanas de domingo, cantábamos a nuestros hijos, La Internacional, Torna a Sorrento y las Alturas de Macchu Picchu habiéndole coro al Gato Alquinta. Y un buen día se agregó a ese repertorio las recién aparecidas creaciones de un muchacho, estudiante de periodismo de la Católica de Santiago, llamado Eduardo Peralta. El joven titiritero, Golondrina chilota, El hombre es una flecha, fueron melodías grabadas a fuego en esa época odiosa, difícil y sin embargo cargada de mística en la esperanza de una patria libre y nuestra. Porque Eduardo Peralta es precisamente una de aquellas figuras aparecidas en escena, allá por los 80, en plena dictadura militar. Y como buen ochentista, carga la imagen de individuo incorruptible, de los mismos intencionadamente olvidados hoy en casa, expulsados de la cena del poder; pero no se trata de cualquiera. Apreciado en Francia se le nombra Caballero de las Artes de las Letras y ese mismo 2004 recibe en París, junto a Georges Moustaki, el Grand Prix Sacem entregado por los autores y compositores de Francia.

En aquellos primeros años era invitado al Festival de Poesía de Rotterdam, el Festival de la Canción de Berlín, donde aparece junto a Daniel Viglietti en el Berliner Ensemble, y actúa con Gitano Rodríguez en la Casa de la Cultura de Bobigny. Los exiliados chilenos le otorgaban ya su reconocimiento.

Esta reacción resulta comprensible en tanto su discurso es ético, burlón, de intensa melodía e intenso significado también. Peralta es más que un trovador un bardo, un poeta que ocupa los secretos recursos del oficio para encantar y convencer. No concedió a ese tácito acuerdo nacional que impedía referirse a la injusticia, a la pobreza extrema, a la nulidad jurídica y moral de un sistema impuesto primero con sangre y luego bajo permanente amenaza. No supo callar a tiempo; por el contrario, Peralta apunta, remueve la costra, se ríe a carcajadas de la estupidez reinante.

Recibir sus 100 Canciones el año 2007, aparecido bajo el sello de Editorial Genus, resultó una refrescante ducha para la memoria y el corazón. Tanto, como desempolvar ese disco compacto que nos enviara a finales del siglo pasado -pero el mismo en que vivimos- llamado Trova Libre, con nuevas piezas de antología, insolentes, claras, liberadoras, como Canción a tu ex marido, El jaguar o Antigua historia de amor. Piezas que rebosan ternura, nobleza y una alegre ironía una vez más.

Salud y canto para todos/ es la consigna de nuestro amor/ y será cómplice y hermano/ relampagueante y liberador entona Peralta y cumple con lo dicho en el territorio de la memoria. Estos son, testifica, quienes allí estuvieron, los náufragos salvados a sí mismos a puro estilo pecho, los nuestros. Imágenes de él con sus amigos poetas, intérpretes y grupos musicales aparecen acompañando sus letras. La revisión aporta algo de nostalgia sin que ésta se haga obvia o quejumbrosa. Thelmo Aguilar, colega porteño, conductor y creador del espacio radial Difusión Latinoamericana, nos regala una muy buena definición del volumen. Se trata de una historia narrada en fotos; de nuestra historia.

También Fernando Ubiergo, quien prologa estas páginas, aporta con un buen retrato del artista. Dice: «Eduardo Peralta, trascendente y cotidiano, tiene la formidable capacidad de transportarnos con sus relatos, subidos en aires de ironía, humor, crítica social, amor y ternura. Un denominador común, su ingenio, su humor inteligente, el verso de sólida factura, que recoge y recrea las mejores tradiciones en su privilegiada pluma»; para terminar con un merecido «Chapeau, maestro».

Tras estas características hay un sostén estructural y que él ha definido en un aclarador verso: «ser libre he decidido». El tema, Los tres caballeros, se refiere al jerarca del Partido, al Papa recién ungido y al General, sospechosos sujetos que piden la vida en beneficio de sus intereses; pero sin que se la jueguen ellos. Por otro lado, además, la gracia de sus textos crece por la extracción de palabras arrancadas a otros órdenes lingüísticos -solemnes, históricos o patéticos- para hacerlas funcionar en el discurso cotidiano. Esto connota fuertemente el texto, lo recarga de intensidad y transforma los términos en objetos de consumo y de goce común.

100 canciones reúne importantes piezas de este autor. Aclara, además, como creaciones propias algunas que el receptor apreciaba como traducciones. Y aporta conel testimonio de una época archivada en el olvido por las razones ya conocidas.

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Eduardo Peralta

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