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Solos, de Xavier Oquendo

Llama la atención su título –la palabra Solos- que entrega de inmediato las posibilidades del juego escondidas por ella. El término contiene en si los fonemas de sol (unidad creadora o el único Dios conocido), de los solos (especie en la que al parecer nos identificamos) para reunir en ella, casi como en un oxímoron, la pluralidad de un concepto que es único, personal y, por lo tanto, muy privado. Es un término sin solución; resulta lo mismo leerlo en un sentido o en otro. Siempre se llega a la soledad. Y este palindromo lo anota al referirse a este poemario, descubro después, la escritora Carmen Váscones. ¿Qué declara el poeta con esto? ¿Está solo o es el individuo de esa especie mayor separada de algo, o abandonada por el tiempo? ¿O acaso alude al sentido de «los otros», de Jorge Enrique Adoum al referirse a este país en la cima del mundo? ¿O es la soledad del que ha perdido ya la mano extendida y el pañuelo de que nos habla Rubén Astudillo?

Cuanto si queda claro es la sensación –ya repetida para los viajeros y también para el lector en la contraportada de este volumen- de caminar entre la multitud y de ser un ente autopoiético (vivo), irremplazable, indivisible; pero al mismo tiempo invisible; pues si observamos a los demás a nuestro alrededor, unos juegan naipes, otros escuchan su propia música con orejeras y lentes en la nuca o pasan simplemente portando platos silenciosos, o regresan con maletas entre las mesas, o circulan raudos en sillas de ruedas o en monopatines u otros aparatos mecánicos; pero todos, o casi todos, hablan en un código desconocido y lejano, sólo para recordarle quien es: aquel centro del mundo ignorado por ellos. Es decir, para recordarle que está solo y sin embargo tiene en sí mismo conciencia del medio.

Otra forma de acceder a los límites de esa palabra: solo –o de soledad, que es su condición más evidente, la podemos escarbar en las líneas de Émile Michel Cioran o en las de Mario Benedetti o en las de tantos autores. Pero ninguno, tal vez, nos dará una visión completa, sino más bien una apreciación muy personal. En verdad la poesía es el oficio del solo y tanto aquella como la filosofía –que no son sino una misma mirada del entorno; pero desde un ángulo denotativo o connotativo según el caso- indican este singular camino a quienes las practican.

Tempranamente en el libro el poeta nos señala: «Aquí soy otra cosa a la que temo./Soy una soledad que grita en lenguas,/ que vibra como un mar mientras tu menguas/ en plena tempestad de un cielo lleno». Y algo de ese Antonio Machado de Soledades (lo habrá de citar Oquendo más adelante) aparece en el oído cuando afirma: «Son buenas gentes que viven/ laboran, pasan y sueñan», que «no conocen la prisa/ ni aún en los días de fiesta./ Donde hay vino, beben vino; / donde no hay vino, agua fresca».

María Zambrano, esa hermosa malagueña que fue, decía que «el poeta olvida lo que el filósofo se afana en recordar, y tiene presente en todo instante, lo que el filósofo ha desechado para siempre. El poeta se desentiende de la reminiscencia que despierta a la razón, y ésta está en vela ante todo lo que el filósofo ha olvidado». De todas maneras, observamos, ambos trabajan en un espacio donde nadie más tiene cabida, en un espacio donde la exigencia del entorno apenas los alcanza a riesgo de, al intentar compartirla, escapar a su esencia (o razón) en pos de un recurso de inteligencia. «Solitário e diverso, dou as horas/ uma alma diferente de tua alma (…) E em onzas frentes, brilha o que pensamos,/ sombra do que sentimos e narramos/ as horas consumidas pelo tempo», rafitica nuestro Ledo Ivo.

La visión entregada por los diccionarios –aislamiento o confinamiento, falta de contacto con otras personas- se refieren a esta condición bajo un sentido de morbosidad evidente, para rescatarla sobre un campo muy restrictivo, como condición de monjes o de otros iluminados; por no señalar, me parece, directamente de los enajenados. O, con cierta generosidad, se define en ella también a la condición de único en su especie o de separado del todo; o, está claro, sin compañía.

Tal es el sentido del epígrafe de Eduardo Galeano que Oquendo cita al iniciar el libro. La condición del agutipaca, el último cuy del monte, que pasa las noches caminando en círculos o se esconde en el día en el hueco de un árbol caído. ¿Se trata acaso el poeta? ¿Es la del visionario que solamente puede elucubrar a oscuras y entiende que su entorno ya fue destruido? Tanto el poeta como el filósofo comprenden el espectáculo del mundo y lo describen en su plena actualidad; pero serán leídos con suerte medio siglo después para erróneamente motejarlos de adelantados a su época.

En todo caso es preferible la definición del poeta, esa del encontrarse con uno mismo sin embargo. Se halla por un lado en los versos primeros de Jorge Carrera Andrade cuando describe: «Habitación callada, llave en la cerradura,/ paciente soledad, mi panal de dulzura./ Sólo el cansado grillo que bajo de la puerta/ canta es mi humilde amigo ante la tarde muerta», cuyas reglas decreta ahora el poeta Oquendo: «El solo está exento de figurar en catálogos (…) No irá a la misa de los otros./ Deberá buscar a un Dios independiente (…) persignarse mirándose en su espejo (…) El solo no está libre de ser libre».

Ya avanzado en sus páginas el poeta se refiere al Nacimiento del dolor, elemento esencial de su condición o existencia. Los mitos que construyen día a día nuestro imaginario se empapan del deseo y de esa bíblica visión que la cultura entrega al poeta: «Porque la única meta de la especie/ es la alcanzada por Salomón/ en los Cantares de la Bella Sulamita». Es el paso del tiempo el que hace al solo, al solitario, y este tiempo se precipita como memoria y como camino. «En ese puerto donde guarecen mis memorias» sostiene así un Prometeo encadenado a su sombra, «allí apareces». Y está el amor, sabemos, como elemento formador junto a la infancia –ese niño que fuimos y el niño que somos- y junto a la figura vertebral del padre que es a la vez antecedente y continuación de la especie. Estamos solos porque somos uno.

De esta lectura resulta una suerte de lárica visión en la que el lar materno –el hogar, el fuego sagrado mantenido por la madre fundamental- se oculta bajo la sombra del patriarca y la imagen de aquellos días ya no retratan el perdido paraíso, sino más bien la de un único ente que atraviesa el tiempo y lo hace permanente. «Padre seré –escribe el poeta- y fui hijo de padre verdadero./ Soy el espíritu santo del padre/ que me hice. Del padre que seré».

Formado como individuo, entonces, el poeta habrá de integrarse a su tribu. Los muchachos de entonces, los bíblicos como los denomina, recorrerán la tierra prometida en automóviles de moda –cuando se puede, es cierto- y peinados de película para sorprender a las chicas del barrio. Pero la realidad está allí, acechándolos: «El enemigo obligó/ a mirarnos al espejo».

Para comprender la permanencia de Oquendo en una tradición más amplia que la nacional (porque la poesía después de todo pertenece a la lengua y no a la geografía) es preciso citar –al tiempo de recordar y homenajear también- el poema Generación, del argentino Eduardo Romano: «Dirán que teníamos el vino violento/ y por las tardes, asomados al río tullido de la plata/ recitábamos poemas insalubres./ Qué éramos unos pobres muchachos sin Partido/ militantes violentos de a nada». E igualmente en nuestro poeta, aquella realización que no fue, sostenida solamente en los sueños y en el deseo, pasó también rauda por la carretera del tiempo: «Éramos –nos dice ahora con evidente resignación- sólo adolescentes/ que nos faltaba sol en las costillas// Las mujeres se reían desde las azoteas de sus miedos.// Alguna lloró, pero las más se carcajeaban,/mientras masticaban un polvo de estrellas,/ regalo del sol del otro día».

En esta revisión del camino el poeta da cuenta, para cerrar su libro de la estadía en la península y de un panorama enmarcado por, entre otros, los epígrafes de Yves Bonnefoy y de Antonio Gamoneda, dos amigos, dos autores más bien conocidos por los iniciados en el género y cuyos nombres comienzan a repetirse durante esta última década. La soledad física del frío blanco y lejano se hace carne en él: «En el invierno, extraño el cabello lana,/ sus pies de ángel veraniego/ y sus alas que llegaron a estacionarse conmigo». Al parecer aquí se está en todas, y de allí esa capacidad de nostalgia permanente. En este punto es mejor aguardar por su lectura.

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